Una luz en la noche

 
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Haradrim
Trasgo
Trasgo


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MensajePublicado: 03-06-2008 20:16    Asunto: Una luz en la noche Responder citando

Una pequeña ucronia que escribi hace un tiempo.




Una luz en la noche

La batalla había terminado.

Y había sido un triunfo completo, aquí y allá podían distinguirse los cuerpos de los salvajes de las islas del sur, cuerpos oscuros y semidesnudos, mutilados. No había caso, la superioridad de las armas de los peloamarillos frente a las primitivas lanzas y garrotes e los salvajes era innegable, hierro filoso frente a lanzas con punta de piedra, flechas o mazos de madera, y escudos de madera con cintas de hierro y cota de mallas contra los cuerpos casi desnudos de sus enemigos.

Ya empezaba a amanecer, la noche se retiraba y su negrura era reemplazada por un pálido gris azulado, y en donde nacía el sol, por celeste y después blanco. La nueva luz le permitió observar mejor la playa, con sus olas lamiendo la orilla manchada de sangre, y en medio de ella, aquí y allá, boca arriba, boca abajo o sin cabeza, a veces flotando en el agua y siendo arrastrados por la marea, se hallaban cuarenta o mas cadáveres de los salvajes, mientras que no había ningún caído entre los suyos, o eso parecía.

Habían atacado de noche, esperando tomarlos por sorpresa. Si, esa noche arrasarían con el poblado de los hombres pálidos, acabarían con todos los peloamarillos, solo dejarían a las mujeres, a las jóvenes al menos, y tendrían un verdadero tesoro: hachas, cuchillos, espadas, todos los objetos de metal que ellos no eran capaces de hacer y de cuya fabricación solo los peloamarillos tenían el secreto.

Pero cometieron un error, antes de enfilar sus piraguas a la isla de los peloamarillos, atacaron un pueblo aliado de ellos. Eran de la misma raza oscura de los skraelings, pero pacíficos y entre cuyas costumbres no figuraban el canibalismo y otras igual de brutales. Este pueblo aliado, así como otros, solian comerciar con los hombres pálidos y con pelo en la cara, trayéndoles fruta, pescado, alimentos en general, que intercambiaban por herramientas y armas de metal. Las relaciones entre ambos pueblos eran buenas, tanto que en mas de una ocasión se aliaron para combatir a otros, generalmente salvajes de las islas del sur, a veces los peloamarillos tomaban como esposas a las morenas mujeres de las islas, a veces era el caso contrario.

Esa alianza fue la causa de que atacaran primero aquel villorrio, por considerarlos traidores, y masacraran a su gente. Solo unos pocos lograron escapar, entre ellos un chico que logro hacerse a la mar en una piragua y llegar a la isla de los peloamarillos.

Allí contó lo que había sucedido y solicito ayuda, Harald den Rode, el jefe de la aldea, alerto a todos los hombres y les dijo que pasarían la noche en vela y con una mano sobre la empuñadura. Ya atardecía y creía que ya era demasiado tarde para ir en auxilio de nadie.

Y la espera no fue en vano. Llegaron en silencio, desde el otro extremo de la isla, cosa que el ruido de los remos no los delatara, llegaron en lo mas oscuro y frío de la noche, un centenar tal vez. Llegaron a través de la playa, a través de los árboles, con sus flechas preparadas, rodeando el villorrio protegido por una empalizada, en medio de la jungla, en silencio, se prepararon. Encendieron antorchas, procurando que no se vieran entre los árboles, y encendieron sus flechas, y pronto una lluvia surco la noche y cayo sobre los techos y la empalizada. Eso era algo que ellos no esperaban, los skraelings demostraban ser más astutos de lo esperado.

Y vino un aullido, y los salvajes empezaron una algarabía ensordecedora, gritos y aullidos escalofriantes, pero nada de eso aturdiría ni disminuiría el valor de su gente, y mientras las mujeres trataban de apagar el fuego sobre sus tejados, los hombres, embebidos del furor sagrado, e invocando los nombre de Odín y Thor, abrieron las puertas de la empalizada y salieron todos enarbolando sus armas, sorprendiendo a sus salvajes enemigos.

