Smial Mar Vanwa Tyaliéva

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Asociación Tolkien Argentina

La Primera

La primer historia compartida hecha en el smial, escrita por correo electronico, en la lista yahoo de MVT

13 capitulos se escribieron, entre Aeglos, Turin, Naryahîn, Andune, MAT16, Meneldil y Adanedhel

Capítulo I (por Miyen “Turín” Capo):

La tarde, estaba nublada, el sol se asomaba trémulo entre las nubes, dando por momentos una belleza fantasmal a esta desolada región, una tímida fogata crepitaba a mi lado. Y yo imploraba al cielo para que no lloviese y apagase mi pequeño fogón.

Tenia hambre, puesto que había pasado una jornada sin comer. Mi hombro me dolía mucho, a causa de la Flecha que me había dado caza mientras huía, la herida no era grave, y se curaría rápido.

Sentía a lo lejos, todavía algunos clamores de la batalla, del día anterior. Aun se escuchaban los ecos del rugido de la gran bestia, en mi interior temía de que ese monstruo me encontrase, pero no, yo no quería salir de mi escondrijo, hasta por lo menos, haber recuperado un poco de mi fortaleza habitual.

En ese momento estaba agotado, por que la noche anterior, había acabado con la vida de muchos orcos, hasta que apareció el monstruo, estaba dispuesto a enfrentarme a él, y tuve el error de mirarlo a los ojos. Sus ojos, parecían tener una sabiduría y un poder inigualables en la tierra, estos eran parecidos a los de una serpiente, pero la bestia no era nada semejante a una serpiente, la verdad es que no tenía forma de nada que yo conociera. Pero estos ojos me dieron miedo, y salí corriendo, en la dirección contraria a la que estaba él, al parecer unos arqueros me vieron y me lanzaron ráfagas de flechas, por suerte para mí, una sola flecha me alcanzó y seguí corriendo hacia cualquier lado, solo tenia en la mente escapar, y llegue a donde estaba ahora.

Me levante, las nubes se habían empezado a separar, y ahora, podía ver que el sol, estaba muy alto, y que era mas tarde de lo que creía…

Capítulo II (por Matias “MAT16″ Perez de Villa):

Larga e interminable fue para mí esa jornada, pero luego de un crepúsculo teñido de sangre, cuando asomaban las primeras estrellas y la frescura de la brisa nocturna aliviaba un poco mi tensión, abandoné esa tierra donde sólo la muerte había cosechado siempre en abundancia.

Al día siguiente me interné en un valle que comenzaba a verdear y las laderas de las montañas cercanas exhibían ya unos bosques gentiles. Fue durante esa tarde, recorriendo una pequeña senda por entre los árboles, que los escuché reír.

Al principio me asombré, y casi no entendí lo que pasaba, tanto tiempo había estado rodeado de dolor y de furia, o en los preparativos para la guerra, que me sorprendía volver a oír gente que riese de tan buena gana, y a pesar de haberme alejado del campo de batalla y de los territorios que el enemigo lo dominaba todo, su sombra todavía se cernía sobre mi espíritu cansado.

Sus risas eran claras y alegres, e increíblemente despreocupadas en esos años oscuros. Detuve mis pasos sorprendido, y descubrí que me estaban mirando: Eran dos, y parecía como si me hubiesen estado contemplando desde hacía un rato.

Uno estaba de pie, de poderosos brazos cruzados, y una espada temible cernía en la cintura. Verdegrís era su capa, oscuros sus largos cabellos y muy clara su mirada.

El otro estaba sentado sobre una roca musgosa, sus brazos no tan gruesos sostenían una pluma, y con ella escribía en un pequeño cuaderno marrón. Verde era su capa, castaños sus cabellos y su mirada.

Los dos eran de rasgos bellos y piel muy blanca, y parecía como si acabasen de intercambiar alguna broma, quizás respecto a mí mismo, sin embargo no había animosidad alguna en su mirada.

Entonces creí comprender mi suerte y lo saludable de sus risas, me había venido a topar con dos de la Hermosa Gente!

El de la espada se acercó primero a hablarme, y luego el otro, guardando cuaderno y pluma en una mochila que llevaba.

Me contaron de un pueblo no muy lejano, al cual podíamos llegar todos juntos, si me parecía, al caer la noche, donde había una agradable posada en la cual servían una no menos agradable cerveza, junto a un cálido hogar y amable compañía.

No había más que yo pudiese pedir en ese momento, después de sobrevivir a todo el peligro, así que acepté aliviado y agradecido. Descubrí en el transcurso de nuestra caminata que no eran elfos si no hombres, pero con la puesta del sol llegamos al pueblo y se separaron de mí, pues tenían sus propios asuntos que atender, en cambio yo me dirigí a la posada.

Justo antes de entrar la ví, estaba de pie, dentro, mirando hacia afuera, mirándome llegar: Llevaba un hermoso vestido azul y una diadema en la frente, y era tan hermosa como la luz de las estrellas luego de una caminata agotadora a través de un desierto soleado.

Una vez más pensé que me había topado, esta vez de seguro, con una de la Hermosa Gente.

Capítulo III (por Yamila “Naryahîn” Greco):

Estaba ya a sólo unos pasos de ella. Sus ojos, profundos como la noche, estaban clavados en mí. Sentía que podían traspasarme con la facilidad de una flecha, y que sin embargo, no podía ni deseaba defenderme. Cuando llegué junto a la puerta, la hermosa dama, con una inclinación de cabeza, me invitó a pasar a la posada.

El lugar era realmente agradable; todos parecían estar pasándola bien. Junto al fuego, unos muchachos jugaban cartas y bebían cerveza en enormes jarrones. Eso me dio un deseo irresistible y me dirigí a la barra. El posadero, un hombre robusto con cara de pocos amigos, se acercó hacia mí, y apoyando su puño bastante imponente sobre la barra me preguntó que quería.

