Una de Zombies
Empezo en una nota de Maximiliano “Aramoth” Neculman, un 17 de setiembre y termino el 26 de Octubre del 2009.
Fue originalmente publicada y escrita en Facebook [tomo 1, tomo 2, tomo 3 y tomo 4].
Los escritores participantes fueron: Aramoth, ErethAkbe, Witty, Roderik, Aldalië, Devilblade, Gorsh y Orondil.
Monica “Aldalië” Prelooker hizo la correccion general.
Esta version se encuentra ordenada cronologicamente, para leerla como fue originalmente escrita, el siguiente es el orden correcto de capitulos:
1, 2, 3, 5, 6, 7, 4, 8, 9, 11, 13, 14, 10, 15, 16, [12+17], 18, 20, 21, 24, 22, 19, 23, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 33, 31, 32, 34, 35, 36, 37, 38, Epilogo
[Si Cortazar pudo editar Rayuela asi, ¿Porque nosotros no?]

Esta obra está bajo una licencia Creative Commons.
Primera Parte
San Carlos de Bariloche
1
Aramoth
19.09.09
22:43 hs
Canal 6 – Nahio Gastambide: —Interrumpimos la programación para anunciar un disturbio que está teniendo lugar en plena Mitre. La gente corre despavorida, escapando de individuos altamente agresivos que están atacando y… ¡MORDIENDO A LA GENTE! ¡POR DIOS! Vemos a la policía tirando a quemarropa contra estos atacantes… ¡pero estos simplemente no caen! ¡Y siguen corriendo y atacando gente! ¡Esto es simplemente AAAAARGHHHHH!!!!
(transmisión interrumpida)
Caos en las calles. La gente entra en pánico, algunos tapian las ventanas y las puertas de sus casas, otros se enredan en una lucha dentro de los supermercados y pequeñas tiendas de abarrotes, para poder llevarse hasta los estantes. Las armerías y casas de pesca y deportes son asediadas por gente desesperada, en busca de algo que los ayude a protegerse. Muchas de ellas mueren aplastadas por la multitud.
Ensimismado en sus pensamientos, Maxi apagó el televisor, entró en su cuarto ignorando los gritos de su familia, tan asustada como el resto de la gente. Buscó la escopeta que guardaba bajo su cama, una caja de cartuchos, mochila, otras cosas. Tomó el teléfono y marcó un número. Del otro lado de la línea se escucharon más gritos, y luego simplemente un: “Hola…”, tan natural y relajado como si nada estuviera pasando. Maxi esbozó una breve sonrisa.
— Eugenio, soy yo, Maxi —dijo—. Está empezando, ¿estás listo?
Del otro lado del teléfono hubo un silencio de varios segundos.
— Sí, ya tengo todo. Nos encontramos en lo de Pato.
Maxi colgó y se asomó por la ventana. Una brisa fría le acarició el rostro mientras contempla el cielo nocturno, totalmente despejado. Lo único que se escuchaban eran gritos, explosiones, caos… Decidió prenderse una pipa, un último relax antes de que el infierno se desatara. Y lo alcanzara…
2
Ereth
19.09.09
22:50 hs
Por Canal 9 de Buenos Aires mostraban el caos en el centro de Bariloche. Se hablaba de un brote de gripe porcina, hasta que uno de los peatones empezó a escupir sangre y se lanzó sobre otro individuo…
Ereth miraba silencioso, luego subió a su cuarto. Agarró la cota de malla, el libro Soy Leyenda, la mochila de 50 litros, la campera.
— Dónde carajo habré dejado las tenazas y las pinzas… —gruñó por lo bajo, revolviendo las porquerías en su mesa.
Oyó la campanilla del teléfono, no se preocupó por atender. Tata debe haber visto las noticias, pensó.
— ¡Eugenio, es para vos! —gritó su madre desde abajo.
Maxi, o Fer…, pensó. Pero Fer sabe que no hay que perder tiempo en llamar, sino salir al punto de encuentro…
— Hola…
— Eugenio, soy yo, Maxi. Está empezando, ¿estás listo?
— Sí, ya tengo todo. Nos encontramos en lo de Pato.
Fer ya sabe dónde, Roderik no creo que salga de su casa… Al único que podríamos buscar, pero tendríamos que ir armados, es a Gorsh… Y Ereth no se iba a volver humanitario, ni convertirse en la salvación de nadie. Menos esa noche.
Volvió a su cuarto y siguió revolviendo sus cosas. No iba a salir sin las herramientas básicas. De pronto se cortó la luz. Era cuestión de tiempo, pensó. Guardó la linterna y, antes de salir, tomó el casco y el machete.
— No le abras a nadie.
Es lo único que le dice a su madre.
Cerró la puerta tras él y echó a andar hacia el centro tarareando “Rosita”, de los Montaraces del Amor.
3
Aramoth
19.09.09
22:55 hs
Las volutas de humo de su pipa se elevaban en el cielo, perdiéndose en la noche… noche larga y horrible. Miles de cosas pasaban por su mente, tantas dudas, tantas preguntas. Cuántas horas había pasado pensando en qué debería hacer cuando la catástrofe ocurriera, cuando el infierno se desatara. Ahora Maxi vacilaba, solo en su cuarto, preguntándose si todo lo que había planeado realmente funcionaría, si quedaría vivo al final…
Terminó de fumar su pipa y volvió a prender la tv, haciendo un zapping rápido. Lo mismo en todos los canales: gripe porcina, ataques, muertos que se levantan y corren, el Día del Juicio… Religiosos de mierda lavándole la cabeza a la gente, diciendo que esto es nuestro merecido castigo… ¡bola de idiotas! Apagó la tv, indignado con tanta estupidez, y revisó su mochila antes de salir.
— A ver… linterna, baterías de repuesto, caja de cartuchos, encendedor, cortaplumas, desodorante, botella de agua… Bien, espero no olvidarme nada…
Se acomodó la mochila y tomó su escopeta. Contempló detenidamente el arma: jamás había disparado una, se preguntó si tendría el valor de usarla cuando llegara el momento.
Una explosión cercana reclamó su atención. ¿Debería llamar a algún otro de los chicos? No, ya perdí tiempo llamando a Eugenio. Se dirigió al comedor, donde sus padres tapiaban ventanas, presos del miedo colectivo.
— ¡Maxi, dejá de boludear y ayudanos! —le gritó su padre con voz temblorosa.
— Sí, viejo, voy a asegurarme que esté bien cerrada la puerta —respondió él con docilidad.
Antes de salir, buscó un pedazo de papel y escribió: “Perdonen.” Vaciló un momento y agregó: “NO LE ABRAN A NADIE”. Lo dejó sobre la mesa junto a la puerta y salió.
Afuera sólo veía tinieblas, las calles estaban apenas iluminadas por el débil resplandor de la luna. Se adentró en las sombras de la noche, temeroso, listo para vivir a cualquier precio, atento a cualquier atacante, ya fuera un vivo o un muerto.
4
Aldalië
19.09.09
22:53 hs
No hizo falta apagar la tv, la señal no tardó en cortarse. Prendió el enésimo cigarrillo como una autómata, sin siquiera darse cuenta del sonido sordo, la pantalla gris, sus ojos perdidos en el agujero negro que era la noche al otro lado de la ventana. El ringtone de mensaje entrante la sacudió como una descarga eléctrica, un frío quemante en el pecho; los dedos temblaban tanto al tratar de abrir el celular, que lo dejó caer.
Al fin pudo leer las breves palabras: “El nene está bien. No vamos a salir del depto hasta que pase todo. Cuidate, y si podés, tratá de llegar hasta acá.”
Se le escapó una risita histérica: ¿cómo mierda se suponía que llegara al barrio Levalle, desde Pinar del Lago? Estaba sola, a pie, y aunque hubiera tenido armas, no habría sabido usarlas. Maldita vida pasiva de empleada de comercio. Se acercó a la ventana, los ojos escudriñando en vano las sombras quietas que inundaban el jardín y la calle.
Por algún motivo no se sorprendió cuando se cortó la luz. Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó suspirando. En fin…, pensó. De pronto se sentía tranquila, y era una sensación muy cercana al hastío. Porque ahora sabía que no se quedaría sola, encerrada en su casa, sin comida y con una sola caja de cigarrillos. Sabía que saldría a esa noche traicionera en la que el mundo parecía haber perdido la escasa cordura que le restaba. La noche en que tantas películas de terror se estaban haciendo realidad. Y con la decisión ya tomada, no tenía sentido demorarse.
Salió con pocas cosas en los bolsillos y nada en las manos, su perro se desperezó y se adelantó hacia la tranquera, pero ella notó que no se movía como siempre: estaba al acecho. La miró una sola vez, como para cerciorarse de que realmente planeaba salir, y la precedió como siempre.
Las calles estaban desiertas y silenciosas, nada fuera de lo normal. Bajó a la ruta a buen paso. Estaba cometiendo una locura y lo sabía: salir, ir al centro, era lo peor que podía hacer. Pero ya no importaba. Tal vez tuviera suerte y consiguiera llegar al lado de su hijo. Sí, una suerte que jamás le había sonreído, y que esta noche necesitaba en una dosis exagerada. Roll it, pensó con ironía. Tendría que haber roleado zombies alguna vez, no tantos magos y piratas…
Entonces pensó en ellos, en sus amigos, Eugenio, Niki, los demás. Se le ocurrió que quizás supieran qué hacer; los supo infinitamente mejor preparados que ella para hacer frente a esta demencia. Reíte de sus juegos frikies y sus gustos por hachas y espadas, pensó. Si tan sólo pudiera encontrarlos… pero, ¿dónde buscarlos en ese caos? ¿Qué lugar de reunión podrían tener? Cualquier taberna que permanezca abierta…, rió por lo bajo, meneó la cabeza. No era momento de sarcasmos sino de pensar en serio. ¿Lo de Pato…? Era una buena posibilidad. Apretó el paso sin dejar de burlarse de sí misma: por supuesto, tenía que ir a Plaza Belgrano y había agarrado por Bustillo. Tan condenadamente típico de mí y mis pésimas decisiones intuitivas. Tendría que subir en la Bock, agregar 1 km a su ruta.
Su perro se adelantó, las orejas erguidas, el pelo del lomo erizado. Lo oyó gruñir. Recién entonces advirtió la sombra que se erguía ahí adelante, a unos 20 metros. Una persona renqueante, los hombros agobiados, los brazos colgando inertes a ambos lados del cuerpo inclinado hacia delante. Acudieron a su mente las imágenes descabelladas que viera por tv sólo media hora atrás y se detuvo. Cuando la figura frente a ella dio un paso bamboleante, acercándose, su voluntad o la idea que tuviera de su propia valentía no tuvieron nada qué hacer. Tironeó del cuello de su perro, dio media vuelta y amagó a salir corriendo.
La detuvo el gemido a sus espaldas. Esa figura era una mujer, y estaba sufriendo.
Increíble lo poco que uno se conoce a sí mismo. Advertir el sufrimiento de la desconocida no la hizo acercarse por piedad: su instinto de conservación le señaló que no tendría otra oportunidad de pasarle cerca sin tanto riesgo. Volvió a tironear de su perro, lo obligó a cruzar la ruta y, ahora sí, echó a correr.
— Nada de heroísmos, Max —jadeó, corriendo tan rápido como se lo permitía su adicción a la nicotina—. Esta noche es la noche de las ratas: vamos a escapar por los tirantes tan lejos como lo permita la rabia.
A su espalda resonó un grito desgarrador, pero ya no tenía nada de humano. El pecho le quemaba con la falta de aire, tenía que detenerse. Se ocultó con su perro en un jardín, el corazón latiéndole en la garganta, las piernas temblorosas. Miró hacia la ruta por encima de los arbustos que la escondían: no circulaba ningún auto, no se veía el menor movimiento en la calle ni en las casas, todas silenciosas y cerradas a cal y canto. Palmeó el lomo de su perro obligándose a sonreír.
— Pero estamos en el km 4 —le dijo en voz baja—. 2 kms más cerca de Plaza Belgrano, a ver si encontramos a los chicos. Y 2 kms más cerca de Manuel.
5
Ereth
19.09.09
23:05 hs
No era una noche especialmente fría, el cielo estaba despejado. Era casi luna nueva y con la tenue luz de la noche, se veía el brillo de la cota de malla asomando bajo su campera, y el filo del machete en su mano. En ese silencio casi absoluto, se oía el tintinear de la malla. A veces algún auto pasaba a toda velocidad por Pioneros.
Ereth llevaba unos 20 minutos caminando, ya había pasado el km 2, cuando varias autobombas pasaron zumbando hacia el centro. Se aproximaba al epicentro de la infección… ésa era la parte del plan que más había discutido: ¿cómo abastecerse rodeados de zombies? Primero habría que conseguir un vehículo, y nada más fácil que encontrarlo en el centro.
Ensimismado como venía, no notó el ruido de los perros…
23:25 hs
Ereth se agachó para limpiar su machete con tierra.
No esperaba que los hijos de puta infectasen a los perros, pensó. ¡No todavía, al menos! Qué ironía sería ser el único puntual, ¿no?
Siguió adelante sonriendo de costado. Estaba llegando a Campichuelo. Ahí no había luz, pero se veía el centro iluminado.
Pronto la noche se pondría áspera.
6
Aramoth
19.09.09
23:07 hs
Sus pasos resonaban en los rincones de la penumbra, todo estaba tenebrosamente quieto. No había un alma deambulando por la calle; la gente estaba escondida, refugiada en la falsa seguridad de sus hogares, o tal vez tratando de huir lejos de la ciudad. Maxi caminaba solo, su figura recortada en la oscuridad se movía lenta, apaciblemente, como si fuera el último ser humano vivo sobre la tierra. Hizo una pausa en la esquina de 9 de Julio y 25 de Mayo. No lo atraía la idea de ir por las calles principales, de modo que decidió tomar 25 de Mayo.
A mitad de cuadra divisó, a su derecha, la silueta de una persona que se asomó por la ventana de una casa, pero volvió a esconderse con rapidez.
— Pedazo de boludo, aunque sea tapiá las ventanas —susurró para sus adentros.
De pronto un gemido a sus espaldas lo hizo girar en redondo. Una figura se acercaba a él a paso lento, gimiendo, respirando entrecortadamente. Maxi se tensó, nervioso, y con un impulso automático levantó la escopeta y apuntó. Apenas hago una cuadra y tengo que gastar balas, pensó, cada vez más resuelto a apretar el gatillo mientras el individuo se acercaba. Ahora podía verlo mejor: parecía un hombre de estatura baja, relleno; caminaba doblado sobre sí mismo, arrastrando los pies.
— ¡Un paso más y te reviento! —amenazó, pero el hombre no le hizo caso.
Apuntó a la cabeza al ver que la figura se seguía acercando; gemía, tendiendo su brazo derecho hacia él para alcanzarlo.
— ¡Te lo dije! —gritó, y apretó el gatillo.
Click. Ningún disparo. Click, click, clic. ¡Nada! “¿Qué mierda pasa?” se preguntó, desesperado, retrocediendo varios pasos para alejarse del hombre, que estaba a poco más de un metro de él. Entonces descubrió que el seguro estaba puesto.
— ¡La puta que me parió! —barbotó.
Soltó el seguro y volvió a apuntar. De pronto escuchó que el hombre le hablaba en un hilo de voz:
— A-ayuda…me… por favor… Me mordie…
Se interrumpió cayendo de rodillas, se retorció en el piso vomitando sangre.
Maxi esperó. Sabía lo que iba a pasar. Preparó el arma y apuntó. Un momento después, el silencio de la noche se llenó con un grito desgarrador, semejante al de un animal furioso. Un disparo la acalló, restaurando el lúgubre silencio.
Una señora se asomó por la ventana de su casa para espiar la calle, asustada por los ruidos. Vislumbró una figura inmóvil como una estatua, empuñando una escopeta. Un muchacho. Lo vio sacar un pañuelo y limpiarse la ropa. Luego retomó su camino, alejándose del cadáver sobre la acera, con la cabeza reventada y desperdigada sobre el pavimento. La señora volvió a esconderse pensando: Debería haber tapado las ventanas.
23:40 hs
— Perdón por la tardanza, Eugenio, tuve un… pequeño altercado —dijo Maxi, sentándose en uno de los escalones del mástil, en el centro de la Plaza Belgrano.
— Ya pensaba que habías cagado la fruta —respondió Ereth con acento medio burlón.
— Nah, todavía me falta un rato. ¿Te comunicaste con alguno de los chicos?
— No, y si no llegan en 10 minutos, no pienso esperarlos más —sacó una petaca de su bolsillo y se la tendió guiñándole un ojo—. Mientras, podemos echarnos unos tragos, para la buena suerte y para quitarnos el frío, ¿no?
Maxi tomó un trago de la petaca antes de preguntar:
— ¿Tuviste algún problema para llegar hasta acá?
— Nada que no pudiera resolver —murmuró Ereth, y su mano se deslizó por la hoja de su machete.
7
Orondil
19.09.09
23:11 hs
Estaba sentado en una silla de madera. En las noticias repetían una y otra vez el caos acontecido en Bariloche. Sonreía con amargura. Sacó de su bolsillo una pequeña libreta, en la tapa se leía, escrito a mano: “Plan para Zafar de una Crisis Zombie – por O.” Abajo, en birome medio gastada, había agregado: “No lo pierdas, pelotudo”. La tiró sobre la mesa, el celular empezó a sonar, lo dejó a un costado y se levantó. Fue hasta la heladera y se abrió una cerveza. Se sentó de nuevo, bebió un poco. El celular volvió a sonar. Lo tiró con todas sus fuerzas contra la pared, se tapó la cara con las manos y se largó a llorar. Con la mirada medio perdida miró la herida que tenía en el antebrazo: una mordida. Se la apretó un poco y sangró.
— ¡Conocías el plan, pelotudo! —se dijo a sí mismo—. Conocías el plan… Nada de heroísmos, nada de buscar a alguien e intentar salvarlo. Sólo tenías que seguir el puto plan…
Ya lo sentía, en la sangre, en su cabeza, en todas partes. Algo de él estaba muriendo, el enojo que sentía un momento atrás se iba perdiendo. Miró la mesa, agarró un papel y escribió: “Si alguien pasa por acá, hay comida enlatada en la alacena. Guardo un machete bajo la cama. No se queden mucho tiempo, este lugar es como una trampa de ratones. Si me conocen y me ven, mátenme. Fernando”. Dejó la nota sobre la mesa y se dirigió a la puerta de salida. Cerró pero sin llave. Caminó las escaleras que lo llevaban a la calle. Salió…
Caminaba por Mitre, escuchaba gritos, choques, disparos, caos. De pronto la vio: la persona que había intentado buscar, salvar. Miró la herida en su brazo nuevamente. La furia se apoderó de él y se abalanzó sobre la zombie, golpeándola varias veces en la cabeza con una baldosa suelta de la vereda. La soltó y vio sus manos llenas de sangre. Gritó, lloró y gritó más fuerte. Se dio vuelta: alguien le hablaba.
— ¡Gracias! ¡Me salvaste la vida! —dijo una mujer junto a él.
Siguió hablando pero él dejó de escuchar. Sólo escuchaba la sangre en su cabeza y el latido del corazón de ella. Sus ojos se inyectaron en sangre y saltó sobre la joven, mordiendo su hombro. Probaba por primera vez la carne humana.
Por primera vez, pero no por última…
8
Ereth
19.09.09
23:52 hs
— Ya esperamos demasiado —gruñó Ereth.
Normalmente no le gustaba la espera, menos aún si su supervivencia dependía de no perder el tiempo. Guardó la petaca en la mochila, y miró desde la puerta de la casa de Pato lo que se veía de la plaza. En la casa ya estaban Niki, y la familia de Pato, y no se podían llevar sus armas.
— Primero lo primero —masculló.
Agarró una vela, una tijera y se encerró en el baño. Ya frente al espejo, empezó a reducir el largo de su barba, luego se cortó el pelo lo más corto posible: a partir de ahora, sólo lo incomodaría. Cuando terminó, la imagen en el espejo era diferente. No por la sonrisa cínica ni por el silencio sepulcral, sino por la decisión de sobrevivir.
Al salir del baño, se acercó a Maxi.
— Dejá el bolso acá, agarrá un arma y vayamos de una escapada al hospital acá enfrente.
— ¡Ni en pedo!
— La infección fue en plena calle, ni siquiera deben haber trasladado infectados al hospital, menos a éste, que es una clínica privada cheta… Los medicamentos nos van a hacer falta, sobre todo si llegamos a ser heridos. No sé vos, pero yo no soy inmortal.
Luego de pensarlo un momento, Maxi aceptó acompañarlo.
— ¡Niki! —llamó Ereth—. Nos vamos a pegar una escapada al hospital, y si no hay mucha porquería caminando, empezamos a traer cosas.
Niki no puso objeciones.
— Yo me quedo arreglando las cosas acá. Estoy esperando que llegue el Comodoro, a él no lo frenan, menos con la kombi de la panadería.
— Ok. Volvemos enseguida. Si llega alguien, que no vuelva a salir.
La Plaza Belgrano estaba en silencio, ya no se escuchaban autos, ni gritos, una paz trémula flotaba en el aire. Ereth rompió el silencio con tono casual:
— Mierda, caminar por acá me hace recordar las cervecitas en la plaza a la tarde… dudo que podamos disfrutar de una por un buen tiempo…
Maxi no respondió, no había forma de no recordar tardes mejores.
En el Sanatorio del Sol se veían algunas luces de emergencia prendidas, el generador estaba andando. No había un alma a la vista, sin embargo, justo en la entrada había una ambulancia abandonada. Ereth y Maxi se pusieron de acuerdo por señas y se movieron con sigilo, machete y escopeta listos. Incluso tratando de ser silencioso, la maldita cota agregaba su nota de tintineos a cada paso. “Pero si me tratan de morder el cuello o el pecho, voy a estar bien”, pensó Ereth. Era una bonita manera de mentirse a sí mismo, ya que sus brazos no tenían más cobertura que las mangas de la campera: era presa fácil y lo sabía.
“Farmacia y Cuidados Intensivos – 2° piso” indicaba el cartel, junto a una flecha que apuntaba a las escaleras. El pasillo que se veía al llegar al primer piso no daba muy buena espina: silencioso, casi sin luces, y con la mayoría de las puertas abiertas, mostrando cuartos oscuros y sospechosos. El segundo piso no lucía mejor. La famosa “Farmacia” era, como la describiría Ereth más tarde, “una puerta muy guapetona, con un candado que te hacía pensar ‘Oiga, qué mal chiste no tener acá un rompecandados’ “
Ereth miraba desconsolado, mientras Maxi buscaba una forma de franquear la maldita puerta. No pudieron pensarlo mucho: se oían pasos en la escalera, y ellos no habían invitado a nadie.
9
Aldalië
19.09.09
23:55 hs
Alcanzó la bajada de la YPF del km 1 sin aliento, todavía llorando, todavía agitada, todavía conmocionada. Y todavía dolorida. Se detuvo a recuperar el aliento y en realidad era contener los sollozos. Secó las lágrimas con la manga del brazo sano, rabiosa. No era momento de venirse abajo. Se apoyó jadeante en un poste.
Malditos perros. No podía apartar de su mente la imagen de Max, su propio perro, saltando al cuello de uno de esos animales enloquecidos, rápidos hasta la náusea, feroces, cuando trataron de atacarla. Y a todos los demás saltando sobre él.