Y ahora el sol aparecía, el triunfo había sido total y era hora de lamer sus propias heridas, mientras los hombres feos huían a sus islas aullando su derrota y la sangre derramada. ¿Habrían derramado también ellos valiosa sangre vikinga? ¿Habría que lamentar la muerte de alguno de su gente? ¿Un barco ardería en los días siguientes para llevar el alma de un valeroso guerrero al Valhalla?

Y su temor se volvió solidó, mas aun cuando vio como se amontonaban en un punto de la playa, hombres y mujeres, ¿Qué habría pasado?

Y corrió hacia allá, entre los cuerpos mutilados de sus enemigos, y llego pronto donde esa muchedumbre, que crecía a cada minuto. Oyó gritar a un mujer, y la voz áspera de un hombre que le ordenaba que se callara, pero en ese breve grito había tal acento de dolor que por un segundo sintió que su corazón se enfriaba, y algo muy parecido al miedo (pero, no podía ser miedo) inundaba cada centímetro de su ser.

Y se encontró de golpe con Knud, un viejo tío suyo, un águila de mar tuerta y de mal carácter, quien lo detuvo y lo sujeto firmemente de los hombros.

Por un instante vio una profunda y terrible emoción en su rostro, pero el, haciendo un gran esfuerzo, logro dominarse y mirando fijamente a los ojos de Sven, le dijo estas palabras asombrosas:

-Sven, alégrate.

-¿alegrarme? ¿Porque?

-Porque tu padre vera el amanecer desde las costas del Valhalla.

-….

-Es un gran honor para tu padre, porque ha sido un líder justo y prudente todos estos años, y un gran guerrero.

Y aparto de golpe a Knud, y se introdujo entre la multitud, apartando a empujones si era necesario. Nada veía, nada sabia, hasta que llego al centro, y lo vio.

Habían cerrado sus ojos, y le habían limpiado la sangre del rostro, que tenia un aspecto sereno, pero la sangre seguía manchando sus cabellos y formaba un charco debajo de su cuerpo, no, no un charco, sino una masa oscura a medida que la arena se bebía la sangre.
40 cadáveres dejaron los Skraelings, los hombres feos, entre la playa y las olas, varios heridos entre ellos, los vikingos, los hombres pálidos, los peloamarillos, y un solo muerto, su jefe.

Harald den Rode, Harald El Rojo, el líder de la aldea, el mayor de todos los guerreros, el padre de Sven, estaba muerto. Muerto, muerto…

«”Un día murió uno de los jefes de la expedición vikinga y el embajador pudo seguir los ritos funerarios desde su comienzo hasta su final. Para empezar colocaron el cadáver en una tumba provisional sobre la que instalaron un tosco tejado y allí estuvo durante diez días mientras le confeccionaban el vestuario mortuorio.

»Si el difunto era un hombre pobre construían una rudimentaria barca en la que le colocaban y le quemaban después. Pero si era un hombre rico, de su fortuna hacían tres partes: una para su familia, otra para los vestidos mortuorios y otra para preparar una bebida muy fuerte, llamada nabidh, que los deudos y amistades del difunto bebían sin descanso hasta el día de la incineración del cadáver.

»Cuando un gran personaje muere los familiares preguntan a sus esclavos, hombres y mujeres, quién quiere morir con él y acompañar al difunto a ultratumba. Si alguien dice «yo», ya no puede volverse atrás. La esclava, porque generalmente son mujeres las que se ofrecen para el sacrificio, se ve separada de la familia y confiada a dos jóvenes muchachas que cuidan de ella, la acompañan adondequiera que va y la lavan cuidadosamente.

»Mientras tanto se confeccionan los vestidos que ha de llevar el cadáver y la esclava bebe y canta continuamente sin perder la alegría.

»Cuando llegó el día en que el hombre tenía que ser incinerado y la muchacha con él, los asistentes cogieron una barca, la colocaron sobre las arenas de la playa y a su alrededor pusieron gran cantidad de madera.

»Sobre la barca depositaron la cama en que había dormido el difunto y la cubrieron con colchones y almohadas de brocado. Llegó en esto una vieja, a la que llamaban el Ángel de la Muerte, encargada de arreglar todo el paramento que se había preparado y de matar a la esclava.

