Tercera entrega de nuestro amigo Darío “Lord Daril Riuuallon”:
Lord Daril leyó el ultimátum que acababa de recibir. Era el segundo comunicado en menos de una semana, y no parecía para nada más tranquilizador que el anterior. La situación se estaba saliendo de control, y cuando eso ocurría derivaba irremediablemente hacia un mismo final: invasión. Desvió la vista y quedó pensativo mientras observaba el objeto de tantas disputas. Resolvió que bajo ningún motivo devolvería los rollos de pergamino sanitario… eran demasiado suaves para cualquier otro mortal, y además, él ya se había adelantado y estaba a punto de terminar los preparativos para detener el ataque. Consultó su reloj solar y decidió que sus armas ya deberían de estar listas en la armería, donde las había dejado para reacondicionarlas luego que ese estúpido Troll las hubiera usado por error para afeitarse.
Entregó el ultimátum a su criado para que lo archivase, al tiempo que informó: “Bajaré al taller para ver si el maestro Telanis terminó ya con mi espada”.
El corazón del criado dio un vuelco al oírlo “¿Entregó sus armas a Telanis?” y agregó con tono temeroso “¡No debió haberlo hecho, amo! ¡No sabe los pasatiempos de ese enano!”
“Telanis fue un regalo de mi primo durante las campañas del sur” lo reprochó Lord Daril”. Y es un excelente artesano.”
“Si, pero…” y el pobre criado no había abierto la boca cuando Lord Daril lo empujó y se dirigió raudo hacia las catacumbas.
Las puertas de los niveles inferiores siempre se encontraban cerradas y custodiadas, debido a las terribles corrientes de aire que se filtraban desde allí, y que solían arrastrar los sonidos propios de los talleres, los quejidos de los prisioneros y las conversaciones indebidas de los guardianes hacia su señor.
El guardia que hacía turno a esas horas se enderezó al verlo venir.
“Abre” ordenó Lord Daril “¿Sabes si Telanis se encuentra en el taller?”
“Espero que no” rió el guardia.
Lord Daril lo miró sin entender. “Espero al menos haya dejado mis armas en condiciones” La risa del guardia se detuvo de improviso.
“¡Mi señor, no debió dejar las armas en manos de ese enano!” dijo.
“Tonterías” exclamó Lord Daril “¡Es el mejor artesano de todo Rhûn!”
El guardia lo miró nerviosamente “Puede ser, pero yo no aprobaría sus pasatiempos…”
“No me importa siempre y cuando cumpla con su trabajo” afirmó Lord Daril internándose en la oscuridad de las catacumbas.
Bajó dos niveles y torció hacia la derecha, atravesando un gran arco de piedra y penetrando en un pasillo oscuro con diversas estancias repletas de herramientas y elementos de tortura. Los ecos metálicos de la fragua se intensificaron a medida que llegaba al final del pasillo, donde se filtraba una luz tímida y amarillenta. Entró en la fragua principal, golpeando un pesado escudo apoyado en el suelo, a modo de llamado. El único trabajador que se encontraba allí se volvió para saludar a su señor.
“¡Ah, mi señor Daril!” exclamó “Adivino a qué ha venido”.
“Maestro Telanis” saludó Lord Daril “La hora se acerca. ¿Cómo están mis pequeños tesoros?”
“¡Como nuevos!” afirmó Telanis provocando la sonrisa de su señor “Aquí los tiene” agregó girando hacia una rústica mesa de piedra.
Escarbó entre las muchas espadas apiladas allí, para luego dirigirse hacia Lord Daril con el orgullo reflejado en los ojos.
“¡Hela aquí!” señaló abriendo la palma de la mano.
Las facciones de Lord Daril se aflojaron en cuanto clavó la vista en lo que Telanis le ofrecía. Recogió temeroso una pequeña espada de 4cm de largo, cuya forma era perturbadoramente similar a la de su arma personal. La tomó cuidadosamente entre el índice y el pulgar y la mantuvo frente a su incrédulo rostro.
El enano sonrió satisfecho “Es tan filosa que atravesaría una ardilla sin problemas” agregó pinchando con poco esfuerzo una aceituna en la punta del filo.
Lord Daril desvió la vista de la aceituna al enano y de allí a las paredes del lugar, percatándose por vez primera de la extraña decoración del recinto. Cientos de miniaturas estaban prolijamente presentadas en sendos estantes al rededor de la fragua principal. Una pequeña catapulta que arrojaba virutas de madera, un ariete firmado con elegantes runas: “recuerdo de Rhûn”, y una extraordinaria reproducción de la torre de Dol Guldur, con la figura de un doncella que agitaba los brazos cuando se pulsaba una piedra saliente en la base de del modelo; eran algunas de las maravillas acomodadas en las paredes, y que su sola vista hizo hervir la sangre de Lord Daril.
Sin darle tiempo a reaccionar, el enano volvió a tomar la pequeña espada, retiró la aceituna delicadamente con los dientes y se dirigió hacia su mesa de trabajo.
“Y sólo por tratarse de usted” adelantó mientras tomaba algunos implementos que Lord Daril no pudo reconocer. Escupió el carozo, giró y presentó a su señor una pequeña cajita cerrada con un vistoso moño rojo y adornada con algunas campanitas de hierro.
Lord Daril lo miró largamente. Sin apartar la vista de su víctima, cerró lentamente la puerta del taller.
A la mañana siguiente sus hombres encontraron un gran paquete en la puerta principal de la fortaleza. Unas hermosas runas doradas, impresas sobre una fina tarjeta de papel de seda, dejaba instrucciones de cargar el paquete hasta el lago meridional, botarlo y de un puntapié enviarlo lo más al sur que el viento pudiera llevarlo.
Escrito por: Darío “Lord Daril Riuuallon”
Un día como hoy de 1892 nacía en Bloemfontein, Sudáfrica, John Ronald Reuel Tolkien. La ATA levanta la copa metafórica para celebrar la profusa obra de este profesor de filología inglesa y académico que da razón de ser a nuestra asociación. ¡120 años cumpliría hoy Tolkien!
En una entrevista concedida a 