“Una cerveza, por favor” contesté, pero él siguió mirándome como si no me hubiera escuchado. “Una cerveza grande,” aclaré, pero nada, seguía en la misma posición, pero con una expresión más adusta en el rostro. Nos quedamos así un buen rato. Ya empezaba a ponerme nervioso, y mi paciencia comenzaba a menguar. En eso, una mano liviana sobre mi hombro hizo que apartara mi mirada de la de él.

A partir de ese momento mis recuerdos no son claros. Lo único que puedo decir es que cuando desperté, estaba en una cama muy mullida, tapado con sedas y pieles, pero desposeído de mis ropas y mis armas.

Miré alrededor y me desconcerté aún más. La habitación no era muy grande, pero sus paredes estaban revestidas en oro, un oro opaco, y con un leve tinte rojizo. El fuego del hogar envolvía todo con un calor agradable y el aroma que había en la habitación realmente era embriagador.

Tuve que luchar conmigo mismo para no volver a caer en el sueño, y volví a recorrer el lugar con la mirada. En una esquina estaban mis armas y mis ropas, y ese descubrimiento me hizo suspirar aliviado. Estaba terminando de vestirme, cuando de pronto, escucho que alguien quiere abrir la puerta. Me deslizo hacia la misma, ubicándome justo detrás, dispuesto a rebanar la primera cabeza que se atreviera a asomarse por ahí. Lentamente y con un leve crujido, ésta se abrió…

Capítulo IV (por Sebastian “Aeglos de la Marca” Quijano):

En un rápido movimiento, intento sorprender a la persona del otro lado de la puerta. Al blandir mi espada, una fuerte luz me encegueció de pronto echándome de bruces al suelo contra la esquina donde todavía se encontraba el resto de mis atavíos. Al recobrarme de la conmoción logro ver a aquella hermosa dama que me miraba ocultando una sonrisa, que nunca supe si era por mi caída o por mi situación Avergonzado intenté decir palabra o simular una sonrisa, pero mi cara debe haber sido aún mas cómica de lo previsto, ya que la dama comenzó a reír con ganas, a lo cual respondí de la misma forma. Una vez incorporado, terminé de cambiarme, y advierto que la dama me traía una bandeja llena de exquisiteces y de humeantes brebajes que llenaron de golpe la habitación de fuertes aromas a hierbas. Cuando de pronto ella habló:

-Buenos días, le traje el desayuno para que se recupere de los sustos, espero me sepa disculpar-

Y apoyándolos sobre la mesa de oscura madera me lanza una mirada por entre sus largos cabellos. A lo que con una reverencia agradecí.

-Volveré para cuando esté listo- dijo, y deslizándose hacia la puerta, salió de la habitación y la puerta se cerró (sola) detrás de ella.

Luego de unos segundos mas de confusión recordé que realmente estaba hambriento, al acercarme a la mesa, descubrí los sabrosos panecillos, la mantequilla, los dulces, jamones y quesos que devoré en instantes. Cuando estaba disfrutando los últimos sorbos de mi té de hierbas, detengo mi atención en los fuertes rayos de luz que dejaba penetrar las hermosas cortinas de los que parecía ser la única ventana. Decidí entonces bañar con la luz de la cara amarilla toda la habitación. Apoyé la taza en la mesa me dirigí hacia las cortinas y fue en ese momento cuando me pareció ver que la luz fluctuaba de a momentos. Cuando corrí por fin las cortinas, mis ojos no podían creer lo que veían……

Capítulo V (por Martín “Meneldil” Castagnet):

Afuera, se extendía un verde, moteado de dorado jardín, donde la luz caída del cielo azul cubría los lozanos pastos, y a su alrededor árboles de anciano porte se cernían, con el orgullo que tendría un sabio, causando un temor reverente sobre jóvenes aprendices. Y sobre todas la belleza, en el centro de mi vista había una fuente, y por donde caía le agua cristalina retozaban los pájaros, y los pétalos de las flores caídas, y sentada en esa intemporal, ensoñadora fuente de juventud, yacía sentado, casi caído, un triste hombre, de dorada cabellera resplandeciente al sol, y brillante armadura, y su rostro, surcado preocupado, miraba con dolor una espada ensangrentada, y una capa destrozada. Y en el efímero instante en que yo vi y sentí el inmenso embargo, de ver algo tan maravilloso, y al mismo tiempo lleno de tristeza, el hombre alzó su rostro, y miró mi cara, mis facciones, mis cicatrices de batallas pasadas, la luz de mis ojos, mis años y recuerdos, sin saber yo como podía suceder semejante prodigio, y comprender que estaba sucediendo. Y cuando su mirada se cruzó con la mía, vi, sin duda alguna, los ojos del monstruo, los mismos de aquella bestia que no pude enfrentar. Y sin embargo, no podía ni quería huir esta vez, porque más que temor esos ojos, los mismos ojos, eran ahora inconmensurables, y llenos de extraña piedad.

Pero la visión se apagó, pero no, no me había quedado ciego, o al menos no la ceguera del temor de un niño que no comprende lo que ve, y cierra los ojos y se acaba el sueño. La cortina se había cerrado. A mi lado, quien lo había hecho, la dama que me había tendido, sin sonreír esta vez, sólo una rostro pétreo, e inescrutable, como la de las grandes estatuas de mármol de los reyes antiguos, condenadas al polvo de los años.

Me turbé, y me di vuelta, mirando para cualquier otro lado, menos la ventana y ella, con la mirada ahora en el piso, y extrañamente la mano en el lugar donde la flecha había hundido la carne y mordido con su frío hierro. Sin poder acostumbrarme a los misterios del extraño lugar, volví a sorprenderme, pues ya no existía tal herida, siquiera la marca de una antigua, lejano dolor. Nuevamente elevé mi cabeza, para preguntar, y encontrar respuestas a las dudas que aquejaban mi alma. Mas no pude llegara preguntar, ya que ella dió meda vuelta, y salió.

No me animé a seguirla, y quedé de pie, sorprendido, expectante.