»Fueron luego todos a la tumba en que habían sepultado al muerto, al que desenterraron junto con unas botellas de nabidh, frutas y otros alimentos. Vistieron el cadáver con pantalones, botas, una túnica y un caftán de brocado con botones de oro y colocaron sobre su cabeza una gorra de brocado y pieles de marta. Le llevaron a la barca, le sentaron sobre el colchón y lo sostuvieron con cojines y almohadas. Colocaron junto a él el imprescindible nabidh, frutas, plantas olorosas, pan, carne y cebolla. Después partieron en dos a un perro y lo dejaron a sus pies. Mataron dos caballos a los que previamente habían hecho correr hasta que estuvieron sudados, los cortaron a trozos con los sables y su carne fue colocada sobre la barca; lo mismo hicieron con dos vacas, un gallo y una gallina.

»Mientras esto sucedía la esclava que debía morir visitaba a los diversos jefes del campamento y se unía sexualmente con ellos, que, cuando terminaban la agradable ceremonia, le decían: «Di a tu amo que lo hemos hecho por amor a él."

»Cuando llegó el momento de la oración del viernes pusieron los hombres a la esclava sobre una ancha tabla y la levantaron tres veces lo más arriba que podían mientras ella pronunciaba unas palabras. Cuando terminó la ceremonia le presentaron una gallina a la que cortó la cabeza y que fue depositada en la barca como se había hecho con los otros animales.»

El viajero que narra esta ceremonia preguntó a un intérprete qué había dicho la muchacha mientras la elevaban sobre la tabla. La primera vez había dicho: «He aquí que veo a mi padre y a mi madre.» La segunda vez: «He aquí que veo sentados a todos mis parientes muertos.» Y la tercera: «He aquí que veo a mi amo sentado en el paraíso y el paraíso es hermoso y verde. Con él hay hombres y muchachas y me llama. Llevadme hacia él.»

«La llevaron a la barca, en donde ella se quitó dos brazaletes y los entregó a la mujer llamada el Ángel de la Muerte. Dio otras joyas a las muchachas y subió inmediatamente a la barca funeraria.

»Después los hombres la rodearon con escudos y bastones. Le entregaron una copa de nabidh que bebió de un trago. Después cantó la joven unas estrofas con las que se despedía de sus compañeras. Le entregaron una segunda copa y varias más, tras lo cual entró en el lugar que ocupaba el cadáver de su amo.

»Los hombres golpeaban sus escudos para que no se oyesen los gritos de la esclava y uno tras otro, hasta seis, cohabitaron con ella. A continuación la acostaron al lado de su amo. Dos la cogieron por los pies y otros dos por las manos. El Ángel de la Muerte le colocó una cuerda en el cuello dándole una vuelta y entregó las extremidades a dos hombres para que tirasen de ella. Se acercó a la muchacha y con un puñal le atravesó el corazón mientras los dos hombres la estrangulaban.

»A continuación el más joven de los parientes del muerto cogió una antorcha y completamente desnudo, con una mano cubriendo el orificio de su ano, prendió fuego a los maderos que rodeaban la barca. Después todos, con teas y leños, ayudaron a propagar el incendio, que destruyó la barca y todo lo que contenía.” »


Sincello, historiador bizantino de la corte de Constantino VII Porfirogeneta (“el nacido púrpura”), emperador del 913 al 959

Muchas costumbres se habían perdido, demasiadas pensaban los mas viejos, hace ya mucho que no habían esclavos, y por lo tanto la costumbre de sacrificar uno durante la ceremonia ya no existía. También habían desaparecido los perros, ya solo se sacrificaban los caballos y dos pavos, la encargada de esto era el ángel de la muerte, rol que aun se conservaba. El nabidh todavía se bebía, pero no era la misma bebida que la de sus antepasados, sino un brebaje casi sin alcohol que avergonzaría a un vikingo, a un verdadero vikingo.

Si, muchas costumbres se habían perdido, demasiadas desde los tiempos en que llegaron de Vinland, demasiadas cosas perdidas desde que dejaron sus colonias de Markland, Straumfjord y Helluland, muchas costumbres y tradiciones olvidadas. Pero algo todavía se conserva, y de forma pura: el orgullo de ser vikingos.

Sven, vestido, fue quien encendió la hoguera, y después junto a varios otros jóvenes empujaron la barca hacia el mar, y contemplaron como se alejaba hacia el horizonte, mientras el sol se hundía fuera de su vista y la noche ganaba el cielo.

Todos, toda la aldea contemplaba la hoguera a medida que se alejaba, mientras el ángel de la muerte entonaba un monótono canto. Y, por un momento, lo vieron.