Le había salvado la vida, y su única reacción había sido salir corriendo, aterrorizada, el brazo sangrando con la marca de las zarpas del perro que la había atacado. “Ésta es la noche de las ratas…” le había dicho una hora antes, allá en el km 4. Y efectivamente había escapado como una rata, a los tropezones, con sus aullidos agónicos resonando en los oídos. Hasta que los gruñidos y ladridos habían acallado sus quejas. No la habían seguido, al parecer distraídos o saciados a costa del pobre Max.
¿Qué mierda estaba pasando? La gente enfermaba, enloquecía, se mataba entre sí y a sí misma, ¿y ahora hasta los perros eran parte de esta pesadilla surrealista? Un fogonazo de luz reclamó su atención, se veía un resplandor como de fuego contra el cielo, en el centro. Debía ser un infierno allá abajo. Un infierno que ella tendría que bordear y eludir si pretendía volver a ver a su hijo.
Se apretó el brazo lastimado y volvió a caminar. Iba en bajada, así que podría mantener un buen ritmo de ahí en más hasta su primera meta: la Plaza Belgrano y la casa de Pato.
La disminución del esfuerzo físico permitió que su mente volviera a derivar sin asidero en esa realidad trastocada, incomprensible. Sólo tenía una cosa clara: fuera lo que fuese que atacaba a la gente (y a los animales, se recordó), convirtiéndolos en cuestión de horas en asesinos violentos y fuera de sí, era de origen viral. En la tv habían dicho algo de la gripo porcina.
El antebrazo arañado dolía siempre, ahora volvía a latir y arder.
— ¿Fiebre porcina? —murmuró, sacudiendo la cabeza incrédula—. No tiene ningún sentido… Alguien tiene que cambiar de marca de whisky…
Se detuvo bruscamente, bajó los ojos desorbitados a la manga del polar manchada de sangre.
El perro la había arañado… ese perro infectado…
Estuvo a punto de caer de rodillas en la banquina, iluminada por el reflejo de los incendios en las nubes bajas. ¿Basta un arañazo para transmitir este virus dantesco? ¿O se había salvado porque no había habido intercambio de fluidos? ¿Y si lograba llegar hasta su hijo y lo único que hacía era llevar el virus a su escondite?
Se tapó la boca para ahogar un gemido tembloroso, angustiado, al imaginarse a sí mismo atacando a su propio hijo.
¿Se había contagiado? ¿Quién podría decírselo? Tal vez los chicos, si tenía la suerte de encontrarlos en la Plaza o en la Paticueva… Si tenía la suerte de que todavía estuvieran vivos… y sanos… Si tenía la suerte de que ellos supieran algo al respecto…
10
Gorsh
19.09.09
23:58 hs
Carajo carajo carajo carajo carajo carajo carajo carajo carajo…
Como un mantra recorría su mente la única palabra posible. Aunque tenía el sentido opuesto de un mantra: no brindaba armonía ni paz interior, acrecentaba su tensión de forma exponencial.
Carajo: el ventanal, la vista privilegiada. Carajo: los gritos (¿A esta hora ya bardean estos egresados de mierda?). Carajo: el grupo de pendejos con la campera uniforme, la corrida contra el pobre pibito solo que no llega a escapar (Encima vienen a pudrirla, qué forros). Carajo: el pibito tirado en el piso, que no se levanta. Y de lejos, arriba, y visible aún a esta hora: sangre. Mucha. Carajo.
Un día después todavía no sabe por qué no salió a avisar, a los porteros, a la poli, que había un herido en la bajada frente al Center. Qué instinto o suerte lo llevó a tomar la cobarde indecisión de quedarse mirando por la ventana, a esperar a que otro lo ayudara, o que el propio pendejo se levantara solo.
Y mierda que se levantó…
Un juego de rol a medio inventar. Una partida de Dread (mierda, si hasta hubo una escena en un depto de estos…). Eternas discusiones geek, incontables lecturas de Cracked.com. Años pensando estas pelotudeces, y ahora eso se suponía que era su “preparación”… Preparación las pelotas, pensó, y con eso rompió sus loop de carajos recursivos.
Reacción cero: trabar la puerta. Reacción uno: inventario… Semanas ratonas, esperando el sueldo: carajo. Maestro tenías que ser, boludazo: si era por la comida, no duraba ni media hora.
¿Armas? Nada que dispare, obviamente, no en su casa; aunque seguro varios en el Center tendrían, con todos esos personajes turbios… Tenía que ser algo contundente, con la fuerza, que él no tenía de por sí, para abrir un cráneo en dos.
Se imaginó blandiendo el derbake como arma, y la imagen torpe lo hizo reírse, por fin y por poco: no había que hacer ruido, no si la infección había subido por los pisos. Dio vuelta la casa, mental y físicamente: no había una mierda, nada. Se sabía de memoria lo que había en su depto de recién mudado: era igual a “todo lo que entró en una caja en el viaje de ida”.
Pensamiento lateral, no buscar las cosas en el depto, ver el propio depto como un conjunto de cosas: abrió el armario y fijó su mirada triunfante en el barral del perchero. Ahí lo vi, un misil en mi placard se cruzó por su mente, y la carcajada se lo llevó puesto…
El corte de luz le recordó la compu, el celular y el modem. Chequeó la lucecita parpadeante: todavía había señal. La batería, se dijo, cuidá la batería. En la memoria había mil cosas necesarias: la Zombie Survival Guide, el porno, música; las fotos de la familia…
Buenos Aires. Que no llegue a Buenos Aires, por dios que no llegue. Que no toquen a los gordos, a Juani, Martín, Esteban,… Por dios, Fran. Por dios, que no llegue a Córdoba…
Intentó abrir todas las formas de comunicarse: msn, skype, facebook; no estaba nadie online, y aparte andaba todo para la mierda: colapsaba la red local, infestada de mensajes. Al pedo mandarle a los chicos de acá, si les va a llegar mañana. Ideó en el teclado un texto simple y lo copi-pegó, puteando demoras, por todos los lugares posibles:
“Zombies en Bariloche. YO ESTOY BIEN, lo juro. Júntense, junten cosas y armas, y enciérrense en un buen lugar (¿lo de Laura?): tarde o temprano va a llegar allá. Cuando pase todo, nos vemos; no sé cómo pero nos vemos. LOS AMO.”
Cuando terminó, el teclado estaba empapado en lágrimas. Se las enjugó pensando en el entrenamiento y solidez de papá, en la empatía de mamá, en el ojo de Juani, en los brazos de Martín, en la maña tecnológica de Esteban… Como grupo de supervivientes, mi familia patea culos. Ahora sonreía, inflado de orgullo.
Pero ellos allá, y él solo, encerrado en lo alto de la ratonera más grande de todo Bariloche. Si los infectados habían subido (y no había mucha esperanza de que no: la portería ya en tiempos normales era la definición de permeable) era una célula mínima, encerrada en cuatro literales paredes esperando los golpes idiotas contra la puerta.
Pero… ¿y si no? ¿Y si lograban trabar los ascensores, bloquear la escalera, limpiar los pasillos de la plaga? ¿Si coordinaba con la vecina del 619, Alanis (ni idea el nombre, pero la apodó así porque el de la Morisette parecía ser su único disco); con el viejo astuto de enfrente, con los brasileros turbios del costadito? Este cubo inmundo de cemento podría convertirse en un fuerte inexpugnable, repleto de reservas, hirviente de actividad humana organizada… Ya pensaba en un nosotros, en liderazgo y en planificación. Pensaba en razzias de limpieza, en retomar progresivamente la ciudad, en valerse por sí mismos, solos, todos, y prevalecer; en la dignidad y la potencia humana.
Hubiera preferido mejores soldados, pero ya, aún sin ni empezar, se enorgullecía de su ejército de viejos y putas.
Bueno de a poco, entonces. Sin un sólo riesgo. Al paso uno. Hubiera preferido una mejor excusa, un “¿me presta una tacita de azúcar?”, hasta una queja por la música alta; pero esta era la razón y esta era la realidad. Abrió el ventanal de la izquierda, se agarró bien fuerte del borde (mierrrrrrda que es alto) y golpeó la ventana contigua. Al fin iba a conocer a su vecina Alanis…
11
Ereth
20.09.09
00:07 hs
Los pasos seguían acercándose. Ereth y Maxi se plantaron lado a lado frente a la escalera, uno empuñando su machete, el otro apuntando hacia abajo su escopeta. El tiempo se eternizó mientras esperaban expectantes, temiendo que apareciera un ropero rugbier zombie de ese hueco oscuro. Una gota de sudor resbaló por la frente de Ereth. Desde la escalera se escuchó una voz infantil, llorosa:
— ¿Mami…?
Vieron surgir de las sombras una nena de 9 o 10 años, el pelo rubio enrulado. Estaba cubierta de sangre. Cuando los vio, se detuvo llorando. Ninguno de los dos estaba listo para algo así. Pocas personas en el mundo hubieran podido atacar a una nena en esa situación, a pesar del peligro de que estuviera infectada. Y sin embargo, aunque no parecía herida, tampoco podían arriesgarse.
No pronunciaron palabra después de ver a la nena; ambos sabían lo que había que hacer. Luego de buscar un cuarto abierto, sin ventanas grandes, guiaron hasta allí a la nena y Ereth le dijo:
— Tratá de dormir un poco. Afuera no es seguro, en un rato volvemos y comemos helado.
A pesar de sus gimoteos y sus ruegos de que no la dejaran sola, cerraron la puerta y la trabaron. Si estaba infectada, la habían aislado y no causaría problemas. Y si estaba sana, en un par de horas podrían sacarla de ahí ilesa y llevarla con ellos.
— Hay que invertir a futuro —terció Ereth—. Ahora que estamos en medio de la destrucción de la humanidad, las mujeres no van a sobrar. Podría ser útil en unos años.
A pesar de que Maxi lo conocía bien, tuvo que cerciorarse de que sonreía antes de menear la cabeza riendo por lo bajo. Decididamente la crisis estaba elevando el célebre humor negro de Ereth al nivel de arte.
Sólo les quedaba solucionar el asunto de la puerta de la farmacia. Maxi encontró un matafuegos en el fondo del pasillo y abrió el candado a golpes. En el interior había filas y filas de estanterías, atestadas de cajas y frascos con nombres incomprensibles. Ojalá hubiera venido Barabata, pensaron los dos. El maldito biólogo seguramente sabría qué era útil y qué no. Maxi se quedó de guardia en la puerta, con la escopeta, mientras Ereth trataba de decidir qué llevar. Optó por todos los analgésicos que pudo reconocer, unos cuantos frascos de morfina, antibióticos, gasas, cintas, tablillas. Acomodó todo en un canasto que embaló lo mejor posible.
Se reunió con Maxi en el pasillo y le hizo señas de retroceder. Espiando por una ventana vio gente en el portón de la Paticueva. El problema es no poder saber si son amigos o no, pensó contrariado. En la Plaza, oscura, no se veía movimiento. Al menos parecía no haber peligro.
Mientras bajaban la escalera oyeron el llanto desconsolado de la nena. Se les cerraba el pecho de sólo pensar en ella. Ya volverían a buscarla. Si tenemos un poco de suerte…
12
Witty
20.09.09
00:23 hs
Fue uno de esos días chotos que uno desearía que no fuera tan malo. No le había avisado a nadie que llegaba, sería una linda sorpresa (aunque nunca me salen bien estas cosas), y los retrasos en la ruta nos hicieron llegar entrada la noche a la Caminera. Ahí nos tuvieron detenidos como 3 horas, hasta que al fin pude empezar a sentir que había vuelto al Bariloche que con tanta tristeza había dejado meses atrás.
Apenas bajé del Bondi, vi que la terminal estaba destrozada, todas las ventanas rotas, ni un alma. Y a oscuras. Cuando le pregunté al chofer si sabía algo, me respondió que había escuchado por su radio que había habido algún tipo de bardo ahí, pero que no me preocupara: seguramente todo estaba bien en la ciudad. Se despidió enseguida; tenía que seguir camino a Villa La Angostura con los 4 pasajeros restantes y cruzar a Chile apenas abrieran la Aduana.
Mi idea era tomarme un tacho y caerle de sorpresa a Eugenio en su casa. Me va a matar, pero bueno…, pensé, agarrando mi bolso. Pero no había taxis en la terminal. No me quedó otra que salir caminando por la ruta a oscuras hacia el Ñireco. Le tengo un poco de cagazo a la oscuridad, así que iba puteando. Al menos tengo música en el celular, pensé, sólo para darme cuenta de que me había quedado sin batería. Bueno, a comerla…, me dije con bronca. Mi sorpresa hasta ahora iba resultando bastante mal.
Cuando llegué a la esquina del Todo del Ñireco, me sorprendió no ver un solo auto en la calle. Es de noche y no hay luz, me dije a mí mismo, buscando alguna causa racional para algo tan inusual.
La caminata se me hacía larga y aburrida, hasta que cerca de la estación de servicio vi varios autos chocados, y gente herida arrastrándose entre ellos.
— ¡Pero la puta madre! ¿Qué carajo pasó acá? —exclamé
Uno de los heridos me vio y trató de acercarse a mí. Era una mujer y parecía bastante lastimada. Retrocedí instintivamente.
— Ya vengo —le dije, y pensé: si encuentro un teléfono, alejándome a paso rápido.
No sé una goma de primeros auxilios, iba razonando. No puedo ayudar en nada si no encuentro un teléfono o una ambulancia. En el Todo hay un teléfono… pero está adentro, así que voy a tener que ir hasta mi viejo laburo a avisar, así ellos llaman a una ambulancia. Sin embargo, sabía que sólo estaba tratando de encontrar una excusa sana y lógica por haber dejado a esa mujer ahí sola y gritando de dolor.
Caminé las cuatro cuadras con la imagen de la mina arrastrándose en mi cabeza, y pensando Qué bueno que se haya salvado, aunque parecía bastante hecha pelota, pero siempre pueden ocurrir milagros… Me recordaba al Resident Evil 2, cuando les cortás las piernas a los zombies y te persiguen arrastrándose hasta que les reventás la cabeza… Pero bueno, era sólo un juego.
No me crucé a nadie caminando por el barrio, zona industrial, donde las casas no se ven desde afuera, salvo la de Garibaldi y Namuncurá, donde viví en alguna época. Llegué y vi que el vidrio del local estaba roto, y una de las estanterías caída, pasé corriendo, dejándome llevar por la desesperación. Que se estuviera muriendo un desconocido era una cosa, pero alguien que conocés era muy distinto.
13
Aramoth
20.09.09
00:30 hs
— Boludo, me da no sé qué dejar a la pendejita ahí, sola… ¿y si no está infectada? —repetía Maxi, volviéndose cada tanto para mirar preocupado la entrada del sanatorio. Sabía que no era más que un eco resonando en su cabeza, pero le parecía escuchar todavía su llanto.
— Si tenemos suerte, vamos a volver por ella en cuanto podamos —replicó Ereth con acento cortante, sin mirarlo.
Llegaban ya a mitad de la Plaza, caminaban rápido, querían estar el menor tiempo posible en ese espacio tan abierto que los hacía tan vulnerables. De pronto Ereth se detuvo.
— Hay alguien en el camino —dijo en voz baja—. Prepará la escopeta.
Este chabón está muy mandón, pensó Maxi obedeciendo.
Pero Ereth estaba en lo cierto: en el camino que daba a la casa de Pato se veía una figura moviéndose. Se escondieron detrás de unos árboles. Maxi se echó la escopeta al hombro y apuntó.
— Si le llego a dar en la cabeza, se la arranco y me la guardo en un frasco como trofeo —bromeó en un susurro.
— Y después soy yo el de las bromas de mal gusto —sonrió Ereth—. Me voy a acercar un poco, cubrime.
Ereth se deslizó entre los árboles, sigiloso. Estaba a pocos metros del individuo. Empuñó su machete esperando que su “enemigo” se acercara para poder asestarle un golpe por la espalda. Pudiste con los perros, esto no es problema para vos, se decía a sí mismo, pero el pulso le temblaba.
Desde su posición, Maxi lo vio abalanzarse sobre la figura, el machete en alto listo para atacar. Se dispuso a disparar, y vio asombrado que Ereth bajaba su arma sin golpear.
— ¡Moni! —lo oyó exclamar.
Se irguió y se apresuró junto a su amigo. Lo vio abrazar a la persona que sólo segundos antes estaba por ser víctima de su machete. Era una mujer, podía oír sus sollozos, presa de la desesperación y del espanto, apretada contra el pecho de Ereth. Maxi la conocía, aunque apenas si habían cruzado palabra alguna vez. Lo único que se le ocurrió decir fue:
— Che, Moni, no te mordieron, ¿no?
Ella se apartó de Ereth, la cara marcada por las lágrimas, y se quedó mirando fijamente a Maxi. Entonces subió una de sus mangas y mostró las marcas de un profundo arañazo.
— Me lo hizo un perro infectado —dijo con voz opaca—. Hagan lo que tengan que hacer.
Sus palabras se clavaron como un puñal en los corazones de los dos amigos. Matar a un infectado cualquiera no era un problema muy grave, pero matar a alguien que conocías ya era más complicado.
— ¿Te llegaron a morder? —preguntó Ereth.
Ella meneó la cabeza volviendo a bajar la manga.
— Entonces puede que no tengamos que matarte… al menos por ahora —aventuró Maxi, y se volvió hacia Ereth—. Si empieza a mostrar los síntomas, la despachamos.
Mónica le dirigió una mirada fría, era claro que no le había gustado el término “despachar”, como si se refirieran a un peso muerto que sólo molestaba.
— No pienso aguantar que un pendejo de mierda me amenace todo el tiempo con una escopeta —gruñó—. Sólo vine por ayuda, pero veo que no me la van a dar, así que me voy por mi cuenta.
Amagó un paso en dirección contraria a lo de Pato, Ereth le sujetó un brazo, deteniéndola.
— Espera, Moni —dijo en tono conciliador—, nadie te va a tener amenazada. Pero sabés que tenemos que ser todo lo precavidos que podamos, como también sabés que no tenés oportunidad de sobrevivir sola en este infierno. Entremos. Acá están Niki y su familia, y podemos discutir las cosas más tranquilos.
— No tengo tiempo de conversar tranquila, Eugenio —replicó ella molesta—. Tengo que ir a buscar a Manu y necesito ayuda, ¿me la pueden dar?
— Por favor, Moni, entremos—dijo Ereth con firmeza—. No la compliques más.
Ella asintió suspirando y entraron los 3. Maxi se demoró junto al portón, los ojos moviéndose inquietos por la Plaza.
— ¿Qué pasa? —le preguntó Ereth.
— Nada… Creí… creí haber visto a alguien allá, entre los árboles de la esquina… Dejá, no importa, entremos.
Niki no ocultó su alegría al verlos volver sanos y salvos, sobre todo al descubrir que Mónica venía con ellos.
Refugiado bajo la sombra de un árbol, un hombre había estado observando desde lejos la escena. Su remera de “The Crow” y su chaqueta de cuero estaban manchadas de sangre y vísceras. De su boca brotaban aún gotas de saliva, mezcladas con la sangre de unos taberneros de un local al que solía concurrir. Había visto a sus presas, suculentas, quería probar su carne. Tres sabrosas víctimas, listas para saciar su furia animal, sus ansias de violencia. Ya no tenía ningún control sobre sí mismo: sólo quería alimentarse. Pronto, muy pronto…
Segunda Parte
14
Ereth
20.09.09
00:40 hs
Luego de revisar la herida de Mónica, desinfectarla y vendarla, el grupo lo decidió: lo mejor era que hiciera reposo. Si descansaba y se ponía bien, sería un signo evidente de que no estaba infectada; si, en cambio, empezaba a tener fiebre o taquicardias….
— Mejor no pensar en eso por ahora —gruñó Ereth, cortando de raíz paranoias que en ese momento no les servían de nada.
Niki se levantó y volvió enseguida con una Quilmes recién destapada.
— Sería un crimen dejar que se caliente ahora que no hay luz —argumentó.
Fue la primera vez, desde que empezara todo, que hubo sonrisas sinceras y un poco de sosiego en sus corazones. El mundo estaba cayéndose ahí afuera, pero en esa casa uno sabía que el resto estaría allí para atajarlo a uno.
— Ahora nos falta solucionar el tema de las armas y los suministros —recordó Maxi—. Sobre todo el agua… yo no tomaría de la canilla, todavía no sabemos realmente qué fue lo que comenzó la infección.
— Los patrulleros que fueron a reducir a los primeros infectados deben tener todavía escopetas, munición y chalecos adentro, aparte de linternas y herramientas que nos pueden servir —terció Ereth—. El tema es que están en el epicentro de la infección.
— ¿Y las armerías? —aventuró Niki.
— Cerradas como culo de muñeca. Y las que eran fáciles de abrir, como Martín Pescador, ya deben estar desvalijadas, lo mismo que los supermercados y almacenes céntricos… —Ereth no disimuló un suspiro—. Tal vez el de acá arriba, donde íbamos a comprar las galletitas para lectura, o Grupo 2000, el que está enfrente de Villa Sofía… Tampoco podemos quedarnos mucho acá, no es precisamente el lugar más fácil de proteger si vamos a fortificarnos. Quedarnos acá más de 48 hs es llamar a todos los zombies para que nos vengan a esperar afuera, y ahí no vamos a poder escapar más…
Nuevamente el grupo quedó en silencio. Ereth tenía esa maldita facilidad para deprimir a la gente.
15
Aramoth
20.09.09
00:50 hs
Las voces podían oírse a través de la puerta de la cocina. En medio del averno, aquel grupo de personas se refugiaban en su propio pedacito de cielo. Cerveza en mano, Niki contaba una de sus clásicas anécdotas en Bourbon, Ereth degustaba la otra Quilmes que circulaba en la ronda, ya un poco tibia. Todos estaban en el comedor hablando, riendo, disfrutando de sentirse vivos, sentirlo realmente. Todos, excepto uno…
Maxi se había recluido en la cocina, sentado en un rincón, con su celular en la mano. Una mezcla de nervios y miedo lo agobiaba. Esperaba escuchar la voz cálida de alguien de su familia. Hizo acopio de todo su valor y llamó. Sonó una, dos, tres veces… nadie contestaba. Contó los segundos, mientras al otro lado de la línea no había señales de vida.
— La puta madre, no puede ser… —murmuró, y una lágrima rodó por su mejilla—. No lo lograron…
En ese momento una voz jadeante en el auricular lo sobresaltó:
— ¿Hola? ¿Hola? ¿Quién es? —era una mujer, su voz indicaba que tenía más de 40 años.
La boca de Maxi se curvó en una sonrisa involuntaria. Conocía aquella voz, y apenas podía creer estar escuchándola. Era como un manto de alivio para aquel muchacho solo, acurrucado en un rincón de ese cuarto frío.
— ¡Ma-mamá, soy yo, Maxi! ¿Cómo estás?
— ¡MAXI!! ¡Hijo! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡LEO, VENÍ, ES MAXI!! ¿Estás bien, hijo? —exclamó su madre desesperada.
— Sí, vieja, estoy bien. Yo… Perdoná, pero no podía quedarme ahí. Tampoco los podía traer conmigo, es demasiado peligroso. Todos están bien ahí, ¿no?
— Sí, sí, estamos todos en la planta alta de casa, los inquilinos están con nosotros.
La idea de que hubieran dejado entrar más gente en la casa no le agradó, y preguntó:
— ¿Y el viejo dónde está?
— Tu papá le está vendando la mano a Luis.
— ¡A Luis! ¿Qué le pasó?