¿Qué era todo aquello que había visto? ¿Quién era aquel hombre? Acaso, pensé, no es más que un hombre, que vino a la posada… no, algo más…algo más! ¡Era ese brillo en la mirada, esa extraña empatía! Esos ojos… se habían escrito a sangre en mi meoria, y ya no desaparecerían. Y aquella espada, la sangre corriendo, indetenible, cayendo al piso… sangre! El carmesí recuerdo de la guerra, mis manos manchadas, sangre…

¡Y, de pie, sin hacer nada!

Perdí, por un momento, todas las dudas, y salí del cuarto.

Capítulo VI (por Matias “MAT16” Perez de Villa):

El piso de madera crujió ocioso bajo mis vacilantes pasos. Qué clase de extraño destino me estaba envolviendo con hechizos desde mi llegada a la posada… O quizás desde que contemplara los ojos de la bestia? Sí, quizás era eso, percibía yo la realidad tal como la realidad era, o ya mi visión y percepción de los hechos resultaba deformada por algún poderoso conjuro? Y, si era así, cómo podría yo distinguir los hechos reales de los que fuesen mera ilusión, si ante todos mis sentidos se presentaban como reales?

En todo caso, la dama era buena, o eso me decía el corazón, y no tenía mucho sentido considerarme un prisionero, siendo que me habían alimentado gentilmente y luego sanado mi herida, nada malo podía yo temer al aventurarme por los pasillos sin pedir permiso.

La dama era buena, eso me decía el corazón… O eso era lo que mi corazón se empecinaba en creer, pura y sencillamente porque era lo que me convenía. Mejor no confiar de más, y explorar con cuidado el sitio donde me encontraba.

Ahora, en todo caso, la había perdido de vista.

Había muchas puertas que conducirían, probablemente, a otras tantas habitaciones, pero no podía perder el tiempo revisando cada una de ellas. Quizás algunas estuviesen ocupadas… Y por qué clase de criaturas?

Al final del pasillo una escalera me invitaba a descender, pero me contuve.

Tal como había dicho, la dama había regresado… “Cuando estés listo”, había dicho ella. Listo para qué? Para ser curado, en todo caso, pues eso es lo que ella había hecho.

Tentado por un súbito impulso abrí lentamente la puerta más cercana…

Una habitación vacía, una cama bien hecha, ¿En espera de un huésped? Un candelabro sin velas se alzaba desde una pared, y algo en él llamó mi atención: Una figura negra, pequeña pero compleja se movía con precisión, tejiendo una abundante tela. Atrapados en la tela, aquí y allá, algunos pequeños insectos se debatían, otros ya no se movían. Pero colgando de la tela, algo que parecía ser más pesado que ellos, aunque no de mayor tamaño, y estaba completamente envuelto en telas y pelusas. Como si hubiese permanecido allí mucho tiempo.

Corté la tela con un suave sesgo de mi espada y el misterioso objeto cayó al piso con un ruido seco y sonoro, sin rebotar. Lo levanté con cuidado, despejando las telas que lo envolvían: En mi mano contemplé finalmente una pequeña piedra blanca, perfectamente esférica y de superficie pulida a pesar del paso del tiempo. Qué clase de raro tesoro era ése?

Escuché voces que venían desde debajo de la escalera, y abandoné la habitación con sigilo, a tiempo para oír también los primeros pasos que comenzaban a subir. Volví hasta mi propia habitación y cerré la puerta, ocultando la piedra dentro de mi calzado, contra un costado para que no me molestara al caminar.

Para hacerme el distraído, descorrí otra vez la cortina de mi ventana…

Capítulo VII (por Maria Luz “Andunë” Davico):

El paisaje de bosque y montañas que rodeaba a la posada en la que había estado la última vez que fui capaz de recordar, había sido reemplazado por una enorme estepa de briznas doradas que centelleaban al sol de la mañana, el cual se asomaba tímidamente por detrás del liso horizonte.

La puerta se abrió de nuevo, y volvió a entrar la bella dama, pero esta vez acompañada por un hombre de avanzada edad. Ella miró la bandeja del desayuno y le susurró al hombre unas palabras en una lengua áspera, y luego rió. El hombre me miró a los ojos y me dijo:

- Bien, usted debe ser el viajero de la posada, del que tanto me ha hablado Nihrahin. Espero que esté cómodo. Aunque el alojamiento no es muy suntuoso, es lo mejor que se puede encontrar en cien kilómetros a la redonda.

Lo miré, incrédulo. La habitación que yo habría alquilado en la posada, eraseguramente mejor que esta.

- ¿Dónde estoy?-pregunté- ¿Quienes son ustedes? ¿Cómo llegué aquí?

La dama rió y me alcanzó una copa con un líquido transparente.

- Bebe -me dijo-. Estarás sediento, el té estaba muy dulce.

Honestamente, yo me sentía sediento, así que tomé la copa y la vacié de un trago. De pronto, mi visión se volvió borrosa y caí al piso con estrépito.

Aun oía la voz de la joven.

- Resistirá -decía-. Es joven y fuerte. Esa poción sólo lo dormirá, despertará en unas horas.

Desperté cuando el sol estaba bajo, y la noche se acercaba. Estaba vestido con ropas suntuosas y las mías habían desaparecido, al igual que mis armas.

La puerta estaba entreabierta, y un bullicio de risas y charlas llegaba desde afuera. Me asomé lentamente y ví una largo pasillo lleno de puertas de una madera oscura. Unas estatuas horribles que representaban monstruos ancestrales estaban apostadas cada tres puertas y sostenían unas velas que exhalaban un aroma adormecedor. Me dirigí hacia una puerta con actitud decidida, y la abrí lentamente. Flotaba en el aire de la habitación un hedor insoportable, como carne corrompida o descompuesta, y estaba totalmente a oscuras, pero en la penumbra pude distinguir algo que me quitó el aliento y me llenó de repugnancia y terror.