Vieron a Odín, jefe de todos los dioses, gobernando en Asgard, la residencia de los Aesir. Lo vieron sentado en un trono, sosteniendo en su diestra a Gungnir, su lanza, y en sus hombros estaban posados los cuervos Hugin (Pensamiento) y Munin (Memoria).

Y subiendo al cielo por un arcoiris multicolor, vieron a las valkirias, las que cabalgan con Odin en la batalla, guiando a los guerreros muertos al Valhalla.

Vieron también a Thor, dios del trueno, con sus rojos cabellos y enarbolando a Mjöllnir, su martillo, mientras combatía a trolls y gigantes.

Vieron a Freyr y a su hermana Freya, de la familia de los Vanir, vieron también a Frigg, a Sif, a Tyr y a Balder.

Todas esas cosas vieron, pero solo fue un instante y luego desapareció. Y se hizo de noche.
…………………………………………………………………………………………

-Padre, acúsome de haber pecado.

-¿Quieres confesarte hijo?, tu barco ya esta por zarpar, debes subir y partir en un viaje, con la venia de Dios, glorioso.

-ese es el problema, padre, quizás mi viaje no sea glorioso, y ahora, en que ya no hay vuelta atrás, dudo… dudo demasiado.

-¿Qué te aflige, hijo?

-Que he mentido, he dicho a todos que navegando hacia el oeste se llegara a las Indias. Y es verdad, pero el viaje será mucho mas largo de lo esperado… de lo que he dicho.

-¿Estas seguro, hijo?

-Si, todos mis cálculos son correctos, se exactamente la distancia que debo recorrer, y el tiempo que tomara hacerlo. Por eso dudo, y por eso he mentido a todos, a mis mecenas y a mi tripulación.

Si triunfo, regresare y me llenare de gloria, y llenare de gloria a España, a los Reyes Católicos y abriré nuevos caminos para llegar a viejas tierras… absuélvame padre, que he pecado, pero lo he hecho por un bien mayor.

-Pero primero debes arrepentirte hijo…

…………………………………………………………………………………………….

-Pero primero debes arrepentirte, hijo

Si, arrepentirse, no lo había hecho, y quizás ya era demasiado tarde para eso.

Si, ya era demasiado tarde. Porque lo sentía, lo sentía a sus espaldas, casi como algo físico. Los murmullos, los susurros, las palabras entre sus hombres que no llegaban a sus oídos, lo sentía, sentía como se incubaba la rebelión como una mariposa monstruosa saliendo de un capullo hinchado y viscoso.

Apoyado en la borda de su navío, mirando la oscura e infinita noche, se permitía, por una vez, dejarse ganar por el desaliento.

¿Cuándo ocurriría? ¿Cómo ocurriría?, no sabia que tan cerca estaba, creía poder conformarlos –engañarlos- un poco mas, quizás hasta unas semanas mas, pero tarde o temprano, tendría que ser realmente duro para mantenerlos quietos, y cuando eso pasara, su final, posiblemente, ya llegaría.

¿Cuando? ¿Como?

Y entonces lo vio.

Una luz en la noche, pequeña, bailarina, casi una estrella. Pero estaba demasiado baja en el horizonte, y estaba casi seguro… no, estaba totalmente seguro de que no era una estrella. Era otra cosa.

Una fogata, una fogata encendida por algún habitante de las Indias, quizás para calentarse en la noche, quizás para cocinar, quizás para guiar a algún barco en medio de una costa peligrosa, quizás para guiarlos a ellos…

La luz se extinguió poco después, mientras el navío que llevaba el cuerpo de Harald den Rode se consumía en medio de las aguas.

…………………………………………………………………………………………….

En la noche del 11 de octubre de 1492, a las 10 PM. Cristobal Colon aseguro ver una pequeña luz en el horizonte, que no podía ser confundida con una estrella. Según cálculos actuales, en ese momento debía estar a 80 kilómetros de la tierra mas cercana, la isla de Guanahaní (San Salvador, Bahamas), para que una fogata encendida en ese lugar pudiera vislumbrarse desde la Santa Maria, tendría que estar a una altura de 425 metros, cosa imposible porque la mayor altura de esa isla es de solo 43 metros. Algunos creen que no fue más que un engaño del propio Colon para darle esperanzas a su tripulación.

Por supuesto, la explicación pudo haber sido distinta.



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