— Un hombre le mordió el brazo cuando estaban alambrando el portón. Menos mal que tenía el revólver que le dieron en Prefectura, y alcanzó a pegarle un balazo en la cabeza antes que lo siguiera lastimando. Tendrías que haber visto la furia con que lo atacó ese hombre, no parecía humano…
Maxi ya no escuchaba lo que le decía su madre. “Un hombre le mordió el brazo…” las palabras no dejaban de resonar en su cabeza: “Un hombre le mordió el brazo. Un hombre le mordió el brazo…” No se dio cuenta de que estaba temblando, tampoco advirtió las lágrimas que caían de sus ojos. La voz que lo llamaba desde lejos lo hizo reaccionar.
— ¡Maxi! ¿Estás ahí? ¿Hola?
Volvió a apoyar el celular sobre su oído, incapaz de reprimir sus sollozos.
— Vieja, quiero que sepas… los amo más que a nada en el mundo…
Cerró el teléfono. Se quedó mirando la pared un largo rato, hasta que el llanto lo ganó y se deshizo en un mar de lágrimas. Se sentía más solo que nunca, sin nadie que lo consolara, sin nadie que le mostrara afecto en ese momento de tanto dolor. Sus gemidos ahogados se mezclaban con las risas del cuarto contiguo. Era sólo una cuestión de tiempo para que esa herida en el brazo convierta a Luis en zombie. Y su familia se había encerrado en su casa, asegurándose de que nadie pudiera entrar… ni salir… La imagen de Luis comiéndose a sus padres lo hizo caer en la más honda desesperación.
“No le abran a nadie” había puesto en la nota. ¡Por qué mierda no le habían hecho caso!!
16
Roderik Seregruin
20.09.09
00:52 hs
Y yo pensando a qué hora pasa el bondi… hay rutinas demasiado arraigadas. Hoy quisiera que abrirme paso entre cadáveres animados fuera una de ellas. Ni modo, tendré que arreglarme con las pelis y los videojuegos. Por cierto, quisiera haberme fanatizado más con el tema. Maxi y Ereth deben estar de picnic, comparados con el resto de nosotros.
¡Basta! Me obligo a dejar los delirios, a enfocarme en lo importante: sobrevivir. No. Debo buscar objetivos más claros, más próximos. Salir de casa, buscar a los chicos (espero encontrarlos vivos y, sobre todo, sanos), aglomerarnos. Quizá tengamos más chances de salir de ésta entre todos. O quizá muera en el intento… no, pensar en eso no me aporta nada ahora. Creo que lo más difícil por ahora es explicarle a papá por qué pienso dejar la protección de la casa. Tan fortificada ante amenazas comunes, pero a la larga, sólo una trampa. Quizá las provisiones duren una semana (diez días con buen racionamiento). Otra razón para que me vaya a buscar ayuda: una boca menos que alimentar. Quizá pueda durar uno o dos días más la comida.
Mi cerebro trabaja a mil. Me costó bastante, y no creo haberlos convencido, pero ya es un hecho. Voy a salir. Afuera… Mi mochila (más ligera de lo que podría ser, aunque puede ser mejor) ya está casi armada. Teléfono, llaves, ¿billetera? ¿para qué? No tengo un mango y no me serviría de nada tampoco… otra vez las rutinas tratando de recuperar territorio mental. Una linterna pequeña en el bolsillo, comida, agua… y armas. ¿Qué llevo? Mi cuchillo no servirá de mucho en la batalla, pero puede ser útil. Adentro. El machete (preferiría el del Cuervo, ideal para cercenar cabezas). Y listo, no quiero dejar desprotegida a mi familia. ¿Armadura? La cota de malla no, pesa y hace ruido, y lo último que quiero es cansarme de más. O que me oigan… Los brazales de cuero sí, los brazos son propensos a las mordidas.
Llevo bastante ropa puesta, ropa oscura, si sirve de algo… y con un poco de suerte la tela extra pueda evitar el contagio en caso de… mejor no terminar ese pensamiento.
Las luces apagadas. Hace rato que todo se apagó y dejo de sonar. El teléfono de arriba anda a batería, pero no durará por siempre. Mis viejos ya hablaron con Marina. Espero que no llegue a Tandil. Ella está sola allá, no tiene a nadie. Pero mejor allá que acá… ¿Volvió la luz? No. Sólo las luces de otro auto desesperado por huir. La tele también murió. La última señal que recibí mostraba las mismas imágenes de las calles de mi ciudad que pasaban en canal 6, atestadas de infectados corriendo sin control, pero ya en un canal de Buenos Aires (¿por qué será que tiene que haber catástrofes para que Bariloche aparezca en la tele?). En fin, espero que no llegue hasta ahí. Sólo puedo esperarlo…
Que más, que más…
¡Ir al baño! ¡No me tengo que olvidar! A ver si tengo que bancarme una catástrofe zombie y me estoy meando encima. La idea se me antoja ligeramente graciosa, pero por la tensión del momento me sale una risa casi histérica. Luego de descargar me hecho un poco de agua fría en la cara para calmarme. Luego de secarme la cara, cuando estoy por dejar la toalla en su lugar, me detengo unos segundos y la contemplo inquisitivamente. Si supiera cómo levantar una sola ceja, ahora sería el momento. ¿Una toalla? ¡Pero eso es una boludez, Roderik! Una boludez de una película, de un libro, de la ficción. Una idea sacada de la ficción más absurda, igual que la realidad de turno, je je… Me la llevo, total no pesa. Ahora que ya me pasó por la mente, me sentiría muy estúpido si me llega a faltar. Y ya que estamos, ¿soga? Nah… pero cinta sí.
Mejor me voy, antes de que se me ocurran más cosas qué llevar. Las despedidas pasan en un parpadeo. No quiero convencerme de que no voy a volver a verlos. No todavía. Así que un “chau”, un “cuídense” y “buena suerte”. Y un último “No le abran a nadie, no importa qué”. Por ahora eso bastará. La puerta se cierra detrás de mí. Recién entonces caigo en la cuenta de que la muerte acecha en cada esquina. La oscuridad me envuelve. Debo tranquilizarme o no voy a llegar ni a la ruta. La noche es buena. Me oculta. Sí, un paso adelante, ya puedo moverme.
Me asalta otro pensamiento: ¿voy solo? No, alguien, al menos una persona a mi lado. No creo que pueda mantenerme cuerdo yo solo. Pero ya estoy en el portón. Sólo unos pocos metros, pero me convenzo de que es muy lejos para volver atrás.
Lentamente, voy avanzando. Pesadamente, como si tuviera que arrastrar un gran baúl con mi mente consciente dentro. Y mierda que pesa… Siempre pensé que el instinto reclamaría su arcaico lugar en estos momentos. “Cuando quieras, forro”, lo puteo en silencio. Si los zombis me están observando deben estar cagándose de la risa. Ya en la ruta, oigo un ruido lejano. Mas no tan lejano como para dudar de su procedencia. Sea cual sea su causa, bloquea mi camino de vuelta a casa. Era todo lo que necesitaba. Ahora encaro hacia delante, con paso seguro pero prudente, y ya no miro atrás.
17
Witty
20.09.09
00:57 hs
Por suerte no había nadie ahí, el estante sólo estaba trabando la puerta del fondo. En la casa de al lado no había nadie, estaba todo apagado, la puerta trasera del local estaba cerrada. Preferí no mirar mucho dentro de la oficina d Alicia. Seguro que están en Dina Huapi, pensé. Buscando un teléfono, terminé metiéndome en la casa por la puerta trasera, que por suerte estaba abierta. La encontré desierta. Todo se veía como si hubieran salido a las apuradas.
Busqué el teléfono de la casa. ¿Habría tono? Sí, por suerte, ahora tenía que ver cómo me las ingeniaba para ver los números de teléfono de los chicos. Arriba de la mesa, en medio del desorden de cosas tiradas, estaba el celular de Alicia.
— Qué teléfono de mierda —murmuré, tomándolo.
Era uno de los primeros modelos de Nokia, pero al menos era de Personal. Cambié el chip de teléfono, busqué el número de Eugenio; seguramente él sabría explicarme qué carajo estaba pasando. En ese momento escuché un ruido afuera. Me agaché y dejé pasar varios segundos, después me acerqué con cuidado a la puerta y la trabé. Volví más tranquilo junto a la mesa y empecé a llamar. En el celular de Maxi me atendió el contestador. Probé de nuevo, lo mismo, desistí. Cuando llamé a Eugenio oí que llamaba… una vez… dos… tres…
— ¿Hola? ¿Quién habla? —la voz de Eugenio sonaba sorprendida, un poco exasperada.
— Che, forro, soy Witty. ¿Qué carajo pasa? Vine de sorpresa y Bariloche está sin luz, y hay accidentes en la ruta… ¡La puta madre! ¿Dónde estás?
— Aparecieron zombies, estamos armándonos para zafar, ¿de dónde me estás llamando?
— Del Ñireco.
— Bien, ¿te acordás dónde queda lo de Pato?
— ¿Dónde se vomitaron todo en el cumpleaños de Lucas?
— Sí, ahí. Venite cuanto antes.
— No hay tachos, veo si puedo llegar de alguna forma.
— Vení con cuidado, el centro está jodido. Pero no tardes mucho, queremos rajar de acá cuanto antes, en unas horas, y no te podemos esperar.
— Listo, ¿hace falta algo? ¿Con quién estás?
— No te hagas el héroe, boludo. Estamos con la familia de Niki, Aramoth y Moni.
— Ok, ok… ¿quién es Moni? Dejá, no importa, voy para allá. Imagino que si todo va bien, llego en menos de una hora.
— Está bien. Y por favor, cuidate.
— Un abrazo, cuidate y usá forro.
— Hijo de puta, se vino la peor y seguís diciendo pelotudeces.
Corté sonriendo y salí de la casa en dirección al garage. Apenas había cerrado cuando escuché de nuevo el ruido, pero preferí no prestarle atención. Acababa de encontrar un scooter muy feo, pero al probar si funcionaba, arrancó.
18
Ereth
20.09.09
01:00 hs
Cortó y advirtió que todos lo miraban con atención. La llamada los había tomado por sorpresa, ya se habían hecho a la idea de ser los únicos supervivientes… “Era el último hombre sobre la tierra, y alguien tocó a su puerta.”
— Era Witty. Está en Bariloche y viene para acá —explicó, y suspiró—. Igual tenemos que volver a laburar, no podemos quedarnos esperando. Todavía no nos procuramos un coche, ni comida, ni armas… Nos estamos condenando…
— Todavía pueden llegar más de los chicos —terció Niki.
— Por eso mismo tenemos que organizarnos bien —replicó Ereth—. Lo primero es una excursión al super, buscar morfi… Nada que tengamos que cocinar, así que serán latas de conserva y galletitas… ¿Qué hacemos con Moni?
Niki meneó la cabeza sonriendo.
— La vaga de mierda se durmió. Se hace la boluda para no laburar.
Ereth consiguió sonreír también, agradeciendo el buen humor de Niki.
— Entonces dejémosla, no vale la pena ponerla a hacer nada si está herida.
Maxi, que estaba muy callado desde que volviera de la cocina, intervino por primera vez.
— ¿Vamos a salir de nuevo sin los bolsos?
Ereth consideró sus palabras. Latas, botellas, provisiones varias… Les iba a demandar varios viajes juntar todo lo que necesitaban.
— Primero busquemos un auto. Salgamos armados y con la mochila chica nada más. El coche nos va a servir para traer la comida en menos viajes.
Saldrían de nuevo Ereth y Maxi. Niki se excusó alegando que alguien se tenía que quedar a esperar a los que llegaran, pero todos sabían que en realidad quería cuidar a Mónica.
Apenas salieron de la casa, lo primero que los golpeó fue un silencio horrendo. El sonido del viento los habría tranquilizado un poco, pero ni siquiera eso encontraron. Las estrellas brillaban con timidez, la luna ya se había escondido. En la plaza no se veía ningún movimiento. Por ahora estaban bien.
Mientras cerraba el portón, los ojos de Ereth se detuvieron en la dirección de la casa y recordó la broma recurrente de Pato: “Saavedra 661: a 5 pasos del infierno.” Bien, ahora la broma no podía ser más cierta. A cien metros de la esquina de arriba ya no había luz, lo cual los hizo desistir de ir al Nic y Tom y aventurarse en esa oscuridad negra que parecía acecharlos, de modo que encararon la subida de Pioneros en dirección al super Grupo 2000. En la subida tenían la Fasta, también a oscuras. En ningún momento miraron hacia las ventanas, quizás para no confirmar el terror que sentían, no corroborar que los observaban desde adentro.
El supermercado estaba cerrado, como suponían, pero sobre la ruta había una Kangoo abandonada. Parecía que la hubieran dejado ahí especialmente para ellos. El dueño se había dado a la fuga a pie, dejando incluso las llaves puestas. La puerta del local cedió fácilmente al usar el vehículo con suavidad contra ella. Se pusieron de acuerdo con un solo gesto: Maxi montaría guardia en la puerta, mientras Ereth buscaba suministros adentro.
Supermercado de mierda, pensaba Ereth adentrándose en el negocio a oscuras. Es un puto laberinto de góndolas… El tiempo que tardó en encontrar las latas de conservas le pareció una eternidad, empezó a cargarlas en la mochila de inmediato. Si sus cálculos no andaban muy errados, sólo las latas le iban a demandar casi 5 viajes. Llevó cuanto podía a la Kangoo y volvió a entrar. Estaba terminando de cargar la mochila de nuevo cuando escuchó el disparo.
19
Witty
20.09.09
01:02 hs
Ya en el garage, solo, con la moto encendida a patada y sólo con la iluminación de la luna sobre la ventana, me descubrí pensando: ¿Qué carajo estoy haciendo? Por más miedo que tenga, eso no justifica que me robe una moto… Bueno, la voy a poder devolver… Pero igual estoy agarrando algo sin el permiso de la dueña… mejor salgo y voy a pata como cualquier hijo de vecino.
En cuanto salí, logré ver una figura petisa y regordeta.
— ¿Hola? —dije, sin obtener respuesta alguna, más que ver que en un súbito arranque de furia corrió hacia mí. Instintivamente volví a entrar al garage, para escuchar cómo el cuerpo de esta figura se estampaba contra la puerta y empezó a hacer más fuerza de la que yo pude aplicar, hasta que me tiró contra la pared contigua y me golpeó en el brazo con algunas herramientas. Sentí un palo cerca mío y me agarré a él como si el miedo se apoderara de mí, y como un idiota dije:
— ¡Atrás o te rompo la cabeza! —al mismo tiempo que pensaba: ¡Qué comentario pelotudo! Si no lo detuvo una puerta, no lo va a detener un… Miré lo que tenía entre las manos, …una pala.
Siguió avanzando hacia mí, distinguí que era Alicia, le grité:
— ¡Alicia escuchame, soy Ezequiel!!! –no pareció escucharme, volví a gritar: — ¡Si no te detenés, te voy a golpear…!
No se detuvo, y cuando se acercó lo suficiente, la golpeé con todas mis fuerzas, derribándola. Me corrí 3 pasos hacia atrás, encerrándome más adentro de la oscuridad del lugar.
Al ver que se volvía a levantar, estallé: —¡La puta que te parió! ¿No te duele la cara? ¡Te acabo de reventar la mandíbula! ¿Qué carajo te pasa, Alicia?
Pero ella no respondió, sólo siguió avanzando. De improviso acortó la distancia de un salto, y pude ver en su expresión que estaba segura de que yo no iría a ningún lado. Superado por el miedo, el asco y el horror, volví a golpearla, y cuando cayó le clavé la pala en la cabeza. Su cuerpo se inmovilizó en ese instante, el sonido de la pala atravesando su cráneo fue grotesco, no hay metáfora para una situación tan desagradable.
Al menos dejó de moverse, pero cuando vi la sangre brillando sobre el piso, se me llenaron los ojos de lágrimas.
— Acabo de matar a alguien —murmuré—… pero yo le dije que se detenga y no se detuvo, y yo… —el llanto me superó sin que pudiera evitarlo.
Al cabo de unos minutos, me sequé la cara pensando: ¡Día del orto, no hay una puta cosa que me salga bien! ¿Qué pasa si Eugenio no me estaba jodiendo y realmente hay zombies? ¡La puta madre! ¿Y yo qué carajo sé de eso? Pero no encontraba ninguna respuesta en mi cabeza.
Mejor salgo lo antes posible de acá y me voy a la goma, así no voy a llegar muy lejos. Espero que me sepan perdonar… espero poder perdonarme a mí mismo…, pensé con tristeza, mientras movía la moto para sacarla del lugar.
Ya con el vehículo afuera, con el frío de la noche en la cara, secando mis lágrimas, pensé: Mejor busco algo con qué defenderme, seguro me hará falta algo mejor que mi bolsito, el mate y un cortaplumas.
Volví a entrar intentando no mirar el cuerpo inerte en el pisto. Había un hacha a un costado, y con miedo de que el cuerpo volviera a levantarse, la saqué rápido y salté sobre mi vehículo de escape. Era una moto muy incómoda de manejar, pero al menos tenía algo.
Agarré por la Costanera, acelerando todo lo que la moto permitía. Vi incendios, gente parada en la calle sin prestarles atención; seguí a todo motor. Uno de ellos me vio y comenzó a correrme. Me dio más miedo y me agaché, como si con eso pudiera ocultarme y lograr una mejor velocidad.
Cuando llegué a Neviska, pude ver que el Centro Cívico estaba plagado de gente, unos encima de otros en una orgía sangrienta, y seguí hacia el Monolito: allí tendría mejor espacio para doblar e ir más rápido.
Por la San Martín había mucha menos gente, algunos caminando sin rumbo. Continué lo más rápido posible hasta llegar a la YPF, pude doblar sin ningún problema. Había un coche parado en medio de la 20 de Febrero, pero lo pude esquivar sin tener que frenar y seguí mi camino hasta el Hospital Privado.
Ahí fue que a la moto se le ocurrió hacer huelga. Tenía tanto miedo de lo que podría ocurrirme si esa moto no volvía a arrancar, que se me escapó un gemido. Llegué a la esquina de la plaza, pateé el pedal, no tuve más respuesta que mis propios gemidos. Entonces vi que la casa de Pato estaba cerca, y decidí dejar la moto para buscar resguardo lo antes posible en un lugar seguro.
Caminé a través de la plaza ensimismado en mis pensamientos, hasta que el sonido de un disparo me despabiló, y me hizo advertir que no estaba solo ni a salvo. Eché a correr muerto de miedo hacia la casa, observando que un par de sombras estaban reduciendo terreno en mi búsqueda. Otro disparo redujo a la figura más cercana a mí. Corrí como ladrón en plena estación Constitución, hasta los escalones del mástil en el centro de la plaza, y a través de mi miedo conseguí gritar: —¡Ayúdenme!!
Corría hacia la casa sin siquiera mirar hacia atrás, un tercer disparo proveniente de lo de Pato me pasó zumbando la cabeza. Tuve suerte de que no me pegara a mí.
20
Aldalië
20.09.09
1:10 hs
Se despertó confundida, miró alrededor apretándose las sienes, incapaz de reconocer el lugar a oscuras a través del dolor de cabeza, que parecía clavarle mil cuchillos en el cráneo.
— Dónde mierda… —gruñó, incorporándose lentamente en la cama.
Oyó voces al otro lado de la puerta cerrada, reconocer una la confundió más. ¿Niki? Trató de recordar y casi fue capaz de sonreír en la habitación en sombras. Niki, la Paticueva. Claro. Ereth la había llevado ahí. Lo había encontrado en Plaza Belgrano, a él y al otro chico, Maxi. Después de bajar corriendo el último kilómetro, después que los perros…
Sintió el tirón en el brazo y el ramalazo de dolor que le llegó al hombro. Sí. El perro que la había arañado, y por eso su amigo había estado a punto de matarla… De pronto adivinó por qué la habían mandado a dormir: era una manera diplomática de tenerla vigilada. Volvió a ver el machete de Ereth alzado sobre su cabeza, listo para golpear; el cañón de la escopeta de Maxi apuntando su pecho.
La risa de Niki fue como un empujón que la hizo levantarse de la cama, y tropezar con un millón de obstáculos pequeños hasta que logró alcanzar la puerta. Tomó el picaporte y por poco cayó sentada al suelo cuando su mano tiró y resbaló, sin abrir la puerta. Frunció el ceño: ¿Trabada? Encajó los dientes. Pendejos de mierda, los voy a cortar en pedacitos.
— ¿Niki? —llamó, la cara pegada al marco de la puerta.
Escuchó chistidos al otro lado, un silencio súbito, pasos apurado.
— ¿Moni?
— ¿Serías tan amable de abrirme?
— ¿Cómo te sentís?
— Con ganas de comerte crudo, a vos y a los otros dos boludos que me encerraron acá —más tarde comprendería que no había sido la respuesta más afortunada del concurso.
El silencio se prolongó al otro lado, hasta que Niki aventuró:
— ¿Lo decís en serio?
— Niki Nikasio, si no me abrís ya mismo, voy a tener una seria conversación con Florencia.
— ¡Puta de mierda!
Mónica entendió que la estaba probando y contestó respetando el ritual:
— Lo hago por placer, no por guita —su voz se endureció—. Y ahora abrime o te mato.
La respuesta de Niki fue una carcajada.
— ¡Ya te abro! ¡Vení, Facu, ayudame!
— ¿Estás seguro…?
— ¡Claro que sí! ¿No la escuchaste? Es ella, ¡más normal que nunca!
Mientras Niki hablaba, Mónica oyó que corrían algo pesado. Si serán… La puerta se abrió frente a ella y encontró la amplia sonrisa de Niki y, un paso más atrás, la mirada suspicaz de Facundo, que no precisó más que observarla un instante para sonreír también. El comedor estaba en penumbras, apenas iluminado por un par de velas. Estaban todos sentados a la mesa, vio a las nenas de Facundo jugando sin ruido en un sillón. Aceptó la cerveza que le ofrecía Niki acercándose a la ventana.
— ¿Euge y Maxi? —preguntó mirando hacia fuera.
— Salieron a buscar algún vehículo, para empezar a traer comida.
Giró hacia Niki y Facundo frunciendo el ceño.
— ¿Y los dejaron ir solos?
Facundo alzó una mano, previendo lo que seguía.
— Yo todavía no había llegado —argumentó—. Y Niki estaba solo para cuidarlas a todas ellas, y a vos…
— Ok, ok, Pato tenía escopetas acá, ¿no? Y un par de armas cortas… me acuerdo de haberlas visto en alguna fiesta… Tendríamos que tenerlos listos…
— Tranquila, Moni, ¿qué querés hacer? —intervino Niki.
— ¿Nos pensabas defender a botellazos, galán? —replicó ella forzando una sonrisa.
— Tiene razón —concedió Facundo.
Niki se acercó a su madre y a su tía, intercambió unas palabras en voz baja con ellas. En cuestión de minutos habían aparecido cuatro escopetas, un revólver calibre 38. Facundo se apresuró a tomarlas y empezó a revisarlas con ojo crítico. Niki volvió con su hermana Karen y dos cajas de cartuchos.
— Es todo lo que hay, así que mejor que lo cuidemos.
— Podríamos asomarnos a ver qué onda afuera —dijo Mónica, sacándole a Facundo una escopeta que acababa de cargar.
La risa de Niki la detuvo.
— Pará, no te hagas la grosa. ¿Alguna vez usaste una?