Capítulo VIII (por Yamila “Naryahîn” Greco)

En un rincón del cuarto, un cuarto húmedo, oscuro y hediondo, había un hombre pequeño, extremadamente delgado, comiendo en el suelo. Cuando la luz que entró conmigo al abrir la puerta lo alcanzó, lanzó un chillido de furia, y se abalanzó sobre mí. Con una agilidad increíble, de un solo salto me alcanzó y se aferró a mi cuello con ambas manos. Era muy fuerte, y muy viejo también. Su rostro estaba surcado de arrugas y venas hinchadas, pero a pesar de esto, sus ojos eran jóvenes. Aunque profundos y llenos de odio. En el forcejeo caímos rodando al piso. Busque algo con qué pegarle para sacármelo de encima, ya que no estaba logrando nada con mis golpes y mis propias manos. Pero la habitación estaba despojada de cosas. Estaba dando los últimos golpes que me permitían mis fuerzas, ya no podía respirar y sentía que mi cabeza iba a estallar; pero en eso, la puerta se abre de golpe y un sonido agudo, como una nota musical altísima, hace que este ser abominable se aparte de mí y se acurruque en un rincón temblando. Lo que vi cuando mi vista se aclaró me dejó nuevamente asombrado. La hermosa dama se hallaba al lado de este sujeto, con una mano en la frente de éste y murmurando unas palabras que yo no alcanzaba a escuchar. El efecto sobre ese ser fue increíble. Lentamente, se fue relajando, y fue durmiéndose como un bebé. Ella lo tapó con un manto de oro, retiró la putrefacta comida del suelo y se dirigió a la puerta. Desde ahí me llamó sin siquiera mirarme. Acudí y caminé detrás de ella, a una prudente distancia. Me sentía como un niño descubierto en una travesura, y eso me molestaba. Al final de cuentas, yo fui al que casi estrangula esa bestia. Caminamos largo rato por un pasillo interminable, hasta que por fin, llegamos a una puerta diferente a todas las demás. Era totalmente azul oscuro. No tenía picaporte, ni cerradura, ni nada. La dama me miró de frente, y me habló:

-Se te ha tratado con hospitalidad, pero nos has devuelto inmiscuyéndote en asuntos que no te corresponden. Pero a pesar de eso, no estamos enojados contigo, te tenemos piedad. Pero salvo que estés conmigo o con alguien que yo designe, no volverás a abrir puertas que no sabes a donde te llevarán.

Hoy has tenido suerte por partida doble, una, salvaste tu cuello, y dos, no lastimaste a esa amada criatura que viste allí. Las apariencias engañan, joven amigo, lo que parece bestia puede ser ángel, y lo que parece santo puede ser el demonio mismo. Pero no soy yo quien te va a explicar donde estás… eso le corresponde a… no me corresponde a mí. Entra, te están esperando.

Y la puerta se abrió cuando la mano de la dama se apoyó en su centro…

Capítulo IX (por Sebastian “Aeglos de la Marca” Quijano)

Un salón rectangular no muy ancho pero si largo, se abrió ante nosotros. Una larga mesa rodeada de altos asientos con detalles en negro, dorados y rojos. A ambos lados, enormes cuadros recordaban la gloria de reinos antiguos; blasones, escudos, espadas, lanzas brillaban ante la luz de las enormes lámparas que colgaban a lo largo del centro del salón. También pude distinguir varios tomos por demás grandes en una biblioteca que llegaba al techo. Pero todo este lujo no fue lo más atrayente en mi visión. Sentados ordenadamente y en silencio descubrí a aquellos dos hombres que encontré días atrás, ya no sonreían como entonces, pero si noté que sus miradas se cruzaron al verme entrar junto a la bella dama; estaban ataviados con mis mismos ropajes, aunque en otros tonos. También al internarme en el salón descubrí detrás de una bondadosa sonrisa, al anciano que acompañaba a Nihrahin cuando entraron en mi habitación para… y en ese mismo momento recordé aquel brebaje que me habían hecho beber, enseguida me di vuelta como para reclamarle alguna explicación a la dama, y como si nada ella me dijo: -Fue por tu bien, eso que tomaste, ayudó a sanarte-

Tantas sorpresas y cosas inexplicables casi me hacen trastabillar, por suerte llegué al que al parecer era mi asiento en la mesa. Me desplomé sobre mi silla aunque tratando de guardar compostura y educación. La risa volvió a los rostros de aquellos dos amigos que seguían mis pasos con la mirada. Estuve un buen rato sin levantar la vista de la mesa, tratando de serenar mi mente, intentando responderme qué habría sido de aquella posada en la que entré tiempo atrás; cuando escuché que desde el otro extremo de la habitación se abría una puerta. Sobre un fondo de luz muy blanca se vislumbraba una silueta de caballero, entró sosteniendo con ambas manos una espada. Cuando la luz de fondo desapareció, vi otra vez a aquel hombre que había visto con rostro triste junto a la fuente. Con la misma brillante armadura se acercó a la punta de la mesa, apoyó la espada que seguía sangrando sobre ésta y lanzó una adusta mirada a cada uno de los que estábamos sentados. Ahí caí en la cuenta que había mas hombres y mujeres sentados. Todos con los mismos ropajes, de diferentes tonos. Nihrahin tomo la palabra y le dijo:

-Ya están todos, puedes comenzar.

Fue cuando me pareció que aquel hombre pareció agigantarse al tomar aire para sus primeras palabras. Y habló…

Capítulo X (Por Maria Luz “Andunë” Davico):

-Hoy -dijo-, hoy nos juntamos aquí para que conozcan a un hombre, un solo hombre de constitución normal, de una mente no muy excepcional, sin proezas en su historial y con un grado de curiosidad mayor al común.

En cuanto terminó de decir estas palabras me echó una severa mirada y, luego de un rato, dijo:

-Nihrahin, levántalo, pues tal parece que se halla demasiado cansado y necesita la ayuda de una débil doncella para ponerse en pie.

Salté de mi silla indignado, con tanto ímpetu que la arrojé al piso.

Nihrahin se levantó del lugar donde se había sentado y me miró con ojos preocupados.

-No hagas eso-me dijo-, o creerán que no eres el indicado.

-¡No lo soy!-grité- Es lo que he estado tratando de decirles a todos ustedes! ¡No soy el indicado! Solo soy un simple hombre que caminaba por un simple camino, llegó a una simple posada y lo engañaron!