— Odio las armas de fuego, nunca usé una en mi puta vida, y ojalá eso no cambie. Pero me preocupan los chicos solos, afuera, buscando comida para todos nosotros. Mirá si se les complica para volver…
— Tiene razón —asintió Karen—. Mirá si esos locos se empiezan a juntar acá en la plaza y no los dejan entrar.
Facundo no opinó, al menos en voz alta: le lanzó una escopeta cargada a Niki, que la atrapó en el aire, y cabeceó hacia la puerta. Niki se echó el cañón del arma al hombro con un suspiro y salieron los cuatro al jardín a oscuras. Lo cruzaron en silencio, acercándose con cautela al portón bajo del garage abierto. Facundo indicó a Mónica y a Karen que permanecieran un par de pasos atrás, espió por encima del portón sosteniendo con mano firme la escopeta, listo para empuñarla y disparar.
— Ahí, bajo los árboles —susurró Niki.
Todos miraron lo que señalaba y vieron 2 o 3 sombras inmóviles. Parecían tener las caras vueltas hacia el Hospital Privado. Parecían esperar, al acecho.
— ¡Ahí viene alguien! —dijo Karen en voz baja, nerviosa.
— Y se lo van a comer crudo —murmuró Mónica con acritud, señalando cómo las sobras bajo los árboles comenzaban a moverse con sigilo hacia el sendero que cruzaba la Plaza en diagonal, desde el Hospital hasta la calle Saavedra.
— Los chicos dijeron que un amigo de ellos iba a tratar de llegar desde el Ñireco —recordó Karen.
— Witty —asintió Niki—. Tal vez todavía pueda cruzar.
Facundo y Niki acomodaron los cañones de sus escopetas sobre el portón para hacer puntería. Mónica apoyó una mano en el hombro de Facundo.
— Si disparamos, van a saber que estamos acá…
Facundo desvió la vista hacia la Plaza, Niki se acomodó la gorra con una mueca.
— Ni siquiera sabemos si es el amigo de los chicos —insistió ella—, y nos los vamos a tirar a todos encima…
— ¡Pero no podemos dejarlo solo! —exclamó Karen consternada.
Los otros tres la enfrentaron muy serios. Karen sacudió la cabeza, negándose a creer lo que leía en sus expresiones; fue Mónica la que habló.
— La vida de ese chico contra la vida de tu vieja y tus hermanitas, Karen; y tu oma, tu tía, tu prima, las nenas de Facu…
— Si nos rodean, los chicos no van a poder volver a entrar —agregó Facundo—. Y nosotros vamos a estar encerrados acá, sin luz, sin comida, casi sin municiones, rodeados por estos locos asesinos.
Niki presionó suavemente el brazo de su hermana. Karen respiró hondo y asintió, tratando de serenarse. Volvieron los cuatro a mirar hacia la plaza, donde esa persona que ignoraban si era un amigo o un desconocido, se acercaba adonde las sombras bajo los árboles se espesaban. En ese momento escucharon el eco de una detonación a sus espaldas. Giraron los cuatro en redondo: venía de afuera, de arriba, de la ruta.
— ¡Mierda! —masculló Facundo, y advirtió la mirada interrogante de Mónica—. Los chicos fueron para ese lado.
Mónica sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. ¿Les habría pasado algo? ¿Los habrían atacado? ¿Volverían…?
— Es Witty —gruñó Niki entonces—. Y no lo siguen más de tres…
— Podríamos intentarlo —terció Karen.
Facundo y Mónica se miraron y alzaron las cejas, poco convencidos.
— Sólo si estamos seguros de que la ganamos —dijo él—. Por ahora, vamos a esperar.
21
Aramoth
20.09.09
01:23 hs
Maxi descargó otro disparo antes de entrar corriendo al supermercado. Los perdigones reventaron el tórax de uno de los zombies que corrían hacia él, presos de la sed de sangre, de un hambre voraz. Ereth llegó apresurado desde el otro extremo del local.
— ¿Qué pasó?
— ¡Prepará el machete! —fue la respuesta de Maxi, apostándose tras una de las cajas registradoras.
— ¿Pero cuánt…?
Ereth no alcanzó a terminar su pregunta: el grupo de bestias furiosas irrumpió en el local, apretujándose en la puerta para entrar. El primero de ellos cayó a un paso de la entrada, alcanzado por una lluvia de perdigones de la escopeta de Maxi, que le atravesó la cabeza de lado a lado. Un segundo pasó por encima de su “compañero” caído, para encontrarse con el machete de Ereth.
— ¡Cuidado!! —le gritó Maxi, justo a tiempo para que su amigo lograra apartarse de un tercero que se abalanzaba sobre él.
El zombie cayó de cara al suelo, y antes que pudiera levantarse, el machete de Ereth se hundió en su nuca. Dos zombies más entraron al local. Uno de ellos cayó cuando un disparo le arrancó una pierna; sin embargo, la inmunda criatura siguió arrastrándose hacia ellos, tratando de alcanzar a su presa, hasta que otro escopetazo le reventó el cráneo y esparció sus sesos enfermos por el suelo. El restante se lanzó sobre Maxi, pero en un instante su cabeza quedó partida al medio, atravesada por un machetazo. Su cerebro quedo estampado en la pared.
— El machete volador, machete volador —cantaba Ereth, desprendiendo su arma de la cabeza del zombie.
— ¡Dale, boludo, menos chiste y más laburo! Llevemos las cosas al auto, que los disparos van a atraer más de estas mierdas —replicó Maxi colgándose la mochila al hombro.
Salieron a todo correr del local hacia la camioneta. Entonces escucharon un grito que los dejó helados. No era un grito común, era desgarrador, inhumano. Más que un grito, era un rugido. Y se escuchaba nítido, cercano.
— ¡Carajo! ¡Vámonos ya! —gritó Ereth.
Subieron a toda prisa a la Kangoo y Ereth rebuscó en sus bolsillos desesperado. Maxi miraba por el espejo retrovisor, y vio aparecer una multitud de zombies en la esquina de Campichuelo y Pioneros, corriendo furiosos hacia la camioneta.
— ¡Dale, la puta que te parió! ¡ARRANCÁ!! —gritó, presa del pánico.
Ereth lo enfrentó pálido como un espectro.
— Boludo… ¡PERDÍ LAS LLAVES!
22
Ereth
20.09.09
01:25 hs
Ereth rebuscaba frenético en sus bolsillos, la oscuridad no ayudaba. Los veía venir hacia la camioneta detenida. Esos segundos fueron una eternidad, o quizás la adrenalina que corría por sus venas les hizo sentir eso. ¿Cuándo fue la última vez que usé la puta llave?, volvía a preguntarse, y repasaba: Llegamos, revisamos el Renault 12, la zombi, y encontramos la Kangoo, abierta y con las llaves puest… El razonamiento fue interrumpido por los cuatro primeros zombies saltando sobre el capot. Pensamiento instantáneo: auto en punto muerto. Maxi miraba con cariño la escopeta; dispararles desde adentro les daría tiempo, pero el fogonazo los dejaría aturdidos. Ereth trató de volver a concentrarse. …Con las llaves puestas, probamos el arranque y las dejamos… ah…
— ¡QUÉ PEDAZO DE PELOTUDO! —exclamó.
Tanteó en la oscuridad de la cabina y las encontró puestas, colgando, tan divertidas las muy forras. Arrancó y metió primera. Los pasajeros no autorizados, que ya saltaban sobre el techo y el capot, arañando el parabrisas para entrar, cayeron del vehículo.
— Che, Maxi, ¿cuánto tenés de skill en “Armas Pesadas”?
— ¿EH?
— Vos mirá.
Ereth apuntó el auto sobre los zombies que todavía llegaban corriendo. Todos esos años de Carmagedon y GTA eran realmente un alivio: uno no pisaba gente, pisaba puntos… puntos que querían matarlo a uno, si uno todavía dudaba de hacerlo.
Atropelló a unos diez. Uno trizó el parabrisas, pero no lo atravesó. Cuando estuvieron todos atrás del auto, dio marcha atrás. No iba a dejar ninguno lo bastante entero para que después les rompiera las pelotas. Cuando detuvo la camioneta, todo volvió a quedar en silencio. Contaron casi 20 zombies.
— Están empezando a agruparse… —murmuró Ereth.
Perros infectados, grupos de 10 o 20 individuos… Las cosas iban mucho más rápido de lo que deberían. Peor aún: en escasas 3 horas se había infectado casi todo Bariloche. No podía tratarse de algo casual, mucho menos de un único foco de infección.
— Ya no podemos tomar agua de red, quizás ahí esté la causa de esta historia —agregó.
Maxi lo miró sombrío, él también había estado pensando en eso, y la teoría conspirativa era la más difícil de enfrentar.
— Volvamos al super, agarremos bebidas, más latas, cuanto podamos —siguió Ereth—. Sabés que no podemos quedarnos acá mucho más.
— Me pregunto cuándo aparecerán los milicos —dijo Maxi con voz opaca—. Si hay algo más peligroso que los zombies ahora, son ellos, preparándose para controlar a los supervivientes.
— Testigos… —corrigió Ereth con acento lúgubre.
Después de asegurarse a machetazos que ninguno de esos cretinos iba a levantarse de nuevo, entraron de nuevo al supermercado. Acomodaron la Kangoo en la puerta, con la parte de atrás abierta hacia adentro, bloqueando el camino para cualquiera que quisiera hacerles compañía mientras la iban cargando.
Tomaron botellones de agua mineral, latas, desinfectantes, arroz, harina, jabón. También decidieron llevar cosas que se echarían a perder pronto, con la esperanza de poder instalarse en algún lugar a tiempo para comerlas: varios kilos de carne, fruta, verdura. Sabían que era lo último que encontrarían fresco en mucho tiempo. Sólo salieron cuando la Kangoo estuvo llena.
Entonces enfrentaron una decisión difícil: terminar de trizar el parabrisas y poder ver, privándose de la posibilidad de atropellar más zombies que se interpusieran en su camino (a menos que los quisieran acomodar en el asiento del acompañante), o dejarlo tal como estaba e ir MUY lento y casi a ciegas. Optaron por sacarlo; en el peor de los casos, todavía tenían armas de fuego.
Fue entonces que escucharon un disparo.
Se miraron en silencio: había sido en lo de Pato.
23
Ereth
20.09.09
01:31 hs
Veintiuno, veintidós… veintitrés disparos, y luego silencio. Ereth permanecía inmóvil, expectante. No iban a acudir corriendo y caer en pleno tiroteo, a riesgo de ser confundidos con infectados. Maxi lo miraba, esperando alguna explicación. Ereth miró el reloj de la Kangoo… 01:31…
— 31+1=32, que es 23 invertido —murmuró.
Maldita película, estaba en medio de una situación de vida o muerte y él se acordaba de esas estupideces.
Cuando llegaron a la plaza, todavía iluminada a medias por la luz de la calle Tiscornia, encontraron la razón del tiroteo. Había más de 15 zombies muertos frente al portón de la Paticueva. Y tras el portón, todavía con las armas preparadas, estaban Niki, Facundo y Mónica. Witty estaba tras ellos, acompañado por Karen, recuperando el aliento y el oído, porque los últimos disparos habían pasado directamente sobre sus hombros, evitando que lo alcanzaran 3 zombies que salieran de la casa de al lago.
— ¡Hijos de puta! —mascullaba Facundo—. ¡Hasta esperan sentados entre nuestros vecinos!
Ninguno de ellos había esperado verlos asomar de las casas aledañas, los puntos ciegos del patio. Sólo entonces cayeron en la cuenta de que escapar de ahí no sería fácil y habían usado casi la mitad de las municiones que tenían.
Ereth y Maxi se demoraron con ellos junto al portón, comentando lo que ocurriera.
— Tenemos que buscar más municiones urgente —dijo Facundo.
Con su familia escondida en la casa, era el que había adoptado la actitud más calculadora. Karen giró para observar la Kangoo estacionada a pocos pasos.
— Eso no va a servir de mucho —comentó—. Vamos a tener que conseguir otra cosa.
— Tenemos la Bimboneta —recordó Mónica.
— Tampoco va a servir para ir al centro, aunque podemos usarla para seguir trayendo comida del super de arriba —gruñó Maxi, picado; traerla llena de provisiones no había sido tarea fácil.
— Pero con más cuidado, ya se están movilizando en grupos grandes, los muy putos —intervino Ereth con rabia.
— Sí, los de recién no venían precisamente al Taller de Lectura —sonrió Niki, el cañón de la escopeta de nuevo sobre su hombro.
— Tenemos que apurarnos —suspiró Ereth—. A más tardar mañana a la mañana nos tenemos que ir de acá.
Una exclamación ahogada de Witty los interrumpió. Se había parado, todavía un poco aturdido, y se adelantó para abrazar a Ereth y Maxi. Sólo ahora tomaba consciencia de que había llegado, que estaba a salvo y con sus amigos. Si alguna vez los había extrañado, no era nada comparado con la adrenalina de este reencuentro.
Una pausa melancólica opacó la emoción de la reunión. Cada uno se había permitido una pausa para pensar en los que todavía no habían llegado, en los que nunca llegarían; todas esas personas que querían, que apreciaban, e incluso esos compañeros casuales con quienes compartían una cerveza de tanto en tanto.
— Nosotros vamos por la comida. Niki, vos venís conmigo —dijo Facundo con acento resuelto, tomando la iniciativa para poner al grupo en movimiento.
— Andá en tu Bimboneta —dijo Ereth—. Nosotros vamos a descargar la Kangoo.
— No —lo interrumpió Maxi—. No la vamos a descargar para volver a cargarla en unas pocas horas. Los zombies no van a venir a comerse nuestras provisiones precisamente.
— Bien pensado —asintió Ereth—. Entrémosla igual, así no se mete ningún pasajero indeseable.
Facundo meneó la cabeza.
— Tenemos que buscar más armas.
— Y a Manu —intervino Mónica, que permaneciera silenciosa entre los muchachos de pronto aguerridos.
— No tan rápido, Moni —replicó Ereth—. A menos que esté a 3 cuadras de acá, dudo que sea fácil ir a buscarlo. Primero necesitamos un buen vehículo, y más armas.
Maldita frialdad numérica, pensaba mientras hablaba. Espero que no se me ofendan por criticar sus propuestas.
— Yo voy a bajar al centro —agregó—. Tengo la cota, me da mejor protección, y todavía me quedan energías para un par de caminatas más —O corridas, corrigió para sus adentros.
— Wampa, no vas a bajar solo —dijo Witty.
Su comentario les trajo recuerdos de locuras compartidas.
— ¡No te hacía tan valiente, Witty! —exclamó Ereth—. ¡Así que otra vez a las andanzas como ninjas! ¡Como cuando nos afanábamos la S del cartel de Frantom!
Rieron los dos. Parecía que más que armas, irían de nuevo a robar la S de “Elaboración Artesanal” del cartel de Frantom.
01:45 hs
Ereth miró el reloj y no pudo evitar notar que 45+1=46, el doble de 23.
— Tengo mi machete, la cota y la mochila —dijo, luchando por no turbarse.
Le dieron a Witty una de las escopetas y una mochila chica. Facundo y Niki se habían ido en la camioneta de la panadería, la célebre Bimboneta, y se dirigían al supermercado.
23 putos zombies muertos, no podía ser de otra manera, ¿no? Al menos no habían desperdiciado balas. Salió con Witty, y al llegar a la esquina de Tiscornia y 20 de Febrero, Ereth miró el Sanatorio del Sol. Su celular le indicó que hacía casi 2 horas desde que dejara encerrada a la nena, en el segundo piso, para protegerla… O protegernos… Todavía no lo sabía. Pero eso no fue lo único que lo distrajo. La dirección era 20 de Febrero 640, y al instante supo por qué lo turbaba: 6+40= 46, o 23×2. Lo único que me faltaba, ver el número. Espero que las hordas no vengan de a 23 o números múltiplos: serían muchos zombies.
La caminata resultaba lenta, cada esquina eran 5 minutos de mirar para todos lados, asegurarse que nada los acechase, a veces incluso tirar cosas, buscando reacciones entre las sombras. Habían recorrido casi 4 cuadras. A ese paso, iban a llegar al centro al amanecer.
Tercera Parte
24
Roderik Seregruin
20.09.09
01:47 hs
Seguí. No pares de avanzar. No podés. ¿Tenés miedo? Y con razón. La muerte (o algo peor) te pisa los talones y tu única compañía es la paranoia. Todos los sonidos conspiran contra tu cordura. El machete sigue en tu diestra, ¿verdad? Bien. No se te ocurra perderlo. La oscuridad es sobrecogedora. Tu mano izquierda juega con la idea de prender la pequeña linterna. Pero sabés que no es buena idea. Las estrellas deberán ser las únicas fuentes de luz por el momento, y hasta ellas pueden traicionarte. Es el mundo contra tu pobre existencia, mi buen Roderik.
Cuatro kilómetros de camino (sólo faltan cinco) y ya encontraste el primer fiambre. Fue la segunda vez que viste un cadáver humano tan cerca. El primero fue el de tu abuelo, a los 9 años, pero éste se veía tan sereno y tranquilo. El policía que yacía cerca del Teleférico era su antítesis. Él NO tuvo una muerte pacífica. Mordidas incontables en brazos y piernas, dejando ver manchones de hueso al desnudo, y la expresión de dolor congelada hasta que se pudra. Hay un consuelo en esa imagen tétrica: estaba inconfundiblemente muerto… inanimado, si preferís. Una mordedura en su garganta lo había degollado, desangrándolo. O sea que tal vez estos monstruos pueden caer desangrados. Te aterraba la irracional idea de que no se detengan hasta decapitarlos completamente, ¿no es cierto? ¿Que siguieran buscando a sus presas aún entonces? Ah, que lejana te parece la razón ahora… tanto que un magro consuelo como ése te tranquiliza. Y la 9 mm que tomaste. No sos el tirador más preciso del mundo, pero te sentís cómodo con la idea de poder disparar. También tenía una escopeta recortada, tirada a un lado (parece que había sido disparada recientemente). Se veía incómoda y poco práctica para largas distancias, pero de todos modos ahora asoma desde dentro de tu mochila. No querrás cortar tus recursos, ¿cierto? Después de todo es ayuda gratis (¿pensando en guita AHORA?)… seis cartuchos en la recámara y ocho más de repuesto. Pesa mucho para ser tan poco.
Kilómetro tres. ¿Qué hora es? 2:19. ¡Puta! Qué lento que avanzás. Pero hay que andar con cautela. Como en los FP Shooter: despacio, sin que te vean. Lástima que acá no te podés aburrir, mandar todo al carajo y disparar a lo que se mueva hasta agotar las municiones. Y tenés ganas de hacerlo, lo sé. Te aterra el pensamiento, pero despierta tu curiosidad. Sería tan senci… ¡Un ruido! ¿Será un animal? ¿El viento? ¡Escondete insensato! Pero, ¿dónde? ¡El tiempo se te acaba!
Muy tarde. Ya te vio. Te está mirando, directamente. Se terminó.
Pero, ¿por qué no se mueve? Aún con tan poca luz puedo percibir sus ojos inyectados de sangre enferma y su aliento desenfrenado condensándose. Pero tan solo aguarda. No te ataca. Escucha. Podrá ser que… ¿no puede verte? No obstante vos sí lo ves. Y ahora se acerca como enloquecido. Sabe que estás aquí, pero sus ojos no se lo confirman. Más cerca. No te muevas. No respires. Ahora olfatea el aire largamente. Ya podés ver la sangre que mana desde sus globos oculares, ¡por eso está ciego! Y se acerca. Lanza manotazos al aire; quiere atraparte. El olor de tu sangre sana le revela tu presencia, pero no tu localización (por ahora). Más cerca. A un machete de distancia. Si mira a su izquierda lo vas a tener cara a cara. ¿Qué es eso en tu mano desarmada? La linternita… La tirás a un lado del mutante. Se distrae y ataca la nada enfrente suyo. Y por seis segundos te volvés como él.
El primer golpe, silencioso, desde las sombras, deja su cabeza colgando de unos hilos de carne. El segundo, ya acompañado de tu grito, ahogado ni bien nace, termina el trabajo. Los tres o cuatro que le siguen sólo mutilan un cadáver en la penumbra. El ímpetu de un asesino inexperto.
Solamente unos segundos para contemplar tu obra y seguís tu camino. ¡No olvides la linterna salvadora!
¡Hey! Nada mal para tu primer homicidio (si se lo puede denominar así). Sin embargo, éste fue de arriba, estaba cegado y solo. El tutorial. El próximo descuido puede costarte… no, te va a costar caro.
Por suerte la sangre no llegó a manchar más que tu ropa. La toalla puede hacer las veces de barbijo para evitar contagios. Para los ojos tendrás que usar los párpados, por mucho que te asuste la idea de cerrarlos. De todos modos, está tan oscuro que apenas ves el suelo. Quizá en el centro haya luz. Y algo para calmar la sed. Hay agua en tu mochila, pero mejor es no parar en este lugar condenado. Como dice Witty, “descansaremos cuando estemos muertos”. Pensándolo bien, puede que ni así…
02:56 hs
Dos horas para llegar al centro. El último tramo (más aun luego del ataque) lo recorriste midiendo cada paso. Lo bueno es que no estás cansado.
Aquí tampoco hay luz. Mejor. No verás una mierda, pero ellos tampoco. Eso sí, su olfato y oído puede ser más agudo de lo normal, así que no te arriesgues. No hagas ruido. La casa de Pato no está a más de unas pocas cuadras. No la vayas a cagar ahora, Roderik.
Esperemos encontrarlos…
25
Aldalië
20.09.09
01:50 hs
Las nenas de Facundo dormían, acurrucadas juntas en la misma cama. La Oma había aceptado volver a acostarse. La madre de Niki había hecho mate y las mujeres se habían repartido en silencio a su alrededor, sin más luz que una vela casi consumida.
Mónica advirtió la ausencia de Maxi y se asomó a la cocina. Ahí estaba, con la ventana abierta y la escopeta lista sobre las piernas, vigilando el cerco del jardín y el portón del garage. Había revisado el galpón, y a sus pies en el suelo tenía un machete y una pala. Notó su respiración honda y temblorosa, se acercó a él sin ruido. El muchacho podía jugarla de duro cuanto quisiera, pero era evidente que estaba digiriendo algo bastante peor que lo que vivieran en las últimas horas.
— ¿Y tu familia, Maxi? —preguntó en voz baja, llegando a su lado.
Él no respondió, sólo meneó la cabeza con otro suspiro tembloroso. Ella le presionó un hombro sin agregar más y miraron juntos hacia afuera.
El celular sonando en su cintura la sobresaltó. Atendió con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Las palabras brotaron atropelladas del auricular, llenas de angustia y urgencia.
— ¡Mamá! ¿Dónde estás? ¡Papá está lastimado y necesita ayuda! —antes que pudiera contestar, otra voz tomó la posta, más firme pero igualmente agitada: —Mónica, yo estoy bien, me esguincé un tobillo nomás. Escuchame bien: tuve que sacar a Manu de ahí porque nos tenían cercados y estaban por entrar en cualquier momento. Agarramos por Brown hacia Pasaje Gutiérrez porque estaba despejado. Hay menos que arriba y…
— ¡Plaza Belgrano! —interrumpió Mónica—. ¡Brown hasta el Pasaje, y de ahí para abajo a Plaza Belgrano! ¡Nos encontramos por el camino!
Maxi alcanzó a sujetarle un brazo y detenerla antes de que echara a correr.
— ¡Moni, pará! ¿Qué hacés? ¿Qué carajo pasa?
— ¡Mi hijo está viniendo para acá, Maxi! ¡Tengo que ir a buscarlo!
— ¿¡Te volviste loca!? ¡No podés salir así ahora! ¡Hay que esperar que vuelvan los chicos!
Mónica forcejeó para soltarse de la mano de Maxi, las lágrimas desbordaron sus ojos sin que se diera cuenta.
— ¡No puedo, Maxi, entendeme, por favor!
Logró liberarse y corrió hacia el comedor. Las demás mujeres vieron sorprendidas que salía a los tropezones de la cocina y se apresuraba hacia la puerta del jardín. Pero apenas había salido cuando Maxi saltó fuera por la ventana de la cocina y le cortó el paso. Ella alzó las manos, lista para empujarlo a un lado.
— ¡Pará un poco, querés! —se anticipó él—. Tomá.
Mónica tardó todo un segundo en darse cuenta de que le estaba ofreciendo un machete con su funda. Sacudió la cabeza con una risita nerviosa.
— ¿Para qué lo voy a llevar? ¡No lo sé usar!
— Lo mismo dijiste de las escopetas y bajaste a varios. Llevalo —le apoyó una mano en el hombro con sonrisa triste—. Suerte. Ojalá puedas volver con tu pibe. Seguro que te podemos esperar hasta las 4, más no sé.
Mónica palmeó la mano en su hombro asintiendo, un asomo de sonrisa agradecida en sus labios temblorosos. Maxi se hizo a un lado y la dejó pasar, aunque volvió a detenerla a último momento.
— Andá pegada a las casas, no te dejes ver al pedo. Son muy rápidos y fuertes, pero son torpes. Trepar un techo es mejor que tratar de ganarles corriendo. Su único punto débil es la cabeza.
Ella volvió a asentir en silencio. Se tomó un momento para asegurarse de que nadie la veía salir, se alejó hacia la derecha. Maxi ahogó un suspiro viéndola moverse entre las sombras hacia el Pasaje Gutiérrez. No esperaba que volviera con vida.
26
Aramoth
20.09.09
02:15 hs
El tiempo transcurría lento esta noche. El fulgor de las llamas en el centro coronaba el cielo, convirtiéndolo en una lámina de color cobrizo. Maxi vigilaba el portón, listo para volar en pedazos al primer visitante sin invitación. La brisa nocturna mecía las copas de los árboles, todo parecía tranquilo. En medio de toda esa conmoción, era grato encontrar un breve momento de paz. Sus pensamientos buscaron a Witty y Ereth. Tendría que haber ido con ellos. La imagen de sus amigos perseguidos por una horda de cientos de zombies lo perturbaba. Era muy probable: pleno centro, lleno de negocios y departamentos. Los dos muchachos habían ido a meterse en la boca del lobo. Una voz tras él lo arrancó de su ensimismamiento:
— ¿Querés un mate? —dijo la madre de Niki asomándose por la puerta de la cocina—. Con todas las corridas que se mandaron, te va a venir bien.
— No, gracias —le respondió Maxi tratando de sonreír—. Tal vez en un rato…
— Avisame, cualquier cosa.
La madre de Niki cerró la puerta de la cocina, dejándolo de nuevo solo con sus pensamientos. Es verdad, desde ayer al mediodía que no como ni tomo nada… Se dirigió a la alacena, donde encontró un paquete de bizcochitos 9 de Oro a medio comer. Le recordaron las tardes de mates en la Costanera con Witty, Sopa y Angie. Los 9 de Oro estaban siempre presentes, eran un clásico
— Sopa y Angie… —murmuró.
Hasta ese momento no se había acordado de ellos. Sopa no corría mucho peligro: vivía en un lugar apartado y su terreno era casi inexpugnable. Además, el petiso sabe defenderse. Pero Angie era otro tema. Esa hija de puta no es capaz de correr ni aunque la persigan todos los zombies de Bariloche. Era su mejor amiga, prácticamente su hermana.
— Ojalá esté bien —suspiró.
Comió varios bizcochitos con un hambre voraz. Con el ajetreo de reventar muertos vivientes, no había notado el apetito que lo invadía.
Antes que pudiera tomar otro bizcochito, la bolsa en su mano voló en mil pedazos, atravesada por una bala que se estampó en la pared de la cocina. Maxi se tiró al suelo y asomó la cabeza por la ventana. Un hombre armado con un rifle había abierto el portón, y ahora se había resguardado detrás de la Kangoo. Maxi había contemplado esa posibilidad cuando el caos comenzara: la lucha por los pocos recursos disponibles no iba a tardar en desencadenarse.
El hombre se asomó por uno de los costados de la camioneta y volvió a disparar hacia la cocina. La bala alcanzó un cajón de la alacena, y los pedazos de madera volaron en todas direcciones. Un momento de descuido y me pasa esto, pensó Maxi, aturdido por el ataque inesperado. Susy se asomó por la puerta de la cocina.
— ¿Qué pasa? —preguntó asustada.
— ¡Agarren a las nenas de Facu y métanse en uno de los cuartos de atrás! —le ordenó él.
Otro disparo silbó por encima de su cabeza. Oyó que la madre de Niki llevaba a las hijas de Facundo al dormitorio de la Oma, las nenas lloraban asustadas. Maxi volvió a asomar la cabeza. El individuo seguía detrás de la Kangoo, al acecho. Apoyó la Maverick 88 en el marco de la ventana y disparó apuntando a la pared del portón. Quería tratar de asustar al atacante. Los perdigones desprendieron pedazos de pared. Suficiente para asustar a este hijo de puta, pensó. Sin embargo, el hombre no se movió: el disparo no lo había ahuyentado. Su rifle asomó por el costado izquierdo de la camioneta y disparó a ciegas. La bala se perdió por encima de la casa.
— ¡Sos malísimo, forro hijo de puta! —le gritó Maxi, tratando de demostrar cierto aire de confianza, de superioridad sobre su atacante, a pesar del miedo que le calaba los huesos.
Aquel hombre había sido muy astuto al esconderse detrás de la camioneta: Maxi no se atrevía a dispararle directamente, por temor a acertarle a una o de las ruedas o al motor. De momento, ese vehículo les era de mucha necesidad. De pronto oyó ruido de vidrios rotos: la ventana del comedor. Fue agachado hasta la puerta de la cocina y la abrió apenas. Vio asombrado que Karen estaba agazapada bajo la ventana rota empuñando el 38.
— Dale, boludo, no te quedes ahí y ayudame —le dijo la chica.
Maxi fue a apostarse junto a ella.
— Está bien cubierto, si le disparamos directamente, hacemos mierda la camioneta —dijo Karen.
— Ya sé, pero no podemos quedarnos esperando que… —un grito proveniente del garage lo interrumpió.
Se pararon para mirar hacia afuera y quedaron paralizados de horror: un grupo de zombies estaban saltando por encima del cerco y atacaban al pobre diablo, que no había tenido tiempo siquiera de tratar de defenderse. Se abalanzaron sobre él como una jauría hambrienta, despedazándolo, devorando hasta los huesos.
— ¡Los disparos los atrajeron! —exclamó Karen— ¡Seguro que vienen más!
A través de los gritos, todavía se escuchaba el llanto de las hijas de Facundo en la habitación de la Oma. Karen tenía razón: en cualquier momento iban a tener una multitud de infectados rodeando la casa. Maxi la enfrentó con ojos desorbitados.
— Preparate para cerrar el portón —dijo en voz baja.
— ¿Qué carajo vas a hacer? —preguntó ella, aunque podía ver en su mirada que estaba a punto de hacer algo extremadamente estúpido.
Pero Maxi no respondió. Miró un instante hacia afuera y saltó por la ventana. No voy a ser el responsable de la muerte de estas siete mujeres, pensaba, dirigiéndose a la Kangoo. Subió sigilosamente al vehículo y se tendió en el asiento trasero. Escuchaba perfectamente al grupo de zombies deleitándose con la carne del intruso. Se asomó por la parte de atrás de la camioneta. Sólo quedaban pequeños trozos de vidrio en lo que horas antes había sido una ventanilla. Podía ver las caras demacradas de esos seres inmundos, insaciables. Estaban tan ocupados engullendo a ese pobre hombre, que no escucharon que Maxi se acercaba. Eran 4.
Hijos de puta, me dan asco, repetía el muchacho para sus adentros. Apoyó rápidamente su escopeta en la cabeza de uno de ellos y disparó, cerrando los ojos y volteando la cara para que la sangre no lo salpicara. El cráneo voló en pedazos. Automáticamente, los otros 3 dejaron su suculenta cena y se abalanzaron sobre Maxi. Él saltó y se escabulló detrás de uno de los asientos de adelante. Un zombie entró por el hueco de la ventana rota, mientras los otros dos trataban de entrar por la derecha, intentando romper el vidrio a cabezazos. Una lluvia de perdigones le reventó la garganta al que había entrado por atrás. Los dos de afuera estaban a punto de lograr su cometido: el vidrio estaba trisado, cedería en cualquier momento.
Uno de ellos se desmoronó repentinamente, cuando una bala le atravesó las sienes: Karen había salido, y empuñaba el revolver a pocos pasos de ellos, lista para dispararle en la cabeza al zombie restante. Sin embargo, su blanco cayó hacia atrás, la cabeza llena de perdigones y fragmentos de vidrio. Maxi se acomodó tras el volante y comprobó que las llaves seguían puestas.
— ¿¡Me podés decir qué carajo vas a hacer!? —le gritó Karen desde afuera.
Maxi no se molestó en responder. Puso en marcha la camioneta y la hizo avanzar casi hasta la puerta de la casa, luego se bajó y corrió a abrir el portón, ignorando las preguntas de la hermana de Niki. Volvió a subir al vehículo y dio marcha atrás hasta la calle. Se aseguró de que Karen cerrara el portón y arrancó hacia 20 de Febrero. Los disparos van a atraer a estos forros, era lo único que podía pensar. En la esquina de Pasaje Gutiérrez y 20 de Febrero detuvo la camioneta y esperó. De forma gradual, los gritos de un centenar de muertos empezaron a oírse con creciente nitidez. Sus sombras se recortaban en el pavimento, cada vez más oscuras… Un momento después pudo divisar claramente las siluetas acercándose, bajando iracundas por 20 de Febrero.
Eran muchas. Demasiadas.
Esperó a que estuvieran a pocos metros de distancia y aceleró. Se dirigió hacia Tiscornia, cuidando de mantener una distancia relativamente corta con la horda salvaje que ahora lo seguía.
Desde atrás del portón, Karen lo observaba. Ahora entendía: Maxi estaba distrayéndolos, evitando que se amontonaran en la Plaza, cerrándoles la vía de escape. Vio cómo la Kangoo llegaba a la esquina dando bocinazos y doblaba en Tiscornia, seguida por esa horda de seres del averno, que clamaban a gritos por su festín.
Esperó a que el último zombie se perdiera más allá de la esquina y entró a la casa. El resto de las mujeres la esperaba, confundidas, asustadas-
— ¿Y el pibe dónde está? —preguntó la madre de Niki
— Muerto —replicó secamente Karen.
27
Aldalië
20.09.09
02:17 hs
La cautela no le había durado más de 5 cuadras. No podía perder tiempo en jugarla segura, no con su hijo ahí afuera, tan cerca, tan expuesto. Tampoco fue el huracán de furia de madre vengadora que hubiera querido: el camino era cuesta arriba y 20 años de pucho no vienen precisamente solos. Pero no se preocupó más por moverse con sigilo, de porche a porche. La angustia le quemaba el pecho, y creyó que se desmayaría cuando el celular volvió a sonar.
— ¿Manu?
— ¿¡MAMA!? ¿Dónde estás? ¡Nos están por agarrar y papá ya no puede rechazarlos más!
— ¡Corré, hijo! ¡Y cuando termine la calle, doblá para abajo, a la derecha! ¡Yo estoy subiendo por ahí! —jadeó, y prefirió no imaginar la escena de su hijo corriendo por una calle oscura seguido por una banda de enfermos asesinos.
— ¡PAPÁ! ¡NOOOOO!
— ¡APURATE MONICA!!!
La voz de su ex marido se interrumpió bruscamente, ahogado por una serie de gritos y gruñidos guturales.
— ¡CORRE MANUEL!— gritó ella desesperada, e indiferente al cansancio, el miedo, la angustia, corrió cuesta arriba.
Estaba a sólo dos cuadras de la esquina con Brown cuando una explosión hizo vibrar el suelo y la noche se iluminó como en pleno día. Se detuvo un momento, paralizada por la sorpresa.
¿La estación de servicio de Castex?, alcanzó a pensar, volviendo a correr.
Un murmullo cerca de su mano la hizo recordar el celular, se lo llevó a la oreja temerosa.
— ¿Manu? —escuchó los sollozos de su hijo, que repetía “papá” mientras lloraba—. Tranquilo, Manu, ya llego —no tenía sentido preguntarle por su padre, era tan buen fumador como ella, de los que nunca salen sin un encendedor en el bolsillo—. ¿Dónde estás? ¿Todavía te siguen?
— Los quemó… papá los hizo explotar… pero él… yo estoy bien… me tiró a una zanja…
Mónica respiró hondo y se obligó a hablar con voz firme y tranquila, trotando cuesta arriba tan rápido como sus pulmones se lo permitían.
— Tenés que ser fuerte, hijo. Salí de ahí y vení a mi encuentro. Nos tenemos que encontrar en un par de minutos como mucho. No cortes. No hace falta que hables, pero no cortes.
Así llegó a la esquina de Brown, iluminada en varias cuadras por las llamas de la estación de servicio, que se alzaban en medio de una columna de humo oscuro. Y en ese resplandor siniestro, surrealista, vio las siluetas oscuras que cruzaban la cortina de fuego como si nada, algunas de ellas convirtiéndose en antorchas andantes que avanzaban hasta que se consumían. Contuvo su impulso primario de gritar el nombre de su hijo, en cambio lo susurró por el celular.
— Manuel, estoy en la esquina, ¿dónde estás?
— Te veo —respondió el nene en el mismo tono—. Vienen más. Me escondí en una entrada, tres casas antes de la esquina.
— Salí con muchísimo cuidado y vení hacia mí. Que no te vean.
— Tranqui, ma, sé jugar al Left 4 Dead.
— Ajá… dale….
Mónica se asomó lo indispensable para espiar la calle iluminada por el fuego. Distinguió las figuras de movimientos erráticos, adivinó la sombra sigilosa de su hijo acercándose agachado, siempre al amparo de las sombras de las casa. Tuvo q contenerse para no ir a su encuentro y revelar la presencia de ambos.
Cuando, un momento más tarde, Manuel estuvo junto a ella, le echó los brazos al cuello y lo apretó con todas sus fuerzas contra su pecho. Sintió la humedad de su ropa y reparó en la sangre que lo empapaba.
— Sacate eso —le indicó en voz baja—. ¿Te agarraron? ¿Te mordieron?
— No, no, papá lo evitó, pero vienen más —respondió Manuel sacándose la campera—. Esto los va a distraer.
— ¿Qué?
El “nene” (que medía 1.65, tenía 11 años y la voz gruesa) revoleó los ojos.
— El olor a sangre, ma. ¿Vos estás lista para correr?
— Eh… sí…. —de repente, la idea de que su hijo se hiciera cargo de la situación era un giro completamente inesperado.
Manuel hizo un bollo con la campera manchada de sangre y salió agazapado del escondite, ocultando la campera en el jardín más cercano. Volvió junto a Mónica y le tendió una mano.
— ¡Vamos! —urgió.
Se tomaron de la mano y retrocedieron agachados hacia la esquina de Pasaje Gutiérrez. Ahí Mónica se cercioró de que el camino seguía pareciendo libre. Ella y su hijo intercambiaron una mirada de inteligencia y se lanzaron a todo correr calle abajo, lado a lado.
Mónica sintió un estremecimiento diferente a cuantos tuviera esa noche: estaba con su hijo, que estaba vivo, sano y entero. Estaban juntos, corriendo en esa noche delirante hacia un refugio amigo, el viento en la cara y, por imposible que resultara, una inexplicable sensación de libertad la empujaba a la risa.
Bajaron hasta Curuzú Cuatiá como una exhalación. Nadie había intentado detenerlos, nadie los había amenazado.
Entonces el eco sordo de un disparo allá abajo los obligó a parar y buscar refugio en las sombras de las casas. Mónica encontró la mirada interrogante de su hijo, hizo una mueca.
— Los chicos —susurró.
Varios disparos más resonaron en la noche de pesadilla, Mónica inspiró hondo y tiró de la mano de su hijo. Salieron del porche donde se ocultaran y volvieron a avanzar hacia Plaza Belgrano. No dijeron nada, pero los dos se preguntaban constantemente qué encontrarían al llegar.
28
Ereth
20.09.09
02:27 hs
Si la caminata por la oscuridad para llegar a lo de Pato había sido trémula, era porque entonces no sabía la bendición y la protección que la oscuridad le daba. Bajaban por la 20 de Febrero, y excepto por 2 autos chocados y 3 muertos descuartizados, no habían cruzado más señales de la crisis… podría ser una madrugada silenciosa, solitaria pero normal, llegando al centro de Bariloche.
Recién cuando doblaron en la esquina de Elflein y la 20 de Febrero, vieron lo que realmente los esperaba: un colectivo de la 50, de los nuevos, amarillo, volcado. El conductor debía haber entrado en pánico, quizás mientras arrancaba, y con un volantazo había quedado de costado, cortando la calle. Adentro, todavía atado al asiento tras el volante por el cinturón de seguridad, se veía su cadáver medio masticado. Más allá del colectivo se venían muchos cadáveres más…
— Vamos con cuidado –gruñó Ereth por lo bajo—. Quizás algunos no estén tan muertos.
Siguieron caminando, ahora con el machete y la escopeta listos: se acercaban a la peor parte. Desde ahí ya se veía la esquina. Moreno y 20 de Febrero, la “esquina de la YPF”, el famoso centro de reunión de Bariloche…
— Si nos habremos embriagado en esa esquina –murmuró Witty nostálgico.
Ya no era el mismo lugar, las marcas de la infección estaban por todas partes. Camionetas de la policía, puestas a modo de barricada, seguían cortando el paso en la calle, y el suelo estaba cubierto de sangre y cadáveres; algunos vestidos de oficiales, otros no.
— Acá vamos a poder equiparnos mejor –señaló Ereth.
— Che, wampa, ¿los que zafaron no estarán cerca todavía?
Witty calló: se escuchaban disparos, pero desde donde habían venido.
— Espero que estén bien, ahora no podemos hacer mucho… —murmuró Ereth.
Siguieron acercándose a la barricada, ahora acostumbrándose a la gran cantidad de disparos que se escuchaban allá arriba. Aunque ninguno de los dos lo dijo, ambos pensaban lo mismo: Estamos arriesgando el culo, para volver luego a un lugar donde quizás ya no haya nadie.
Si creían que habían visto unos cuantos cuerpos, era porque no habían mirado bien: eran cientos. Luego de un gesto de Ereth que decía a las claras: “no hagas NI UN PUTO RUIDO más que lo necesario” (es increíble todo lo que uno puede expresar con un poco de imaginación), empezaron a revisar las camionetas. No estaban las llaves, pero encontraron cajas de munición de escopeta y 3 handies.
Juntaron de entre los cadáveres 4 escopetas, 3 pistolas calibre 22, 2 tonchas y un par de chalecos antibalas. Resultaba muy lúgubre saber que en medio de ese caos, tal vez las mordidas no fueran lo único que podría matarte.
Si alguna vez les dijeron que tener un cadáver al lado es feo, es porque nunca trataron de desvestirlo. Y para sacarles los chalecos, tuvieron que sentarlos entre los dos, previo machetazo preventivo en el cuello, no querían sorpresas desagradables.
Cargaron las cosas en las mochilas: 5 cajas de munición de escopeta y 3 de balas calibre 22… era un comienzo, pero no les iba a alcanzar.
El olor a sangre era grotesco, lo mejor sería salir de allí pronto. También deberían lavarse: habían estado merodeando entre infectados, lo único que les faltaba era que, por un reflejo estúpido, se fregaran los ojos con las manos. Por suerte adentro de la YPF no había nadie. Witty pasó al baño primero, mientras Ereth cargaba un par de aguas minerales en su mochila y algunos suministros más. No podía cargar demasiado, tampoco, y no descartaba tener que correr en el camino de vuelta.
Cuando estaba por agarrar algo para comer escuchó el ruido. Un auto venía haciendo bardo por la 20 de Febrero, y cada tanto se escuchaba un tiro de escopeta. Se escondió tras el mostrador y vio pasar la Kangoo. Al llegar a la barricada que bloqueaba Moreno en dirección al centro, dobló por la San Martín hacia el Monolito. No se sorprendió de que varios de los “cadáveres” se levantaran en medio del alboroto y se unieran al malón que iba persiguiendo a la camioneta.
— ¿Maxi…? –fue todo lo que pudo articular ante la sorpresa.
El ruido hizo que Witty saliera del baño.
— ¿¡Qué pasó!?
— Maxi acaba de pasar con la Kangoo, perseguido por un batallón de zombies.
— ¿Ah?
— Sí, lo mismo digo. Mejor apuremos la vuelta; busquemos más armas y una buena camioneta.
Abrieron una botella de agua mineral. Las corridas, los zombies y toda la situación los había hecho olvidar que todavía podían sentir hambre, y sed. Enseguida abrieron una segunda botella. Ereth fue al baño y se lavó brazos, manos y la cara.
Acababan de salir de la estación de servicio cuando la luz se cortó.
Ahora todo Bariloche estaba negro y muerto.
29
Witty
20.09.09
02:53 hs
Una vez fuera de la YPF y sin luz, mis esperanzas de sobrevivir fueron desapareciendo poco a poco. Ya casi no había gente a quién acudir, la desesperación se apoderó de mí, y era un momento muy poco adecuado.
Comencé a temblar. Ereth se dio cuenta y, tomándome del hombro, me sorprendió con una mirada comprensiva que decía a las claras: “acá estoy, podemos seguir adelante”. No me llenó de valor, pero al menos sació mi necesidad de contención. Ahora teníamos algo importante qué hacer: encontrar transporte. En ese momento recordé que estábamos a una cuadra y media del Banco Provincia y el Columbia, que me llevó a pensar en el tipo de transporte más seguro… ¡un camión blindado! Inmediatamente hice esa idea a un lado: esos camiones no se dejan estacionados en la esquina. Sólo nos quedaba confiar en las camionetas de la policía… el destacamento del Centro Cívico tiene el estacionamiento adentro. Quizá si pudiéramos entrar y sacar alguna en buen estado… Cuando le comenté mi idea a Ereth, respondió sin siquiera pensarlo: — Vamos.
Caminamos rápido por el Centro Cívico, tratando de tener siempre algo que nos cubra, aunque no precisábamos tener tanto cuidado, ya que Maxi se había llevado tras él a casi todos los zombies del área. Recorrimos sin ruido el pasillo de las esculturas, silenciosas; ya eran feas de día, en la oscuridad que las rodeaba eran tétricas.
Obviamente la comisaría estaba cerrada, pero el estacionamiento permanecía abierto. Apenas llegamos, Ereth me indicó con señas que fuéramos con cuidado. Seguro habría algún zombie o sobreviviente y ninguno era de fiar. Un disparo pegó en una de las paredes y quedamos arrinconados a un costado. Evidente que quedaba alguien vivo.