Todos los presentes me miraron boquiabiertos. La tensión era tanta que hasta se hubiera podido tocar. Al final, el hombre de la espada sangrante lanzó una estrepitosa carcajada, y me miró con ojos tan oscuros como dorados eran sus cabellos.

-No lo sabe-dijo Nihrahin-. No lo descubrió, cuando podría haberlo hecho estaba muy impresionado por Aloth.

-Aloth?!-rugió un hombre de rojiza cabellera- Lo vio?! Eso no era parte del plan!

-Se inmiscuyó en lo que no le concernía, abrió la puerta de su habitación!-gritó Nihrahin- Mis órdenes eran alimentarlo, no vigilarlo!

-Así que con esas andamos, eh?-dijo el hombre de la espada sangrante- Creo que no eres el indicado, y lo siento, pero deberé rebanarte la cabeza.

Tomó la espada de la mesa y se acercó con una sonrisa malévola. El silencio se hizo en la sala. No se oía nada excepto el sonido de las gotas de sangre que caían de la espada y se estrellaban en el suelo.

Plic…

Plic…

Plic…

Giré y salí corriendo por la puerta. Cuando había atravesado el marco, y ya creía estar a salvo, un agudo dolor me perforó el costado izquierdo. Seguí corriendo, por interminables pasillos repletos de puertas, hasta que al fin creí haberlos perdido. Debía encontrar mis armas, o alguna otra con la cual sustituirlas.

Me detuve lentamente. Nada se oía, ni siquiera el repiqueteo de la sangre.

Me dirigí hacia una puerta y la abrí.

Estaba en una estancia cuya única fuente de luz era un rayo solitario que nacía de las tinieblas.

Azul era esa luz, y caía de lleno sobre un altar de piedra. Acostada en ese altar había una figura, y cuando me acerqué vi que era una bellísima Elfa, de perfectas proporciones, toda vestida de blanco. Al lado de su pálido y frío rostro había una lápida, que rezaba:

“LA MUERTE ES UNA BENDICIÓN

PARA LOS CORAZONES CANSADOS,

PERO NO CUANDO RECIÉN HAS

COMENZADO A VIVIR”

Sobre sus cabellos, de un pálido rubio, yacían marchitas flores, y sus pies estaban atrapados en el cemento de la tumba. Parecía que alguien hubiese querido que ella nunca despertara…

Movido por un dolor inmenso, le tomé su blanca mano, y creí percibir en el aire un lave aroma a flores primaverales.

Alzé la vista.

- Mi corazón aún no está cansado…

Miré hacia abajo, sorprendido, y entonces, los ojos de la dama se abrieron…

Capítulo XI (Por Miyen “Turín” Capo):

Vi que la joven, me miraba con benevolencia. Me aterré, y quise apartarme, pero algo mas fuerte que yo lo impidió, la doncella me había agarrado, con fuerza de la mano y no podía moverme, preso de terror lance un grito, pero las palabras no salieron de mis labios. Me resigné y trate de girar la cabeza, pero no podía mover ni un músculo de mi cuerpo. Era como si yo formara parte de la tumba.

La Elfa, no apartó la vista de mi, en ningún momento, y repitió:

- Mi corazón aun no esta cansado… Necesito compañía… -

En ningún momento vi que ella abriera los labios.

Derrepente la luz empezó a menguar y unas cuantas figuras nos rodearon y comenzaron a hablar alrededor nuestro. Pude reconocer las voces, estas pertenecían a los comensales de la mesa, sobre todo pude reconocer la voz de Nihrahin y el hombre de la espada.

- Otra vez, se metió en asuntos a los cuales nunca debería haberse inmiscuido- dijo el hombre de la espada.

- Pero, ha echo que la chica se moviese- dijo Nihrahin- nadie había podido hacerlo antes, creo que merece otra oportunidad-

- Tu crees???- respondió el hombre de la espada- es muy impulsivo, este sujeto… mmmmm… tal vez nos sirva-

Se me acercaron y Nihrahin empezó a decir como un conjuro, al cabo de un momento me sentí mareado y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, no me acordaba nada de lo ocurrido dentro de la estancia de la tumba, ni lo de la persecución. Sentí un dolor en el costado izquierdo, me levante la camisa y me mire el costado en el que tenia dolor, una extraña cicatriz me asomaba abajo de la axila, todavía me dolía pero la cicatriz ya estaba cerrada.

La Elfa entro en la estancia y me miró como esperando un reproche…

Enlace (por Yamila “Naryahîn” Greco)

…quise acercarme a ella…extendí mi mano, y traté de articular palabra alguna, pero no pude hacerlo. Ella seguía ahí, de pie, y yo sentía que no podía alcanzarla. Lentamente, de los pies de ella comenzó a salir una especie de humo blanco, que fue subiendo de a poco por su cuerpo, envolviéndola hasta hacerla desaparecer de mi vista.

Hice un esfuerzo sobrehumano para acercarme a ella, y me abalancé al humo, pero caí con un golpe sordo al suelo. Ella había desaparecido.

Creí enloquecer, la busque arrastrándome pro el suelo, tanteando el aire como un ciego, hasta que las lágrimas nublaron mi vista. La desesperación me invadió, todo comenzó a girar velozmente…seguí arrastrandome por el suelo hasta alcanzar la cama…y ahí,todo se volvió oscuridad por un eterno segundo…

Capítulo XII (Por Alfredo “Adanedhel” Passo):

Estando nuevamente en la cama creí despertar. Recordaba los ojos de aquella dama que parecían estar en una profunda quietud, envueltos por el frío de la muerte se habían abierto. Mi corazón se estrujó latiendo a ritmos dispares y sentí un frío de sobrecojedora tristeza recorrer mi cuerpo. Me sentí mareado y desconcertado, me habían envenenado nuevamente?

De nuevo sentí esa insertidumbre sobre la realidad y los hechos que estaban susediéndome en ese lugar. Trastabillando me levanté. El cuarto estaba en penumbras, creí ver nuevamente esos ojos. Pero eran otros ojos. Eran nuevamente los ojos de aquella bestia horrible.

Quize huir de esos ojos tan terriblemente temerosos, pero inquietantes, que volvían a perseguirme

Me hallaba desconcertado, no escuchaba ningún ruido de, no entendía que querían de mí. ¿Para qué les iba a ser útil, que querían de mi?

La cabeza me daba vueltas mientras desesperado trataba de ordenar mis ideas. Trataba de ordenar los hechos, qué era este lugar, quienes eran esos hombres, a quienes yo había confundido por elfos. Esa mujer a quien mi corazón me había llevado a confiar. La visión del jardín y la fuente…. ah… no devuelta esos ojos. Mis manos sudaban y sentí un terror descontrolado que crecía en mí, pues esos ojos estaban aun allí, detrás mío.

Debía alejarme, debía calmarme. Pero todo daba vueltas en mi cabeza y me sentía muy mareado. Salí de la habitación y encontré un pasillo oscuro. Seguí caminando como pude tratando de escuchar algún posible indicio de donde estaba o que al menos me una con los hechos que se habían sucedido en esa reunión. Pero era en vano, cada ves más mareado me sentía, inconcientemente, me dejé caer, apoyando mi espalda contra lo que adivinara debía ser la pared de un pasillo.

Recordé de pronto las palabras del hechizo de Nahrahim y mi vuelta al cuarto. Seguramente me han envenenado nuevamente. Debo levantarme, debo huir, huir. Esa palabra golpeaba en mis oídos con increible presión. La fiebre me hacia sudar y no lograba moverme bien. Sentía nauseas y mareos. Las imágenes me venían borrosas y no lograba pensar con claridad. Con un esfuerzo enorme me levanté y seguí mi marcha en busca de algún lugar que me lleve lejos de allí.

Luego de varios minutos interminables de caminar por el pasillo, llegué a un lugar donde creí vislumbrar en la penumbra algo que me llenó de fuerzas y esperanzas. Una puerta trampa en el piso, abierta.

Me arrastré hasta la entrada y palpando comprobé que era una abertura hacia un lugar mas abajo. Había una escalera de mano apoyada, pero mas allá no se podía ver nada.

Con desesperada inconciencia, me precipité hacia abajo por la escalera, tratando de no caerme por el mareo. Pero fue en vano, después haber bajado un buen tramo, mis pies se pisaron torpemente el uno al otro, como si fuesen dos entes separados, sin coordinación alguna. Y no pude sostenerme mas con mis manos y caí hacia un costado de la escalera con un grito seco. Nunca en esos minutos había podido siquiera vislumbrar cuan larga era esa escalera o cuan lejos se hallaba el piso. Para mi fortuna, la caída no fue desde muy alto. Pero eso no me alentó mucho en el momento, caí con un golpe seco de espaldas, con lo que me quitó la respiración y me paralizó por completo. Todo estaba negro, la cabeza me dolía y el hombro me ardía terriblemente. Me quedé en el suelo por un tiempo, desesperanzado, sin poder encontrar fuerzas para seguir. Me encontraba en un lugar oscuro, sin saber donde estaba, sin saber ni siquiera que era todo este lugar. Quienes eran estas personas que nada me decían, que me curaban pero a la ves esperaban algo de mi. Me sentí desolado, sin poder comprender ni un poco de esa alocada realidad en la que me veía envuelto desde que entrara a la posada. Nada claro a que aferrarme.

Trate de tocarme, pase mi mano sobre mis ojos sin lograr verlos. Sentí un vacío debajo mío. Como la sensación de caer hacia un no sé que estando dormido. Casi con violencia me agarré por fin la cara con ambas manos. Es contacto de mis manos fue un alivio increíble. Al menos yo todavía estalla allí, si, al menos mi cuerpo todavía no estaba del todo vencido. Recorrí mi cuerpo en esa penumbra maldita y de a poco me fui calmando. Me calmé y dejé ya de tratar de comprender mi desgracia. Mi mente se volvió algo mas clara y hasta recobré un poco de valor. Volví fugazmente a ser ese guerrero de muchas batallas y una bronca acumulada se apodero de mi.

Me incorporé y observé a mi alrededor sin muchos resultados. Caminé unos metros a tientas y llegué a lo que debía ser una pared. Era lisa y de piedra fría. Pensé entonces que debía de estar en alguna especie de pasadizo subterraneo o deposito debajo de la… no, no, no importa. Estoy bajo tierra al menos eso es claro. Empecé a caminar manteniéndome en contacto con la pared.

No sé cuánto tiempo estuve así, caminando como un ciego. A medida que avanzada volvía a sentir de a ratos el dolor en mi hombro y mas que nada el mareo en mi cabeza y un vacío en mi estomago que me hacía sentir todavía más mareado. Llegué por fin a un lugar donde pude empezar a ver algo más. Lo que ví fue el techo de una gruta, y las paredes lisas. Pero todo era muy vago. Había mucho calor y humedad. Pero apresuré el paso pensando en que debía haber algo de luz mas adelante.

Minutos mas tarde, en efecto creí ver allá adelante una leve luz amarillenta. Dejé de tocar la pared y me precipite a correr como un loco hacia aquella luz. Hacia mi vana esperanza. Solo me importaba aquella luz allá delante y no me dí cuenta, hasta llegar a esa gran caverna, o lo que yo pensaba que debía ser una caverna, que estaba corriendo sobre una superficie mojada, acuosa.

Pero solo caí en la cuenta de eso y de muchas otras cosas más cuando llegue a ese lugar. En efecto había una luz ahí, pero venia de arriba, como si fuese una diminuta abertura allá en lo alto de una gran bóbeda. Me sentí mal nuevamente, engañado, desesperanzado. Miré hacia los costados y no podía ahora ver las paredes, no sabía cuán grande era ese lugar, ni ahora podía recordar con presición por dónde había venido. Ahí caí en la cuenta de mis pies mojados, la superficie blanda y cubierta de unos centímetros de líquido. Pues no era agua eso, era espesa, y empecé a caer en la cuenta también de el olor a humedad y a putrefacción.