Entonces nos apuramos hacia la puerta del lado del Centro Cívico. La habían tirado abajo y el piso era un reguero de sangre. Los cuerpos baleados nos señalaron que ya varios habían intentado entrar, tanto zombies como sobrevivientes.
— Tenemos que buscar otra forma, así nos van a cagar a tiros antes que podamos entrar —dijo Ereth.
Asentí y salimos agachados. Estábamos volviendo para la puerta del estacionamiento cuando la vimos: una ventana cerrada que no estaba ni clavada ni tapiada. Sólo estaba trabada, pero un culatazo de escopeta alcanzó para abrirla. Enfrenté a Ereth muy serio.
— Agarrá la escopeta y cubrime, una vez adentro te cubro yo.
Adentro no había más que un escritorio, una pc, otro handy sobre la mesa. Recordé que no podíamos hacer el menor ruido, así que abrí mi mochila y guardé todo con sigilo. Ereth no tardó en estar de nuevo conmigo y nos dirigimos juntos hacia un pasillo. Al fondo se veía una luz.
Escuchamos con toda claridad el sonido seco del arma cargándose y el miedo me hizo disparar automáticamente. El sonido me aturdió. Nunca había disparado un arma, y la patada que me devolvió fue un buen golpe para mi adrenalina. Sin pararme a pensar, salí corriendo hacia la luz.
— ¡Pará, boludo! —me gritó Ereth.
No le respondí y seguí corriendo. Desemboqué en otra habitación donde encontré tres escritorios volcados y un hombre apuntándome con una pistola. Me detuve al instante, asustado.
— ¿Te herí o algo? —le pregunté.
El hombre meneó la cabeza con una sonrisa pálida.
— No… —murmuró, y cayó sin sentido.
Me acerqué y vi que tenía varias mordidas en el brazo izquierdo. Ereth llegó entonces. Lo observó en silencio y, sin una palabra, le cortó el cuello.
— ¿No te da culpa? —pregunté en voz baja.
Su cara era una máscara carente de toda expresión.
— No —respondió con calma—. Dejarlo así es peor, porque en poco tiempo se convertiría y sería una amenaza más para nosotros.
Vimos que esa oficina tenía una ventana que daba al estacionamiento, y al avanzar detrás de los escritorios descubrimos unas seis cajas más de municiones para pistola. En la pared del fondo había un tablero con llaves de vehículos, varias marcadas con chapas y números.
Ereth se apresuró a agarrar todas las llaves posibles en su mano izquierda, y empuñando el machete con firmeza en la diestra, saltó primero por la ventana para ir en busca del transporte que precisábamos.
Cuarta Parte
30
Aldalië
20.09.09
02:28 hs
Los disparos se sucedían conforme se acercaban a la plaza Belgrano, ahora mezclados con una cacofonía infernal de gritos. Mónica detuvo a su hijo antes de asomarse a la esquina, en ese mismo momento oyó el sonido inconfundible de un motor que se ponía en marcha. Espiaron la plaza a tiempo para ver una verdadera muchedumbre que se bajaba desde Pioneros. Y a través de esa masa de carne enferma, se abrió paso la Kangoo.
— ¡Maxi! –murmuró Mónica, viéndolo de lejos tras el volante.
El chico aceleró, arrastrando tras él a todos los que asediaban la casa de Pato. Mónica y Manuel lo vieron perderse en la noche, perseguido de cerca. Rodeó la Plaza y se alejó por Tiscornia. Mónica tironeó de la manga de su hijo.
— Vamos. Creo que ahora podemos cruzar hasta lo de Pato.
Pero apenas habían dado un paso para cruzar Pioneros, cuando vieron aparecer la kombi de Facundo por Saavedra desde abajo. Mónica urgió a Manuel a retroceder: al menos dos docenas de infectados la seguía. Desde su escondite, vieron que la Bimboneta frenaba con un chirrido frente al portón de Pato. Niki se bajó con la escopeta ya contra la cara y abrió fuego de inmediato, Facundo rodeó el vehículo y entró corriendo como un loco al jardín. Karen salió al instante y se sumó a su hermano, disparando también contra los perseguidores. Fue todo tan rápido que Mónica no tuvo oportunidad de reaccionar. Vio boquiabierta cómo Facundo hacía subir a sus nenas y la familia de Niki a la parte de atrás de la camioneta, él, Karen y Niki subieron también, y volvieron a arrancar. Varios infectados saltaron sobre la Bimboneta para intentar detenerla, Facundo volanteó hasta sacárselos de encima sin dejar de acelerar. Un instante después el sonido de su motor se perdía por Pioneros hacia arriba, con su cortejo infernal corriéndole atrás.
Mónica quiso dejarse ver cuando estaban por pasar cerca de ella, pero Manuel la detuvo sujetándole ambos brazos y la obligó a permanecer oculta. Se volvió hacia su hijo atónita.
— ¡Soltame, carajo!
— Dejalos ir, mamá. Si salimos ahora nos morfan.
— ¿¡Es qué no entendés!? ¡El que se fue primero era Maxi con la comida, y ahora se fueron Facu y Niki con la otra camioneta! No tenemos comida, ni armas, ni vehículo, ¡ni mierda! Estamos los dos solos, en plena calle, y si no hacemos algo rápido, ¡en diez minutos vamos a ser la cena de esos enfermos!
Manuel no replicó, soportando su estallido. Ella se sacudió las manos de su hijo y se dejó caer sentada en el portal donde se habían escondido. Tenía que pensar. Tenía que hacer algo. Y rápido. Eugenio… Él y Witty habían bajado a buscar armas y otro vehículo. Debían estar por volver. Tienen que volver, se obligó a pensar con una confianza que empezaba a flaquear. Los vamos a esperar, aunque sea un par de horas…
Manuel se asomó con cuidado y miró en todas direcciones.
— No quedó ninguno en la plaza, parece… —comentó.
Sus palabras parecieron hacerla reaccionar. Inspiró hondo, anotó mentalmente que tenía que fumar apenas tuviera oportunidad, se puso de pie. Manuel la miró sorprendido cuando la vio señalar la casa de Pato, oscura y vacía, el portón abierto, pero ella no le dio ocasión de protestar. Le agarró con fuerza la mano y lo arrastró tras ella a la calle. Corrieron juntos hasta los primeros árboles de la plaza, se cercioraron en la escasa penumbra reinante de que nadie parecía esperarlos ahí adelante.
En ese momento, un cambio repentino en la oscuridad los sobresaltó: el centro, la única parte de la ciudad que todavía tenía luz, quedó de pronto a oscuras.
— Pero qué… —gruñó Mónica. Las distintas partes de Bariloche tenían diferentes fuentes de energía eléctrica, y el centro de la ciudad, con sus hospitales y hoteles, era siempre la isla que se salvaba de todos los cortes. ¿Era posible qué todas las centrales hubieran sido atacadas por los infectados? ¿Para qué? No se los veía demasiado propensos a planear estrategias, sino más bien a lanzarse sobre cualquier cosa que pareciera comida para ellos.
Prefirió dejar las conjeturas para más adelante (cuando prenda el próximo pucho) y volvieron a correr. Un momento después cruzaban el portón abierto y se detenían jadeantes. Manuel se apuró a cerrar mientras Mónica se adelantaba hacia la casa. Se detuvo al ver los cadáveres en el garage, la voz de Manuel la sobresaltó.
— Hay que cortarles la cabeza.
— ¿QUÉ?
— Son zombies, ma, hay que cortarles la cabeza para que no se levanten de nuevo.
Mónica volvió a respirar hondo, esta vez para aguantar la arcada de asco que le provocaba la mera idea. Sacó con lentitud el machete, lo apretó como si pudiera darle fuerza.
— Entrá y esperame ahí —ordenó con voz seca, de espaldas a su hijo.
Años de convivencia hicieron que Manuel supiera que el mensaje completo era “si llegas a salir sin que te llame, te mato”, y que no era buen momento de discutir, así que obedeció sin chistar.
— ¿Habrá algo de comer?
— Fijate en la cocina. Primera puerta a la derecha.
Esperó a escuchar que se cerraba la puerta, los ojos fijos en las figuras oscuras derrumbadas ante ella, y empuñó el machete con las dos manos. Agradeció que estuviera tan oscuro que no alcanzaba a distinguir sus caras.
03:35 hs
La luz de los faros pareció horadar la noche, recortando la plaza vacía y los árboles como columnas negras. La camioneta subió por la calle Saavedra y se detuvo frente al portón de lo de Pato. Ereth y Witty bajaron empuñando sendas escopetas y se adelantaron juntos, las armas listas, preparados para encontrar el peor escenario en el jardín.
Todo estaba quieto y silencioso. Intercambiaron una mirada de aprensión, Witty se adelantó para entrar pero una mano de Ereth se cerró en su brazo, deteniéndolo. Giró hacia él sorprendido y distinguió su expresión reconcentrada tras la escopeta, los ojos fijos en las sombras del garage. Entonces escuchó el rumor quedo, repetido, proveniente del jardín. Lo dejó adelantarse girando para comprobar que nadie los amenazaba por la espalda, oyó el chirrido del cerrojo, retrocedió sin bajar el arma.
Ereth barrió el garage con una sola mirada y se dejó guiar por el murmullo hacia la derecha. Sintió y olió el líquido en que casi resbalaron sus suelas: sangre. Entonces descubrió la sombra agazapada entre los rosales, un bulto que se agitaba con jadeos y gemidos entrecortados. Palpó que el seguro no estuviera puesto, apretó el cañón pegado a su cara. Tuvo una imagen fugaz de la nena que dejaran encerrada en el Sanatorio del Sol. La imaginó llorando, bañada en sangre, con el brazo de alguno de sus amigos entre los dientes.
— ¿Euge…?
La voz vacilante detuvo el dedo que ya estaba apretando el gatillo.
— ¿Moni?
— S-sí… No te acerques…
Witty se le unió entonces. Vio que no había bajado la escopeta y apuntó también, listo para secundarlo en lo que fuera. Ereth trató de suavizar su tono, todavía en guardia.
— ¿Qué pasó?
— No sé… Manu está adentro, Euge… Llevátelo, por favor… —un gemido ahogó su voz, la vieron doblarse sobre sí misma.
La imagen de la nena devorando a sus amigos fue reemplazada en la mente de Ereth por la de Mónica atacándolos, y apretó los dientes obligándose a controlarse. Ella se irguió apenas.
— Los demás ya se fueron, Euge… —siguió, y su voz era baja y jadeante—. Niki y Facu… Maxi… Había varios muertos… Manu me dijo… les corté la cabeza… y yo… —ahora su llanto era perfectamente audible.
Ereth sintió el impulso de adelantarse hacia ella, esta vez Witty lo detuvo a él.
— Hiciste bien, tranquila —dijo.
— No, no… me costó mucho… me salpiqué toda y…
Ereth y Witty retrocedieron un paso instintivamente al verla volver a doblarse sobre sí misma con un grito ahogado, gutural, demasiado animal, apretándose el estómago. Antes que lograran decidir si dispararle o no, ella cayó a un costado sin sentido.
31
Roderik Seregruin
20.09.09
03:12 hs
Roderik miró su reloj, que marcaba las 3:18 am. Una simple y automática resta le reveló la hora verdadera, dado que solía adelantar sus relojes 5 ó 6 minutos. Esto, si bien ya no cumplía función alguna, se había convertido en hábito años atrás y manchaba su cordura con un tenue matiz obsesivo-compulsivo. Ésta y otras particularidades siempre habían parecido conductas inofensivas; pero mezcladas con la paranoia y lo insólito de la situación en la que se encontraba, parecían entrar en resonancia y cobrar más peso. ¿Estarían apareciendo los primeros síntomas de la demencia?
La casa de Pato había dejado de ser una posibilidad. Había intentado acercarse, pero ya desde la plaza podía ver signos de que el refugio había sido abandonado o penetrado. Y la idea de una inspección más cercana murió al ver una figura en la penumbra que se encorvaba sobre los cuerpos detrás del portón. Su imaginación quiso mostrarle el macabro ritual de canibalismo que podía estar desarrollándose metros más adelante, pero prefería acallar esas imágenes mientras aún tuviera un control parcial de su cerebro. En cambio, dio la vuelta y se alejó hacia la calle Tiscornia.
No tenía un plan. Debía pensar en uno y rápido. Caminar siempre le había ayudado en sus reflexiones (aunque más aún en sus delirios) y, si bien era mortalmente peligroso, era lo único que se le ocurría ahora.
Pensó en sus amigos. Aun estarían vivos? O serían ya cuerpos furiosos y voraces? Le atemorizó un poco la idea de Maxi o Guille en ese estado. Eran bastante corpulentos y resultarían imparables… se interrumpió. Estaba imaginando a sus amigos como zombies? Decidió que las circunstancias hundían su mente más rápido de lo que hubiera esperado. Mejor era concentrarse en su siguiente accionar. “Encontrar alimento, refugio y armamento” pensó. “En ese orden?” se preguntó después. Cuando había partido todo parecía más claro. Más espantoso, pero más claro, sin duda. Ahora los pensamientos se mezclaban y circulaban por caminos dispersos. Necesitaba enfocarse urgentemente. Deseó más que nunca no estar solo. Aunque tampoco debía pensar en ello, o el miedo se apoderaría de él. Parecía que la única alternativa era dejarse abrazar por la locura.
Su andar lo llevó a una esquina tapizada por la masacre y se detuvo progresivamente. Escuchó y sintió sus alrededores, como si fueran parte de él, al tiempo que contemplaba los cadáveres dispersos por una calle que atravesaba Tiscornia (ya no sabía cuál). Parecían haber sido atropellados a una velocidad considerable. Lo más importante ahora era que ninguno se movía.
Resolvió cambiar de arma y colocó el machete en su cinturón. En su lugar tomó la escopeta policial, asegurándose de que estuviera a punto para disparar. Cuando estuvo listo, continuó su camino. La siguiente calle que cruzó era Villegas, lo que le recordó una cierta armería cercana. Se dirigió hacia allí, esperando que no hubiera sido saqueada ya. En efecto, alguien se había servido de la mercadería horas antes, pero no habían alcanzado a llevarse todo. Aún restaban algunas municiones (incompatibles con su armamento) y varios artículos de pesca. No obstante, en el apuro por llevarse las armas de fuego habían dejado varias de las imitaciones de espadas japonesas desperdigadas por el lugar. Tomó una, prefiriéndola a su machete (demasiado liviano y de menor alcance) y salió del negocio, decepcionado.
Grande fue su sobresalto al ver aparecer una Kangoo despojada de su parabrisas, que disminuía su velocidad hasta detenerse en plena calle Moreno. Y aún más grande fue su sorpresa al descubrir que quien se bajaba de la misma maldiciendo su suerte era nada menos que su amigo, Maximiliano. Pero sobre todo fue enorme la alegría que sintió al saber que ya no estaba solo. Desafortunadamente, no eran los únicos allí. Varios infectados venían persiguiendo al vehículo una cuadra más atrás, y se acercaban desenfrenadamente. Roderik observó atontado como el otro tomaba su escopeta y se preparaba para el encuentro con siete rabiosos zombies y se acercó caminando. Maxi todavía no lo había visto, concentrado en su puntería. Pero momentos después oyó el disparo de un arma que no era la suya y contempló cómo caía un enemigo.
No había tiempo para saludos, la batalla recién comenzaba. Pero en una breve mirada compartieron el sentimiento de los guerreros que se enfrentan a la muerte hombro con hombro. Y de un momento a otro, la locura se convirtió en euforia y los disparos resonaron como truenos en las calles de Bariloche.
32
Aramoth
20.09.09
03:33 hs
Sus manos apretaban fuertemente la escopeta. Un fuego le ardía en el pecho, sentía seguridad y confianza, era capaz de enfrentarse a un ejército de zombies en ese momento. Sabía que podía caer, morir, sufrir, desplomarse en el piso, cansado y derrotado, ser devorado poco a poco por la pestilente ola de enemigos. Pero también sabía que al menos no lo haría solo… Al lado, su compañero empuñaba una Marine 670, esperando cauteloso a que las bestias estén lo suficientemente cerca para asestar un golpe certero. Roderik, maldita buena mierda, pensó Maxi, evocando a las palabras del sabio Mat. Ambos guerreros cruzaron una mirada, y solo eso bastó para entender, que estaban dispuestos a luchar hasta el final. Un zombie se trepó al techo de la Kangoo , dobló las rodillas y pegó un salto descomunal en dirección en donde se encontraba Roderik. Como si hubieran puesto una barrera invisible en el aire, la trayectoria del engendro se cortó estrepitosamente en pleno salto, atravesado de cabo a rabo por un grupo de perdigones que se cruzó en su camino.
— ¡Uno a mi favor! —dijo Maxi— Y voy por el segundo.
Roderik no le respondió, tan solo esbozó una sonrisa. Ese tipo de comentarios en momentos de tensión eran un descanso para su alma . Pensaba que jamás volvería a escucharlos… Dos zombies pasaron por ambos lados de la camioneta, mientras otro imitaba la acción de su ya extinto colega, y se subía al techo del vehículo. Otros tres venían detrás, sumándose al grupo de bestias hambrientas. Los jóvenes dieron unos pasos atrás, y descargaron una lluvia de perdigones en dirección de sus enemigos. Los dos que avanzaban a los costados de la camioneta cayeron de bruces alcanzados por los escopetazos, sin embargo otros dos llegaron para reemplazarlos al instante. El que había subido al techo de la Kangoo, ahora bajaba por el capot del vehículo y se dirigía a gran velocidad en dirección a Maxi. Éste presionó el gatillo de su Maverick, pero nada salió de la boca de la escopeta.
— ¡Puta madre me quedé sin balas!!! —gritó, ahora desesperado y ya no tan confiado.
Roderik reaccionó al instante. Acomodó su arma sobre la mano izquierda, no quería dispararle al zombie estando tan cerca de Maxi, a riesgo que lo salpicara de sangre, y con la derecha desenfundó la katana. Avanzó de un salto hacia el engendro y lo decapitó a pocos pasos de donde estaba su compañero. Le pasó la Marine, y se dio vuelta rápidamente, justo a tiempo para cercenar el cuello de un infectado que estaba a centímetros de él. Maxi cubrió las espaldas de su compañero, despachando de un escopetazo a otro zombie con intenciones de abalanzarse sobre su amigo. El último de aquel tropel de enemigos intentó alcanzar de un salto a los jóvenes, pero solo se encontró con la punta de una espada ensartada en su frente.
— ¡Rajemos de acá ya!! —dijo Maxi— En cualquier momento se nos vienen encima el resto de los que me seguían.
En efecto, en la esquina de Moreno y Rolando un grupo grande de zombies apareció, iracundos y hambrientos, atraídos por los disparos y negándose a toda costa a perder a su presa.
— ¡Vení! — le gritó Roderik a su amigo.
Se dirigió a un Peugeot 206 varado en la vereda del Scum, que estaba con la puerta abierta, con un cadáver carcomido e inmóvil en el asiento del conductor. Apartó al muerto, se subió y encendió el auto.
— ¡Dale subí boludo!—le gritó.
— Esperá—le respondió Maxi.
Corrió hacia la Kangoo, abrió la puerta trasera y sacó un par de bolsas llenas de los víveres que habían ido a buscar a Grupo 2000. Luego se dirigió rápidamente hacia el Peugeot, seguido a pocos metros por la horda. Entró de un salto en el auto, y antes de que pudiera cerrar la puerta Roderik pisó el acelerador a fondo y arrancó.
— Agarrá por Quaglia, el resto de la Moreno está plagada de autos —dijo Maxi.
El auto llegó a la esquina de Moreno y Quaglia, y salvándose por un pelo de estamparse con la entrada del Banco Galicia, subió en contramano por la acera de Quaglia, pasando por encima de cadáveres y llevándose por delante una fila de changuitos de supermercado.
— ¡Cómanla forrroooos!!! —gritó Maxi, sacando la mitad de su cuerpo por la ventana del auto y agitando su brazo izquierdo en el aire, con el dedo medio de su mano levantado, mientras veía a la multitud de zombies tratando de alcanzar en vano el vehículo, cada vez más lejos.
Roderik no podía hacer otra cosa que reírse, mientras dirigía el vehículo por la calle a toda velocidad, dichoso de poder luchar hombro con hombro al lado de otro guerrero, aquel encuentro no había sido una casualidad, él no creía en las casualidades. Por primera vez desde que salió de su casa, pensó que no todo estaba perdido…
33
Ereth
20.09.09
03:41 hs
Mónica había caído inconsciente. La llevaron adentro, donde Manuel recibió la sorpresa horrenda de ver a su madre cubierta de sangre.
— ¿Qué le pasó? ¿Va a estar bien? —preguntaba… lo mismo que se preguntaba Ereth.
La Paticueva estaba silenciosa. La que horas antes había sido su fortaleza, llena de amigos y esperanza, era ahora un lugar lúgubre y quieto. Mónica yacía sobre el sillón del living, Ereth salió a entrar la camioneta al garage, por si no lograban defender el lugar. A la tenue luz de las velas revisaron la heridas de Mónica; no parecían infectadas, pero tampoco estaban cicatrizando, y ninguno de ellos estaba seguro de cuán bueno o cuán malo era eso: sólo adivinaban que no era normal. Se fueron a la cocina para dejarla descansar, fue Witty quien rompió el silencio.
— Che, wampa, ¿qué carajo vamos a hacer ahora?
— No sé… Moni no está bien, y me encantaría ver de nuevo al boludo de Maxi, a Facu y al resto… ¿en qué estaban pensando cuando rajaron así?
— ¿Vamos a tener que matar a mamá? —preguntó Manuel vacilante, todavía observando a Mónica desde la puerta.
— No. Todavía no nos dio razones suficientes para hacerlo —replicó Ereth. Sabía que tenían que hacerlo, pero se negaba a aceptarlo.
Soy un hipócrita del orto, pensaba en ese momento. Me creo el duro, el héroe, pero a la primera prueba de seguir adelante, de no esperar a nadie, o de matar a sangre fría a los heridos dudosos, pongo excusas pedorras por miedo a equivocarme.
Witty adivinó lo que le pasaba y señaló hacia afuera.
— Vamos afuera a vigilar, no vaya a ser que se meta alguno —dijo. No valía la pena que Ereth siguiera maquinando sobre un tema que no podían resolver.
Ya en el jardín, se sentaron en el capot de la camioneta, escopetas en mano. La noche estaba despejada, y luego de un rato ya habían acostumbrado la vista a la oscuridad.
— ¿Te acordás del cierre de la Rockería? —dijo Ereth, melancólico.
El silencio era lo más prudente en esos momentos, pero si no hablaban, si no se relajaban un poco, iban a terminar perdiendo la cordura. Siguieron charlando en voz baja, siempre mirando hacia el portón y la plaza. Fuese lo que fuese que se viniera, lo detendrían.
34
Witty
20.09.09
03:51 hs
Sentados en el capot de la Ford Ranger de la policía, comenté:
— La verdad que fue una mierda, todavía no termino de pagar la cantidad abismal de deudas que tengo. Fuera de eso, es como que sigo con ganas de volver a abrirla, quizás con otras cosas.
Advertí que Ereth parecía no escucharme, la vista perdida al otro lado de la plaza.
— Pse… —asintió, distraído—. Boludo, me olvidé de algo re-importante…
— ¿Qué??
— Vení, acompañame. Con Maxi dejamos una nena en la Clínica del sol, acá enfrente.
— ¿Y qué hacemos con Moni y su hijo?