Desesperado como nunca miré hacia arriba hacia esa maldita luz que me había engañado. Me sentí muy enfermo y caí al suelo de espaldas.

Sentí todo ese barro envolverme, el liquido entrar por mis oídos.

Sentí nauseas y me contorcioné para vomitar. Traté de gritar pero ya no pude, me hundía lentamente en ese lodo infame, lleno de criaturas horribles, pensaba, gusanos y larvas sin ojos. Pensé en mi espada y mis armas y maldije mi torpeza de no haber sido más cauto. Tan sólo tener mi espada ahora podría al menos combatir estas horribles criaturas….

Capítulo XIII, La Huída (Por Alfredo “Adanedhel” Passo):

La noche envolbía al mundo por aquellos lados. Una tormenta pasajera sacudía al pueblo esa noche. El viento mecía los pocos árboles de las calles y la gente se apresuraba en su paso hacia su casa o hacia alguna posada.

En la vieja posada del pueblo todo era normal. Mucha gente se encontraba en el salón esa noche y unos cuantos viajeros también habían llegado esa tarde. Sin embargo, nadie en el salón o en las habitaciones sabía en realidad lo que allí sucedía. Los risueños habitantes del pueblo poco sabían de los secretos que ocultaba aquella vieja posada. Acudían allí por su buena cerveza y la variedad de los visitantes que allí se encontraban a veces. Pero nadie jamás se había puesto a pensar en ese lugar como algo fuera de lo común.

Era la posada vieja y nada más. Era vieja, y sí, es cierto que tenía una arquitectura distinta y estaba hecha con materiales más sólidos que las casas de madera y piedra del pueblo. Pero así lo aceptaba la gente, era la posada vieja, grande y hermosa, un relicto de las construcciones de los viejos reinos, decían los viejos pobladores en aquellas charlas demasiado prolongadas en la noche, donde la cerveza oscura y el vino fuerte corren como un río o caen como una espesa lluvia. Tal ves tanto como la lluvia de aquella noche. Pero era así, nadie le prestaba demasiada atención, más, teniendo en cuenta la excelencia de la cerveza que ahí sabían servir.

La noche ya era bien cerrada cuando llegó a la posada un viajero de extraña apariencia. Llegó trayendo con sigo un caballo que lo seguía mansamente. Estaba cubierto por espesas ropas y una capucha le cubría el rostro. Se acercó a la posada pero el hombre que esa noche

estaba en la entrada, remplazando a la bella dama que solía dar la bienvenida a los viajeros, le dió una palabra de alto. El viajero se detuvo al pie de la escalera y dijo con voz algo áspera.

- Sólo quiero pasar la noche y comer algo caliente-

-De dónde viene usted? Tiene un aspecto extraño y no deseamos problemas aquí- Le contestó el hombre observando que el extraño llevaba un gran arco que sobresalía en sus espaldas.

-Sólo quiero una habitación y una comida, nada de problemas.- dijo secamente, y agregó- Y pago con monedas de plata, no es eso más que suficiente?-

Y así lo dejaron pasar. Entró en el salón lentamente sin dejar caer su capucha. Un joven del pueblo que se encontraba esa noche acompañando a su padre lo miró perplejo y fascinado. Sobre todo, admiró con profundo deseo el gran arco que el extraño llevaba. Profundos deseos se movieron dentro suyo al contemplar a ese sujeto y ese arco. Cuántas veces había deseado tener uno así y convertirse en un guerrero o algo más fantástico todavía. Lo siguió con la mirada hasta que se sentó en una mesa alejada que el hombre de la entrada le indicó. Luego de eso, ya no escuchó más las absurdas historias que contaban su padres y sus amigos. Algo mas importante llamaba su atención ahora, no era una historia, sino una realidad que lo inquietaba y lo llamaba con voces profundas, y lo desgarraban.

Con una última desesperada voluntad traté de luchar y moverme de alguna manera. Con violencia me arqueé y traté de gritar con todas mis fuerzas. Sentí mi boca abrirse, muda, sentí nuevamente un vacío debajo mío y por unos segundos sentí que caía. Cuando de pronto volví a la realidad con un doloroso e inesperado golpe. Mi boca empezó a sangrar y sentí mi labio cortado por los dientes. Abrí los ojos y pude ver las patas de madera de una cama. Rodé sobre mi y mire hacia arriba y los costados. No cabía duda, estaba nuevamente sobre la habitación de paredes doradas. Estaba en el piso junto a la cama.

Evidentemente me había caído de la cama en mi delirio. Pero al menos había servido para traerme, aunque brutalmente, a la realidad. Me senté sobre la cama y examiné con cuidado la habitación. No había registros de mis antiguas ropas ni mis armas. En la pared opuesta había una ventaba, pero no mire por ella. Junto a la cama había una mesita y una bandeja de algo de pan, queso y algunas carnes saladas.

También había una taza con una infusión humeando y todavía caliente.

Supuse que Nahrahin debía de haber estado en la habitación hace no mucho. Comí con avidés alerta la comida, pero no toqué ese líquido, no por más que esa carne salada y el queso me estuviesen provocando sed y el pan se me trabara en la garganta. Mi hombro ya no me dolía, pero mi cabeza no estaba del todo despejada. No sé si habría sido el hechizo o me habrían envenenado nuevamente, pero aquella pesadilla había sido horrible. Ahora me sentía mejor, podía pensar con agudeza y sentía que la fuerza me volvía un poco. Comí hasta saciarme y con la funda de la almohada que había en la cama hice una bolsa donde puso el resto de la comida. Pues ahora tenía toda la certeza de que debía de huir de allí a toda costa. Era un misterio el por qué todavía seguía con vida y no me habían matado. No sé para qué me necesitaban, pero ahora tenía la certeza de que nada tenía yo que hacer allí y que no me iría nada bien cuando se diesen cuenta de quien era y de su error. Más teniendo en cuenta mi maldita curiosidad, que me llevo a mirar en todas esas habitaciones.