— Los encerramos; si nada puede salir, nada puede entrar. Vamos, no nos va a llevar más de 5 minutos, pero no quiero dejar sola a la pendejita —su boca se torció en una sonrisa malévola—. Siempre viene bien invertir a futuro, ¿no?
Sonreí también, el corazón aliviado ante la perspectiva de que hubiera alguien más vivo. Nos encaminamos juntos hacia la casa.
— ¿Cómo se llama el pibe? —pregunté.
— Manu.
Cuando entramos, me acerqué a él, me enfrentó con cara de preocupado.
— ¿Cómo está tu vieja?
— Durmiendo, no veo cambios —contestó, la vista baja—. Parece infectada… deberíamos matarla… —su voz se perdió en un murmullo, con miedo de terminar de repetir las palabras que había escuchado en mil películas.
— Escuchame, Manu, nosotros nos vamos a cruzar un toque al hospital de acá enfrente.
— ¿¡Nos van a dejar solos!?
— No. Estamos enfrente, podemos volver ante el primer problema. Te voy a dejar un handy para que lo uses si hay alguna emergencia. Mirá, apretás acá y hablas, ¿dale?
Manuel asintió mirando el handy en su mano.
— Cerrá la puerta —agregué—. Trabala, y cuando estemos de vuelta te avisto por el handy.
— Ok…
Me volví hacia Ereth, que esperaba en silencio a pocos pasos.
— ¿Le damos un arma? —le pregunté en voz baja.
— No, boludo, es un pibe, ¿qué te creés que va a hacer con un arma? —respondió enojado.
Enfrenté su mirada ceñuda alzando las cejas.
— ¿Disparar…?
Ereth meneó la cabeza decidido.
— Tiene 11 años, no va a disparar ningún arma. Vamos a dejar todo lo bastante cerrado para que no haga falta ningún disparo, ¿entendiste?
— Ok, bajá un cambio, que estamos todos medio histéricos con todo esto. No hace falta agarrarnos a las puteadas.
Ereth respiró hondo y asintió tratando de sonreír: sabía que yo tenía razón. Salimos asegurándonos de cerrar bien la puerta, enseguida escuchamos que Manu la trababa con algo. Intenté abrirla y no pude.
— Manu, ¿estás ahí? —pregunté a través del handy.
— Sí, ¿qué pasó?
— Nada, es sólo una prueba. Nos vemos en un rato.
Chequeamos por última vez las armas, que estuvieran cargadas y listas para ser usadas, y salimos con la oscuridad de la noche a cuestas.
Cruzamos la plaza por el medio sin ver ningún movimiento sospechoso en los alrededores, y llegamos al otro lado enseguida. Avanzábamos con cautela pero bastante rápido para la situación: Ereth sabía exactamente adónde tenía que ir, yo simplemente le cubría la espalda.
Subimos una escalera. El silencio de un hospital es realmente aterrador, sobre todo sabiendo que en ese lugar suele haber tanta cantidad de enfermos; pero esta noche no había nada ni nadie. El miedo a ese silencio me pudo y comencé a tararear una canción, pero Ereth me hizo callar enseguida. Pasamos por una puerta abierta de par en par con un cartel que decía “Farmacia”, y vi los medicamentos. No hice preguntas y seguimos caminando hacia otra puerta que estaba cerrada y trabada por fuera.
— Cubrime que vamos a abrir —me dijo Ereth.
Sin decir nada me puse en una posición tipo Counter Strike, con el rifle a la altura de mi cabeza, y me di cuenta lo incómoda de esa postura. Ereth abrió la puerta. No vimos ningún movimiento adentro en un primer momento, pero sólo un segundo después la nena salió corriendo. Disparé por puro reflejo… Por eso nunca me gustaron los fuegos de FPS: nunca pude disparar bien ni con una gomera. Esta ve rompí un vidrio y la nena se tiró al piso.
Ereth se apresuró hacia ella, comprobó que estaba sana y la levantó en sus brazos.
— Bravo, casi matás a la única sobreviviente sana que encontramos —me dijo con acento agrio.
— ¡La concha de tu hermana! ¡Vino corriendo!
La nena se animó a abrir los ojos y rodeó el cuello de Ereth con sus bracitos, apretándose contra su pecho sin decir una sola palabra. La ternura inesperada del momento me hizo sentir una mierda por haber estado a punto de matar a la nena, aunque mi remordimiento se desvaneció cuando la nena me miró y me regaló una sonrisa. Entonces se desmayó.
Ereth trató de hacerla reaccionar sin éxito. No podíamos ni pensar en cruzar la plaza con uno de los dos cargándola, e incapacitado para pelear si nos atacaban.
— Acá hay una farmacia —dije—, tiene que haber alguna de esas boludeces que huelen tan fuerte que despiertan a un muerto.
— Vamos a perder la noche buscando.
— Ok, le tiramos agua.
— ¡No! El agua puede haber sido lo que infectó a todos.
— Eh… dale un cachetazo… —en ese momento se me ocurrió una idea—. Ya vengo.
En una institución cheta como ésa la gente no toma agua de la canilla, así que me puse a buscar un dispenser. Encontré uno en la farmacia, llené un conito de papel agradeciendo que no tenía que ir lejos. Salpiqué la cara de la nena, que reaccionó instantáneamente.
— ¡Pelotudo! ¡Te dije que no uses agua! —exclamó Ereth, con la nena todavía en brazos.
— Fumá, wampa, es de dispenser.
Ereth se concentró en la nena, que estaba comprensiblemente desorientada. Se aseguró que estuviera bien, se agachó para dejarla con suavidad en el suelo, sin soltarla hasta que la vio firme sobre sus pies.
— ¿Estás bien?
La nena asintió en silencio, volviendo a sonreír. La llevó de la mano hasta el dispenser en la farmacia para limpiarle la carita y las manos sucias de sangre. Ahora se la veía bien, y hasta contenta. Ereth y yo aprovechamos para tomar agua, que compartimos con ella también. Cuando nos íbamos, vi una cinta de tela en una estantería y la manoteé a la pasada. Podía sernos útil en algún momento. Saqué el handy mientras bajábamos por la escalera a oscuras.
— Manu, ¿estás ahí?
— Sí, ¿qué pasa? —contestó enseguida.
— Nada, ya casi estamos. Te voy a golpear la puerta 3 veces para que nos abras.
— Bueno, tengan cuidado.
Salimos con cautela, atentos a lo que se pudiera ver en la oscuridad, y más a lo que no se pudiera ver. Señalé la ambulancia abandonada en la entrada del sanatorio.
— ¿Por qué no la llevamos?
— Nos vendría bien —asintió Ereth—. Nos hacen falta medicamentos, y quizás tenga más cosas útiles.
Se sentó tras el volante con la nena a su izquierda. En la parte de atrás había un cuerpo sobre la camilla, por suerte no se movía.
— Si se mueve lo freís —me dijo Ereth mientras yo le ajustaba el cinturón de seguridad a la nena.
Apenas arrancó la ambulancia, el muerto se sacudió y se levantó, manoteando a ciegas a su alrededor. A pesar de lo que me había pasado con la nena, reaccioné disparándole enseguida, y esta vez con más suerte: le acerté a la cabeza, manchando de sangre toda una pared interior. Con el susto de tener un zombie detrás y el estampido del disparo, Ereth sólo atinó a acelerar calle abajo hasta Tiscornia, donde se vio obligado a doblar. 20 metros más allá venía un zombie corriendo hacia el vehículo. Ereth lo atropelló antes de frenar y el zombie salió disparado hacia atrás, cayó sobre un auto estacionado y activó la alarma, que nos aturdió por un momento. Cuando comprendimos lo que pasaba, Ereth y yo nos miramos y suspiramos. Nuestra expresión no precisaba traducción, a pesar de ser un discurso.
Entonces otro ruido fue creciendo lentamente hasta ser más fuerte que la alarma, y vimos que allá arriba venían por la calle 3 zombies corriendo, y detrás de ellos otros 8 o 10, y detrás toda una turba enardecida, deseosa de carne y sangre. El miedo se apoderó de nosotros.
Ereth consiguió dominarse lo suficiente para volver a arrancar, dar la vuelta y encarar para abajo. Me pasé a la parte de atrás, esquivando como podía el cadáver, y rompí un vidrio de atrás con la culata de la escopeta. Mi primer disparo dio en el blanco.
— Uno menos —dije, satisfecho.
— Qué bueno, lástima que son como 50 —rezongó Ereth.
Un poco más adelante vi el tanque de aire líquido del Hospital Privado y me dio una idea. Más nos valía que funcionara. Le disparé de lleno y logré abrir un agujero por el que salía gas, el segundo disparo produjo la simple chispa que necesitábamos: el tanque reventó junto con esa horda de seres horripilantes.
El calor era tanto que me quemó las pestañas, el fuego iluminaba el cielo sobre nosotros.
— ¡Mueran de una puta vez, la puta madre! —grité.
Mi comentario se sumó a la adrenalina, provocándonos un ataque de risa incontenible que hasta contagió a la nena. Fue extrañamente divertido.
Considerando que ya no había por qué respetar las reglas, Ereth cruzó con la ambulancia por el medio de la plaza y estacionó frente a lo de Pato. Nos encaminamos los 3 hacia la casa. Manu abrió apenas di el tercer golpe en la puerta.
— ¿Qué fue esa explosión? —preguntó apenas nos vio.
Una sola mirada a nuestras sonrisas, y al fuego que reflejaba el cielo atrás de nosotros, le bastaron para caer en la cuenta de la salvajada que nos habíamos mandado. Nos dejó pasar observando con desconfianza a la nena. Cerró la puerta de inmediato y volvió a trabarla con una silla.
Ya más tranquilos, en el comedor, Ereth se agachó frente a la nena.
— ¿Cómo te llamás? —le preguntó con suavidad.
La única respuesta de la nena fue echarle los bracitos al cuello de nuevo, sin responder. Él la abrazó, acariciándole la cabeza.
— ¿No querés decirnos tu nombre? Así sabemos cómo llamarte… —insistió en su oído.
Entonces la nena lo soltó y se volvió hacia mí y hacia Manu; sin apartarse de Ereth, nos agarró una mano a cada uno y tiró de nosotros para que nos acerquemos y la abracemos también. Fue muy extraño.
Opté por no cuestionar nada y simplemente disfrutar de ese abrazo, que de alguna manera me brindó una contención que necesitaba.
Mientras la nena volvía a abrazar a Ereth, me fui en silencio a la cocina a preparar un poco de mate. Necesitaba sentirme en algo parecido a un hogar.
Podíamos relajarnos un rato.
35
Devilblade
20.09.09
04:30 hs
Seguí a Witty a la cocina y le pedí algo de comer.
— ¿Y vos, Manu, cómo llegaste? —me preguntó alcanzándome unas galletitas.
— Cuando estemos en la mesa lo cuento —contesté.
— Fue horrible —comencé cuando estábamos todos de nuevo en el comedor—. Papá y yo estábamos encerrados en el depto, había varios zombies que venían subiendo y yo iba y venía empujando todo tipo de objetos para bloquear la puerta. Pensé que tardarían pocos minutos en tirar la puerta abajo, así que atamos todas las sábanas e hicimos una cuerda. Fue una suerte que no haya nadie (ni humanos, ni zombies) del lado de la ventana de la pieza. Tiramos un colchón por la ventana totalmente abierta y luego colgué la cuerda. Papá se deslizó rápidamente y yo me tiré desesperado al colchón —subí mi manga del brazo derecho y mostré un moretón en el hombro, sobraban las explicaciones—. Me incorporé milagrosamente rápido y corrí rápido con papá por la Beschtedt hacia Brown. En la rotonda no había autos, sino una multitud de zombies. Los esquivamos como pudimos y fuimos corriendo por Brown hacia la Castex donde, para variar, había más zombies. Ya saben lo que pasó: cuando los zombies alcanzaron a papá, él agarró el encendedor, lo tiró a la nafta y la estación de servicio desapareció de la faz de la tierra, justo cuando mamá llegó…
En ese momento vimos que mi mamá se movió. Me quedé muy quieto en la silla observándola. Temía lo peor…
36
Aldalië
20.09.09
05:03 hs
Se despertó sobresaltada y su primera impresión fue ver a Ereth, Witty, Manuel y una nena inclinados sobre ella con expresiones ceñudas y ansiosas. Y un machete asomando entre las cabezas de Ereth y Manu. Se sentó lentamente en el sofá, ignorándolos. Le dolía la cabeza y el brazo le pulsaba horrores, se sentía toda pegoteada de sangre seca. Los demás se hicieron hacia atrás en silencio, ella se paró y cruzó el comedor hacia el baño sin decir palabra, manoteando a la pasada la única vela que ardía sobre la mesa.
No le importó dejarlos a oscuras y rebosantes de sospechas.
No tenía fuerzas para aclarar sus dudas.
No quería molestarlos mientras decidían si la mataban o no.
Apenas había abierto la canilla cuando escuchó a Ereth desde el comedor:
— ¡No uses el agua, que no sabemos si está contaminada!
Se permitió una sonrisa cínica a su propia cara en el espejo. Por supuesto, como si eso pudiera cambiar algo a esta altura.
Era bueno que aún no se hubiera cortado el suministro de gas, porque pudo darse una ducha tibia. Evitó mirar el agua enrojecida q se arremolinaba a sus pies mientras se frotaba con energía todo el cuerpo: ya había tenido su dosis de asco para toda una década. Le dio pena arrancarse el vendaje que los chicos le hicieran, pero sabía que lo mejor era tener esa herida al aire; su cicatrización solía ser lenta, aunque no tanto. Esta vez podía deberse a otra cosa. Se prohibió pensar más al respecto, porque ver los arañazos en el antebrazo le recordó instantáneamente las expresiones suspicaces y desconfiadas que acompañaran su despertar, escasos minutos atrás. El machete de Ereth a punto de caer en su cuello, horas antes en la plaza. La misma hoja amenazante que asomaba tras el hombro de su propio hijo.
No necesitaba ser adivina para saber que estaban considerando cada vez más seriamente la opción de matarla.
No necesitaba buscar su horóscopo para leer “tu hijo y tu amigo te van a cortar la cabeza a la primera de cambio”
No necesitaba un curso de psicología para saber que no actuaban de mala fe: sólo tomaban precauciones indispensables para sobrevivir
Jamás supo en qué momento se dejó caer sentada, perdida en un tumulto de ideas e impulsos contradictorios que giraban básicamente en torno a su instinto de sobrevivir, su deseo de proteger a Manuel y su miedo de ser ella misma la peor amenaza. Se descubrió echa un ovillo bajo la ducha, las dos manos apretadas contra la boca para que los que estaban afuera no la escucharan llorar.
Ni los miró al pasar del baño a la pieza de la madre de Pato, donde se encerró, la cabeza todavía chorreando agua. Volvió a salir vestida con ropa limpia, que sacara del ropero de la dueña de casa. Sus amigos se habían procurado otra vela para iluminarse; Ereth y Witty tomaban mate, le habían hecho un té a Manuel; la nena parecía dormitar pegada al costado de Ereth, que le acariciaba el pelo con gesto distraído mientras conversaba en voz baja con los otros dos, todos con expresiones graves y reconcentradas.
El silencio q se hizo cuando la vieron acercarse le revolvió el estómago.
Lo único que podía pensar era: Tengo que irme de acá. Era la solución más simple y rápida, porque ni siquiera ella misma podía estar segura de su propia condición. Así que bien podía ahorrarles tanto debate y sobre todo, el engorro de tener que matarla. Ya bastantes traumas les iba a dejar esa noche.
Evitó acercarse a ellos, mejor no dar pie al melodrama. Manoteó el machete que le diera Maxi un par de horas antes… Un par de horas que parecían una vida…
Maxi… ¿qué le habrá pasado? ¿Estará vivo…? Se enojó consigo misma. Pensamientos ociosos, dilatorios. Estaba buscando cualquier excusa para demorarse.
— ¿Cómo te sentís, ma?
Como que lo había parido, la desconfianza en el tono de su hijo era un subtítulo en cuerpo 72. Se obligó a sonreírle.
— Bien, hijo, gracias. Un poco mareada, nomás, pero debe ser hambre, con tanto ajetreo… —miró fugazmente a Ereth y Witty, que la observaban en silencio, les mostró la caja de cigarrillos en su mano—. Salgo a fumar.
Cerró las puertas tras ella sin ruido, se detuvo en el porche a prender un cigarrillo y mirar el cielo, todavía estrellado. Le pareció que al otro lado de la plaza había un incendio, imposible saberlo desde donde estaba. Pronto empezaría a clarear. ¿Cómo sería enfrentar esta realidad salvaje e inesperada a la luz del día? Los destrozos, los cadáveres, los incendios. ¿Cómo sobrevivirían en esa postal pos-apocalíptica? Ereth tenía razón: tenían que irse lo antes posible de Bariloche… o de lo que quedaba de Bariloche.
Cruzó el jardín en sombras a paso lento, consciente de que estaba disfrutando los últimos momentos de calma. Una vez que dejara esa casa, lo que le quedara de vida se convertiría en esconderse, huir, pelear si no podía evitarlo, arrastrarse. Pero ellos valían la pena. Manu, su pequeño hombre, su cachorro de león que peleaba con garras y dientes por estar a la altura de la situación; la alegría y razón de su existencia en los últimos 10 años. Y Ereth, su amigo, el “Troll King” con quien compartía tanto, de lo más frívolo a lo más serio. Los dos tratando de mostrarse recios y malos y decididos. Los dos con esos corazones de oro que por suerte no conseguían endurecer.
Se detuvo ante el portón y fumó un par de pitadas recorriendo con mirada atenta las sombras de la plaza, el contacto frío del machete entre sus dedos. Nada, nadie. El incendio era en el Hospital Privado. Con un poco de suerte, el kiosco de enfrente tendría rota la vidriera y podría pasar a servirse más puchos y algo dulce para comer. Y de ahí… no tenía la menor idea adónde iría. Corrió con sigilo el cerrojo, se demoró un último instante aplastando el cigarrillo con el pie. Entonces respiró hondo enfrentando la noche y…
Un brazo surgió de la nada desde atrás y le rodeó el cuello, tirando bruscamente de ella hacia atrás.
37
Aldalië
20.09.09
05:37 hs
— Adónde carajo te pensás que vas, pedazo de pelotuda.
Le hubiera gustado reír al escucharlo enojado, ofendido, pero no podía dejarse ablandar. No si quería protegerlos, a su hijo y a él.
— Soltame, Eugenio —usó su nombre de pila completo para que supiera que no estaba bromeando.
Trató de liberarse y abrir el portón, la otra mano de él, en la que llevaba la escopeta, lo volvió a cerrar con fuerza y la obligó a girar y enfrentarlo.
— Por favor, Euge, dejame irme… —murmuró con la cabeza gacha, suplicante.
Él no necesitaba ver las lágrimas para saber que lloraba. Volvió a rodearle los hombros con su brazo y la dejó esconder la cara en su pecho. Sabía que si estaba cometiendo un error, les terminaría costado la vida a todos. Y sin embargo…
— Vaga de mierda, no me vas a dejar a cargo de Manu para irte por ahí de joda, ¿entendés? Es tu hijo, lo tenés que cuidar. Si vos no lo sacás vivo de ésta, nadie lo saca —¡era tan fácil! Con sólo mover la muñeca alzaría el cañón de la escopeta hacia la cabeza de Mónica; con sólo mover un dedo apretaría el gatillo—. Ahora dejate de joder y vení a ayudarnos, tenemos que prepararnos para irnos —Y adiós dudas. Podía hacerlo, y lo que era más: tenía que hacerlo. ¿Por qué carajo no lo hacía? ¡No puedo ser tan pelotudo!, se recriminó rabioso.
— ¿Y quién lo va a cuidar de mí? —sollozó ella, su mano crispada en la espalda de él— Euge, vos sabés que…
No alcanzó a terminar la frase, interrumpida por un sonido inesperado que hizo que los dos alzaran la vista: un helicóptero. Lo escucharon acercarse desde el sudoeste, venía de la Escuela de Montaña del Ejército. Olvidados de todo por un momento, permanecieron lado a lado en el jardín a oscuras, los ojos fijos con ansiedad en el cielo, esperando verlo aparecer.
Y ahí estaba. Sí, era un helicóptero militar, se lo distinguía aun en plena noche. Volaba bajo y a poca velocidad, en un curso más bien errático. Entonces escucharon la voz junto al motor del helicóptero. Alguien repetía un mensaje y no alcanzaban a comprenderlo.
— …cuación de… vientes… el…puerto… rlos… 30…
Los dos contuvieron el aliento, como si eso los ayudara a escuchar mejor. El helicóptero llegó al fin sobre Plaza Belgrano, describió un círculo amplio y lento. Y ellos lograron comprender al fin el mensaje: evacuarían a los sobrevivientes que se presentaran en el helipuerto del Puerto San Carlos antes de las 6:30. Apenas terminó de entenderlo, Mónica aferró una manga de Ereth y tiró de él hacia la casa. Lo enfrentó sorprendida cuando él no se movió, la mirada todavía siguiendo al helicóptero que se alejaba hacia el este y una mueca de duda contrayendo su cara.
— ¡Evacuación, Euge! ¡Tienen que ir! ¡Tenemos que prepararnos para irnos de la Paticueva! —lo urgió.
Ereth bajó la vista hacia ella torciendo la boca.
— ¿Y si es una trampa?
— ¿QUÉ? ¡Vos y tus pelotudeces paranoicas! ¡Vamos, querés!
Ereth vaciló un momento más, luchando contra su desconfianza instintiva, pero Mónica lo arrastró tras ella de regreso a la casa. Witty y Manuel se incorporaron al verlos entrar.
— ¡El ejército nos va a evacuar, nos tenemos que ir! ¡Hay que estar en menos de una hora en el puerto! —dijo Mónica atropelladamente— ¡Vamos! ¡Tenemos que juntar todo lo que nos pueda servir!
Se detuvo desconcertada ante la nena, que la observaba un poco asustada desde el sillón. Se agachó frente a ella y logró sonreírle al acomodarle los bucles rubios y desordenados.
— Tranquila, bonita, pronto vamos a estar bien —le dijo con toda la suavidad que pudo, y la nena le obsequió una sonrisa confiada que la turbó.
Mientras tanto, Witty y Manuel conferenciaban con Ereth en voz baja junto a la puerta. Se volvió hacia ellos con las manos en las caderas y el ceño fruncido, fue su hijo el que habló por los tres, obviamente repitiendo al pie de la letra lo que escuchara de los otros dos.
— Ereth tiene razón, mamá, mirá si es una trampa. Esta infección fue demasiado masiva y demasiado rápida para ser casual. Mirá si lo que quieren es eliminar a los testigos…
— ¡Ustedes y sus estúpidas teorías conspirativas! ¡Realmente! ¿Y si NO es una trampa? ¿Qué vamos a hacer? ¿Nos vamos a quedar acá encerrados apostando a que podemos defendernos indefinidamente?
— La idea siempre fue irnos, Moni —terció Ereth tratando de sonar calmo y razonable—. Pero la idea es encontrar un lugar más seguro, no uno peor.
Witty sintió la tensión creciente entre ellos y alzó ambas manos, acallándolos. Lo último que necesitaban en ese momento era un duelo de carisma.
— A ver, wampa, bajá un cambio. Vos también, Moni —intervino—. Bien podemos preparar todo para irnos y bajar al puerto a ver qué onda. Tenemos la camioneta y algo de comida, si no nos gusta lo que vemos, pegamos la vuelta y nos vamos a la mierda. Siempre vamos a encontrar supermercados o negocios para cargar más comida antes de dejar la ciudad —los miró alternativamente—, ¿no es cierto?