Sujeté el improvisado bolso al cinturón. Y miré nuevamente la habitación, en busca de algo que me diera algún indicio de sus captores o algo que sirva de arma. Pero no pasó mucho tiempo hasta que escuchara ruidos afuera del cuarto. Me acerqué a la puerta y escuché con la oreja pegada a ella. En un principio solo escuché voces y el golpeteo del corazón en las orejas. Pero me tranquilizé y me concentré en las voces. Escuché que hablaban de mí.

Al parecer Narharin se empeñaba en que yo debía servir y que debían ser pacientes con migo. Pero la otra voz no estaba convencida y no sonaba muy alentadora.

-De alguna forma hemos de averiguarlo, si es él o no. Las pócimas no han servido y sólo le han causado alucinaciones. Debemos empezar a utilizar métodos más persuasivos de interrogación para estar seguros de que es él. Recuerda lo que pasó la última ves.

-Sí, es cierto- y soltó una risita fría que me transpasó el corazón-

Pero no debemos llevarlo ante ellos por ahora. Lo de ayer fue un error.

-Cómo se encuentra ahora? no debe escaparse y no debe salir del cuarto por nada en el mundo.

-Estuve allí hace unos minutos. Todavía está delirando de fiebre. No dejaba de retorcerse y de gemir.

Me alejé de la puerta. Bastardos, no me van a tener. Ahora ya no tengo dudas. Jajaja, reí, no contaban con que nunca dejé de ser el mismo papanatas que se caía de la cama cuando era joven.

Aún no del todo lúcido y algo débil sentí nuevamente una gran furia crecer dentro de mí. Pensé velozmente y con violencia, qué cosa en esa habitación podía servirme de arma. Cuando escuché el ruido de pasos que se acercaba por el pasillo. Malditos! y desesperadamente dí vuelta la mesita que se encontraba junto a la cama y arranqué una de sus patas.

-Ja! la fortuna empieza a estar de mi lado- dije al ver un par de clavos que habían permanecido en la pata. En ese momento sentí la puerta abrirse. La cara del viejo me miró sorprendida por unos segundos, pues sin dudarlo cerré la puerta de una patada tirando al viejo hacia atrás con un grito de dolor. Luego la abrí violentamente desde un costado y di un salto hacia adelante. Nahrhin me miró sorprendida y dio un paso atrás. Lo miro como buscando nuevamente la complicidad de su corazón, pero fue en vano. Esta ves no duraría. Con violencia le asesté un duro golpe en el cuello. Y los clavos se hundieron un su carne. Luego otro golpe en la frente y ya no despertaría jamás. Otro golpe certero y el viejo ya no se levantaría.

Revise rápidamente al viejo pero solo encontré un cuchillo largo, pero ninguna otra arma.

Se avalanzó con rapidez por el pasillo. Era su última carrera, ya el silencio no valía. No importaban las puertas, los pasadizos, solo debía buscar la salida de ese lugar.

En el salón todo estaba tranquilo, el viajero tomaba apaciblemente una cerveza y fumaba tranquilo, paciente, atento, su pipa. El joven lo miraba desde lejos, sintiendo un caos dentro suyo que se volvería incontenible si no hacia algo. Las manos le sudaban y las viejas historias de magos y guerreros le daban vueltas por la cabeza. Un recuerdo en especial le llamo la atención. Un encuentro con unos elfos en un bosque una ves hacía mucho. Recordaba con nitidez las palabras de esa bella lengua que hablaban, pero no podría pronunciarlas, era solo un recuerdo de ellas.

De repente, se escucharon grandes ruidos de cosas rotas, griteríos y un gran tumulto se levantó en una de alas del salón. Se levantó bruscamente y vio que un hombre con cara de alegría y alarma a la vez, se precipitaba en una carrera violenta dando contra unas mesas y rompiéndolas. Sostenía un palo corto y un cuchillo ensangrentado en la otra mano. Se levantó y miró para otros lados medio desconcertado.

Desde la puerta por donde había salido disparado, aparecieron varios hombres, uno de ellos con una gran espada desenvainada y ojos llenos de furia. Se precipitaron sobre el sujeto que se levantó desesperadamente y empezó a correr hacia la puerta. Uno de sus perseguidores estaba por dar un mortal golpe con un hacha, cuando surcando los aires, humeantes y mundanos, una flecha certera como el tiempo, dio de lleno en el pecho del agresor que callo hacia atrás, inerte.

Una poderosa vos se elevo en la posada

-Corre Hellbrunn corre!- mientras acomodaba otra flecha en su arco, que segundos después silbara lanzando ese mensajero de la muerte a otro de los perseguidores de su amigo.

Pero nada había de ser tan fácil. En su desesperada corrida hacia la puerta había varias mesas y más hombres salieron por la puerta en su búsqueda. Su amigo, salió de su rincón blandiendo un hacha corta y rapidamente dio muerte al hombre que esperaba junto a al puerta. A unos metros de ella Hellbrunn tropezó y fue a dar nuevamente contra una mesa. En el suelo se dio vuelta para ver con desesperación que el maldito guerrero con su espada mortífera se estaba por avalanzar sobre él. Pero en ese mismo momento ocurrió algo que nadie esperaba. La gente que había estado sentada en esa mesa se encontraba espantada entre las otras mesas, pero entre ellas se encontraba el joven inquieto que si poder moverse se había quedado a unos pasos del caído. Ya la violencia de su interior pudo más que él y sin saber cómo ni qué hacía, dejó salir de mi garganta un fuerte grito impreciso:

- Naur an edraith ammen!-

A lo que varias sillas que se encontraban a los pies del gran guerrero estallaron y se prendieron de fuego instantáneamente, haciéndolo retroceder.

Sin vacilar, Hellbrunn se levantó y salió corriendo seguido por el joven.

Una última flecha surco los humos de la sala encontrando algún otro blanco. Tras lo cual la puerta de la posada se cerró, dejando dentro un gran caos de gente atónita.

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