Ereth y Mónica seguían mirándose con navajas en los ojos y una pausa tensa siguió a la propuesta de Witty, que decidió que no era conveniente perder la paciencia. Le señaló a Manu una de las velas.
— Vos, Manu, revisá la cocina y sacá todo lo que veas comestible. Fijate si encontrás bolsitas para guardarlo. Yo voy a abrir la camioneta de la poli.
Mónica arqueó las cejas con actitud desafiante y siguió a su hijo hacia la cocina. Ereth desvió la vista meneando la cabeza cuando pasó a su lado. Sus entrañas le decían a gritos que estaban cometiendo un error garrafal. Y éste sí les iba a costar la vida a todos. Witty se lo encontró junto a la camioneta pocos minutos después y le palmeó un hombro.
— ¿Qué te pasa, boludo? No perdemos nada con fijarnos, ¿no?
— Es que… dejá, nada —gruñó el otro sacudiendo la cabeza—. Correte del volante. Todavía soy el piloto oficial, ¿no?
Witty se bajó de la camioneta para dejarle el lugar y volvió a la casa a buscar las armas y a la nena, que lo siguió con docilidad. Mónica y Manuel ya traían las últimas bolsas con cuanto encontraran de comida. Cerró la caja, los hizo subir en el asiento de atrás y abrió el portón. Desde ahí podía ver la expresión de desacuerdo de Ereth al arrancar. Un momento después volvían a cruzar por el medio de la plaza desierta hacia el centro. Tras ellos quedaba la Paticueva abierta y vacía, oscura, expuesta. Ninguno de ellos miró atrás cuando Ereth tomó por 20 de Febrero hacia abajo.
Tuvieron que dar muchos rodeos para evitar los grupos siempre numerosos de infectados en plena cacería, y en un momento en que iban por Gallardo hacia el este, buscando una calle desierta que les permitiera bajar hacia el lago, oyeron el ruido de un auto, disparos y gritos roncos. Ereth frenó en la esquina, a tiempo para evitar chocar con un Peugeot 206 que subía a toda velocidad. Alguien iba con medio cuerpo afuera de la ventanilla de adelante, escopeta contra la cara, disparando a quemarropa hacia atrás.
— ¡Es Maxi! —exclamó Mónica desde el asiento de atrás.
— Saludos —gruñó Ereth metiendo la marcha atrás en tiempo récord, y aceleró a fondo para apartarse de la horda que perseguía al Peugeot.
El auto pasó de largo calle arriba con su cortejo infernal, Ereth no se detuvo hasta la otra esquina, donde volvió a meter primera y dobló hacia el lago acelerando otra vez. Witty y Mónica todavía miraban boquiabiertos hacia arriba.
— ¿Con quién iba…? —murmuró ella.
— Creo que era Roderik… —respondió Witty en el mismo tono.
— Ah… —Mónica vio que Manuel estaba por preguntar algo y meneó apenas la cabeza, silenciándolo.
No, no se podía hacer nada.
No, imposible saber si habían escuchado el aviso de evacuación.
No, no creía que volvieran a verlos, al menos vivos.
Cruzaron el centro sin nuevos contratiempos y Ereth se detuvo frente a la catedral.
— Me tenías que traer a la oficina —gruñó Mónica en un pobre intento de humor.
— ¿Por qué paraste, wampa? —inquirió Witty, viendo que Ereth apagaba el motor y tomaba la escopeta para comprobar su carga.
— Desde la escalera de Palacios se ve el puerto —replicó, instándolo a armarse también—. No pienso llegar tocando bocina como en despedida de soltero —vio que Mónica amagaba a bajar y la detuvo con una sola mirada—. Vos te quedás con ellos.
Ella abrió la boca para protestar, pero lo conocía bastante como para saber que era en vano, así que soltó la manija de la puerta sonriendo.
— Sí, querido.
Esta vez su intento humorístico le arrancó una sonrisa tensa a Ereth, que asintió.
— Así me gusta, mujer.
Los vio alejarse entre las sombras de los pinos sintiendo una intranquilidad repentina. No tardó en perderlos de vista. Pasó un minuto entero, eterno. Hasta que varios disparos resonaron en la Costanera.
— Manu, vos cuidá a la nena —dijo entonces.
Manuel se preparó para colgarse de ella y evitar a toda costa que bajara de la camioneta, pero Mónica ni siquiera lo intentó, sino que se pasó al asiento de adelante y se sentó tras el volante.
Justo a tiempo. La primera mirada al espejo retrovisor de la derecha le reveló varias sombras que se acercaban con cautela. Cuatro hombres armados.
— ¡Abajo! ¡Al suelo de la camioneta! —susurró, obligando a su hijo y a la nena a tirarse boca abajo entre los asientos.
Ella los imitó, escondiéndose como pudo bajo el volante, incómoda como víbora en canasta chica. Un momento después los hombres llegaron junto a la camioneta y ella contuvo una exclamación: ¡eran soldados! Uno de ellos tocó el capot.
— Está caliente —dijo, retrocediendo enseguida, y todos prepararon sus escopetas apuntadas hacia la cabina. Su actitud no dejaba demasiado lugar a dudas.
— ¡Chicos, no se muevan ni hagan ruido! —dijo Mónica en un soplo—. ¡Si nos ven, nos matan!
Otro soldado se adelantó y pegó la cara a la ventanilla del acompañante, tratando de ver hacia adentro. Un tercero se acercaba con una linterna cuando el cuarto chistó para atraer la atención de todos. Desobedeciendo a su madre (¡para variar!, pensó ella con bronca), Manuel se irguió apenas lo suficiente para espiar a los soldados.
— ¡Ma, vieron a los chicos! —susurró con urgencia.
Sus palabras arrancaron a Mónica de su escondite y se animó a asomarse por encima del panel. Su hijo tenía razón: los cuatro soldados habían descubierto a Ereth y Witty junto a la escalera y se estaban separando para rodearlos por la espalda, todas las armas apuntándolos.
Manuel asomó la cabeza entre los asientos de adelante, muy cerca de Mónica.
— ¡Los van a matar! ¡Tenemos que hacer algo!
Ella se mordió un labio, vacilante. No sabía manejar. Suspiró.
— Algún día hay que aprender, ¿no? —murmuró—. Ustedes quédense ahí escondidos.
Ereth y Witty, mientras tanto, cruzaron la plaza al costado de la catedral hacia la escalera que bajaba a la Costanera. Ahí se detuvieron y se agacharon, las armas siempre listas, para ver lo que hubiera para ver en el puerto.
Y en el puerto no había helicópteros ni barcos para recibir a los sobrevivientes, sino 3 tanques y una multitud de militares armados hasta los dientes, protegiendo un perímetro frente al puerto que iba desde Quaglia hasta Urquiza por la Costanera. Ningún camión sanitario, nada con una cruz roja al costado.
— ¡Ahí, boludo! —susurró Witty señalando hacia la Costanera, a sólo 100 mts de ellos.
Un grupito de personas bajaba de Plaza Roma a la avenida. Parecía una familia, había un par de nenes, un par de mujeres, un par de hombres; avanzaban juntos y apretados, muertos de miedo. Se acercaron temerosos a la nutrida línea de soldados armados que tenían delante, varios se corrieron para dejarles paso, y apenas habían cruzado el perímetro, una docena de soldados giraron en redondo, les apuntaron y les dispararon por la espalda, matándolos a todos en el acto.
Ereth hubiera matado por decir “te lo dije”. Habría sido el mejor de su vida.
Pero no tuvo ocasión. Ni siquiera alcanzó a tironear de la manga de Witty para que retrocedieran cuando una voz retumbó tras ellos:
— ¡Quietos ahí! ¡Suelten sus armas!
Witty se volvió hacia él conmocionado, Ereth hubiera querido que le quedara algo de asombro, para no sentir tanta bronca por dejarse agarrar como pelotudos. Se irguió lentamente, su amigo lo imitó, demorando el momento de girar y tirar las escopetas.
— ¡Vamos, carajo, que no tenemos todo el día! —ladró la voz.
Witty empezó a girar sobre sí mismo, ya listo para tirar la escopeta mientras trataba desesperadamente de pensar una manera de escapar. Ereth no tenía más alternativa que imitarlo. Pero les quiero ver la cara, hijos de mil putas, pensó, dándose vuelta con lentitud. Los soldados les apuntaban al pecho, y con esos calibres no podían errarle a algún órgano vital.
— ¡Las armas dije, pendejos de mierda!
Witty amagó a tirar su escopeta cuando un chirrido imprevisto surgió tras los soldados, que no tuvieron oportunidad de saltar a un costado. La camioneta apareció a los tumbos sobre el pasto, atropellando a dos. Ereth empuñó su escopeta y le disparó a otro, Witty derribó al restante de un culatazo en plena cara. La camioneta se detuvo un milímetro antes de desbarrancarse y corrieron los dos hacia la cabina, los corazones latiendo como martillazos en sus pechos, sin entender bien todavía qué había pasado.
La puerta del conductor se abrió, y cuando Ereth saltó adentro vio que Mónica se tiraba de cabeza al asiento de atrás. Witty casi se cayó, todavía cerrando la puerta del acompañante, cuando Ereth aceleró y sacó a la camioneta de la plaza a la calle.
— ¿Y ahora? —jadeó Witty.
— El Limay o la 40 —dijo Manuel desde atrás, y su voz sonaba descabelladamente tranquila en medio de tanta adrenalina.
La carcajada de Ereth los dejó a todos helados. El muy maldito se sentía de pronto más vivo que nunca antes, y ese calorcito en el pecho era una sensación deliciosa.
— ¿Sabés, Witty? A mí se me antoja una artesanal de frambuesa—dijo, volanteando como piloto de Fórmula 1—. Che, Moni, no sabía que sabías manejar.
— La puta madre que te re mil parió, pendejo de mierda —pudo articular ella desde atrás, agitada y temblorosa.
— Creo que no sabe —subtituló Witty, dejándose contagiar por la risa de su amigo—. Sí, la verdad que una artesanal vendría como trompada.
38
Ereth
20.09.09
06:31 hs
— Vamos a buscar esas birras —sonrió Ereth mientras tomaba la O’Connor, alejándose de la Catedral. Tenían que buscar provisiones, no podían escapar sin tener comida siquiera para un par de días.
— ¿No van a salir a buscarnos? —preguntó Mónica mirando hacia el puerto.
— Los milicos no son problema —respondió Ereth, rebosante de confianza tras la escaramuza recién ganada.
— Con el bardo que están haciendo, van a bajar los zombies como moscas, y los milicos cagones no van a perseguirnos —explicó Witty riendo: las cosas iban bien.
Lo que me faltaba, dos héroes a falta de uno, pensó Mónica, optando por callarse.
La alegría y la confianza que sentían se esfumó de repente, cuando tomaron Moreno y vieron la Bimboneta bajando hacia la Costanera.
— ¡ME CAGO EN DIOS, FACU VA PARA EL PUERTO! —rugió Ereth.
— ¡Hay que frenarlos, avisarles de alguna manera! —exclamó Witty.
— ¿Dónde está mi celular? —preguntó Mónica, más para sí misma que para el resto.
Ereth evaluó la situación rápidamente y aceleró. No había tiempo: la kombi estaba a más de una cuadra, y casi a la misma distancia de donde los militares les darían una calurosa bienvenida. Tocarles bocina iba a servir de poco, porque estaban en una camioneta que ellos no reconocerían. Sólo había 2 o 3 autos abandonados, quizá pudieran alcanzarlos.
Dobló en Quaglia hacia la Costanera y vio que la kombi reducía la velocidad. La Bimboneta no podría pasar sobre los cadáveres, sin contar los no tan cadáveres que empezaban a rodear la barricada, y los militares, que ahora luchaban por mantener su posición. En cambio, la camioneta de la policía, más fuerte y con doble tracción, pasaba por encima de cualquier obstáculo que se le cruzase, o no lograse correrse a tiempo. Mónica seguía tratando de comunicarse con Facundo y Niki, pero el celular de Niki estaba apagado, y el Comodoro no debía tener el suyo lo bastante a mano para atenderlo.
Desde la Costanera ya se veían, aún en la oscuridad, los esfuerzos de los militares por mantener segura el área, con múltiples barricadas, camiones puestos a modo de barrera y una dotación de soldados, aunque resultaba imposible adivinar cuántos permanecían ocultos. La Bimboneta ya se estaba deteniendo frente a una de las barricadas, cuando Ereth redujo la velocidad y frenó con la camioneta pegada a la kombi, del lado de la puerta del conductor. Witty bajó la ventanilla y miró a Facundo, que parecía feliz de haberlos encontrado después de tantos peligros. Niki ya estaba abriendo su puerta para adelantarse a pie hacia los militares.
— Facu, los milicos los van a matar. Que vuelva Niki y rajen —advirtió Witty en un soplo.
La expresión de Facundo se transformó al escucharlo. Un gendarme se acercaba, armado.
— Señores, por favor, bajen de los vehículos —dijo.
— RAJEN —insistió Ereth, inclinándose por encima de Witty—. Nos encontramos en el Cañadón de la Mosca.
El Cañadón de la Mosca era un lugar apartado, a casi 70 kms de Bariloche en la ruta a El Bolsón, y tendrían tiempo de juntar provisiones antes de reunirse con Facundo allá.
No hizo falta llamar a Niki. Su instinto de superviviente y su desconfianza por los uniformes le indicó que algo no andaba bien al ver tantas armas apuntándolos, y que lo mejor era volver a la kombi. Facundo ya había vuelto a arrancar y estaba metiendo reversa.
— Detenga el motor y bajen del vehículo —repitió el gendarme con acento autoritario.
Tras él, una docena de soldados avanzaron apuntando sus rifles a la kombi que pretendía huir.
— Si no los cubrimos, no zafan —gruñó Ereth.
No esperaba que lo convencieran de lo contrario, ni siquiera lo dijo a título informativo. Sólo necesitaba decirlo para terminar de convencerse de lo estúpido que era. Witty y Mónica no opinaron, al menos en voz alta, cuando él puso reversa también y empezó a retroceder lentamente. Los militares seguían apuntándoles: sólo esperaban una excusa para dispararles, para evitar que huyeran, para detener a los que habían comprendido el verdadero objetivo de la supuesta misión de evacuación: eliminar testigos.
— Cúbranse —masculló Ereth apagando las luces de la camioneta al tiempo que apoyaba el cañón de su escopeta en su ventanilla.
A su lado, Witty sólo atinó a sujetarse con fuerza de la agarradera sobre su puerta. Tras él, Mónica obligó a Manuel y a la nena a esconderse de nuevo entre los asientos y permaneció doblada sobre sí misma. Entonces Ereth disparó, para empezar lo que sería el principio del fin de aquella locura.
El gendarme cayó muerto en el acto, alcanzado de lleno en el pecho. Los soldados tras él abrieron fuego contra la camioneta.
El fuego cruzado y la adrenalina recortaban imágenes y sonidos.
La nena lloraba.
Un disparo al aire.
Manuel estaba muy callado.
El parabrisas trizado.
Mónica abrazaba a los nenes.
Dos disparos pegaron en el flanco de la camioneta.
Witty se había agachado, los dientes apretados, cubriéndose la cabeza con los brazos.
Otro disparo al aire.
El sonido sordo del tercer impacto en el costado.
La camioneta dobló la esquina de Quaglia hacia arriba. Los militares seguían disparando pero ya no podrían detenerlos, estaban fuera de su alcance.
07.15 hs
La camioneta, con el parabrisas roto, se detuvo en la banquina del kilómetro 8 de Bustillo. Llegar hasta ahí no había sido fácil, esquivando hordas de zombies. Estaba empezando a clarear, pronto amanecería.
— ¿Por qué paramos? ¿No deberíamos seguir para el Cañadón? —preguntó Witty.
Ereth había cerrado los ojos, respirando pesadamente.
— No me digas que el muy troll se quedó dormido —gruñó Mónica desde atrás.
— Tenemos que hacer una parada —murmuró Ereth abriendo los ojos. Era lo primero que decía desde el tiroteo.
Witty lo enfrentó sorprendido y descubrió la mancha escarlata en los anillos de la cota, a la altura del riñón izquierdo.
— Wampa, ¿eso es sangre? ¿Estás bien?
— ¿Qué? ¿Qué le pasó? —exclamó Mónica asomándose entre los asientos de adelante.
Increíble. Ante las puertas de la mismísima muerte, uno empieza a ver la cosas con más cinismo y sarcasmo que nunca antes.
— Hace mucho que dejamos de estar bien —gruñó Ereth—. Al menos yo voy muerto por un disparo y no un zombie, hay que ser optimista —logró sonreír—. No puedo seguir manejando, se me nubla la vista.
Cerró los ojos cansadamente. Había empleado sus últimas fuerzas en alejarlos del centro, porque Witty no era el mejor conductor y Mónica había empezado a serlo hacía menos de una hora.
— ¡No, boludo! ¡Tenemos que parar la hemorragia! —exclamó Witty con voz temblorosa, viendo que no abría los ojos.
— Tranquilo, forro, que se te va el ojo al carajo —rió con voz entrecortada, reírse hacía que su herida doliera aún más—. No fue al estómago, porque ya me habría desmayado del dolor, pero por cómo sangra le pegó a algo —palmeó la pierna de Witty—. No hay mucho qué hacer y no se imaginan el sueño que tengo, mejor descansar un rato, ¿no? —sonrió, abrió su puerta, bajó de la camioneta con dificultad.
— ¡Subite, boludo! —exclamó Witty lloroso.
— Mirá, Eugenio, no es momento de rituales para convencerte —trató de bromear Mónica nerviosa, viéndolo renquear para rodear el vehículo.
Él se detuvo para enfrentarlos obligándose a sonreír a través del dolor.
— Una vez que quiero cumplir el sueño de miles y desaparecer, ¡ustedes no me dejan! Vayan, yo me quedo a ver el amanecer en el lago.
Les dio la espalda y empezó a alejarse hacia la playa. Witty y Mónica saltaron fuera de la camioneta al mismo tiempo.
— ¡Esperá! —gritó ella, y corrió a su encuentro.
Él la esperó y le permitió estrecharle una mano entre las suyas, sintió el peso frío en su palma: Mónica le cerraba los dedos en torno a una de las 22 que rescataran unas horas y una vida atrás. Entonces le echó los brazos al cuello.
— Para cuando no aguantes el dolor —susurró en su oído, sin poder contener las lágrimas—. Sos un forro.
— Van a estar bien. Paren en el Todo de Los Coihues, junten todo el morfi que puedan —la estrechó con el brazo derecho, para no apoyarla contra la herida, y le besó la frente—. Sobrevivan.
Witty se acercó para abrazarlo también.
— Wampa, nos vemos en la otra vida —le dijo Ereth.
— ¿Te das cuenta que ésta es nuestra tercera despedida?
— Un metalero llorón, ¡quién lo diría!
Ereth le palmeó el hombro y empezó a bajar hacia la costa, dejando tras de sí un rastro de sangre. Era evidente que no iba a durar mucho más.
Witty y Mónica esperaron a perderlo de vista. Entonces, sin mirarse ni decir una palabra, se secaron las lágrimas y volvieron a la camioneta. Witty se sentó tras el volante, ella se acomodó a su derecha. Ninguno de los dos se atrevió a mirar atrás mientras se alejaban.
Abajo, en la playa, Ereth se dejó caer sentado en las piedras de la orilla.
Iba a ser el amanecer más esperado de su vida.
Epílogo
Destacamento de Gendarmería Río Villegas – Ruta 40
20.09.09
10:30 hs
El gaucho venía subiendo despacio desde el Villegas, en su caballo viejo y mañero que conocía de memoria el camino. Las sombras ya se retiraban de la ruta y el destacamento de Gendarmería deshabitado. Los habían convocado a la nochecita del día anterior a Bariloche, a todos, y ahora no quedaban más que los caballos y los perros. No había voces, ni radio, ni mate, ni nadie que le gritara un buenos días, como cada mañana.
Apenas subió a la ruta, vio la camioneta atravesada en la banquina, apenas saliendo de la última curva del Cañadón. Una chata de la Policía de Río Negro, la rueda izquierda de atrás todavía sobre el asfalto, las cuatro puertas abierta. No se veía a nadie en su interior. Por lo que el gaucho alcanzaba a distinguir estaba vacía, como si la hubieran abandonado a las apuradas.
Su curiosidad pudo con la inercia del hábito y taloneó a su caballo, que al principio se negó a alterar el camino que venía siguiendo mañana a mañana en los últimos doce años, y finalmente aceptó desviarse.
Pero a diez metros de la camioneta se plantó, sacudiendo la cabeza y bufando.
El gaucho le palmeó el cuello cada vez más intrigado. Una sola vez lo había visto así, cuando el hijo de don Orestes se volara la mano sin querer de un escopetazo, y lo encontraran en el monte bañado en sangre. Por más que intentó, el animal no se acercó un solo paso más a la camioneta vacía, y el gaucho finalmente desistió de obligarlo.
Se apeó rumiando su intriga y fue a plantarse frente a la trompa de la camioneta. No tenía parabrisas, y el capot mostraba varios impactos de bala.
— Hum —murmuró, atusándose el bigote, y la rodeó hacia la puerta del conductor.
En ese costado también había impactos de bala. Uno solo atrajo su atención, en la puerta del conductor, justo abajo de la manija. Al asomarse por la puerta abierta, vio la mancha de sangre seca en el asiento. Esa bala le había dado a alguien.
— Feo… en las tripas —dijo para sí en voz baja, frunciendo la nariz.
Entonces vio el panel salpicado de sangre, y el asiento del acompañante, y notó que las manijas de ambas puertas estaban enrojecidas, como si las últimas manos que las usaran hubieran estado ensangrentadas.
— Ah, mierda, ¿qué pasó acá?
En ese momento le pareció oír un gemido que más parecía un suspiro, y que le hizo poner la piel de gallina. Retrocedió apresurado para asomarse a la ventanilla de atrás, cuyo vidrio trizado colgaba hacia afuera como una cáscara de banana.
No vio nada al principio, salvo más sangre en el asiento posterior, y se negó a siquiera tratar de imaginar qué situación había dejado al vehículo en esas condiciones. Fue entonces que algo se movió entre los asientos, y vio asombrado una cabecita rubia salpicada de rojo, y una carita congestionada de llanto, con unos ojazos azules arrasados de lágrimas.
— ¿Nena? ¿Estás bien? —le preguntó el gaucho.
La nena asintió limpiándose la nariz con el dorso de la mano, y aceptó la que le tendía el gaucho.
Salió con lentitud de la camioneta, y el gaucho tuvo un momento de incertidumbre absoluta cuando le tiró los bracitos al cuello y se apretó contra él. La sintió temblar, estaba muerta de frío y de miedo, se le estrujó el corazón de solo pensar en lo que podía haber visto esa nena en las últimas horas.
La llevó en brazos hasta el caballo, que quiso retroceder al oler la sangre que cubría a la nena, y le aguantó las riendas hasta que se tranquilizó un poco, aunque seguía bufando con las orejas hacia atrás. Entonces la sentó en la silla y se acomodó tras ella.
— Vamos al rancho, m’hija. La patrona te va a dar algo de comer —le dijo, haciendo voltear al caballo de regreso al camino de tierra—. ¿Eh? ¿Te gusta la idea?
La nena volteó la cabeza para enfrentarlo y le regaló una sonrisa luminosa.

