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Azaghâl Uruk-Hai


Registrado: 16 May 2004 Mensajes: 319 Ubicación / Smial: Máre vilyar, vilyar vilyar, máre máre...
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Publicado: 03-04-2005 19:56 Asunto: Medianas tradiciones |
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¡Fuerte, … más fuerte!
"Don't say such evils, the brushwood hears"
old adage from Proverbs, sayings and other witty remarks of the Shire
by Sam Gamgee
Cuentan por ahí muchas de las malas lenguas, aquellas que acostumbran a rondar por estos lugares, sobre diversos orígenes de muchos de los relatos que circulan incesantemente de boca en boca, ora un tío le cuenta a su sobrino la historia en un lugar preferente junto al fuego, ora se los cuentan los empedernidos medianos bebidos en algunos de esas inspiraciones, hijas de la melancolía y un buen porrón.
Dicen, o se habitúan a ello, que las tantas historias que circulan son en su totalidad una sarta de embustes, y, a pesar de lo que afirmen muchos de los medianos y de la gente grande, me dispondré sin más retraso a contarles alguna de las misma que han llegado a mis oídos y que me han regocijado, y lo siguen haciendo, en lo más profundo de mi espíritu.
Tal vez, la historia se remonta, sin yo saberlo, a un tiempo remoto en el que todavía ni el mismísimo abuelo Toro Bramador de los Tuk había nacido, pero si ustedes se ven dispuestos a prestar atención a lo que mi pluma esboza, les contaré la maravillosa fábula de uno de los tantos hijos de la antigua estirpe hobbítica, el grande y renombrado Birudoc, si es que alguno de ustedes, gente grande, lo conoce.
Era una de esas mañanas estivales en la localidad de Balsadera, esas que el calor llega a su máximo y uno no lo aguanta, teniendo que arremangarse la camisa y empezar a utilizar los pantalones ajustados a la época, pues, como saben, la franela se vuelve algo terrible. Todos los pueblerinos, como se acostumbra hasta el día de hoy, salían de sus hogares para dedicarse a sus tareas diarias, desde la siega del heno, hasta la preparación de la cerveza, producto muy gustosamente consumido por las gentes de los pueblos allende al río, especialmente por los poblados que son extraños a la comarca. Era un día en que ni las liebres salían de sus frescos huecos, apenas se asomaban los petirrojos de entre los árboles que servían de cerca y ni hablar de los otros bicharracos que se divertían conjuntamente con los pequeños medianos que salían a jugar al campo abierto; todos se hallaban tirados sin ganas de nada como abombados. Entre ellos, se encontraba el diminuto de origen fuerte, que, a pesar de su tamaño, ya mostraba los definidos rasgos de todos los que se habían asentado de la margen este del río, los Brandigamo.
Creo que era el único, pero el único, que saltaba y correteaba a pesar de cuánto se hubiera enfurecido el Hombre del Sol con nosotros, las personillas de la tierra.
- ¡Vente! Le decía Birudoc a su primo materno Sadoc – Encontré unas cositas entre los espinos de la orilla! – Pero lo único que Sadoc quería era seguir remojándose, como un sapo cansado.
Ya nadie, y cuando digo nadie me refiero a que se volvía tan pesado casi como un Sacovilla-Bolsón, tenía ganas de acompañarlo en sus andanzas, era un niño tan inquieto que apenas la madre le decía "¡No te vayas muy lejos!" o tan sólo un "¡Cuídate!".
De seguro que no se cuidaría, pues, como cualquiera de nosotros, su capacidad de admiración se volvería algo verdaderamente peligroso.
Una vez, luego de tanta insistencia, logró acompañar a su padre al villorrio de Bree. Debía hacer por allí algún que otro negocio, especialmente saldar cuentas, pues, como muchos otros, era un arrendado y sus pocas oportunidades no iban mas allá de la última posada.
El viejo Odo, que bien sabía dedicarse a lo que sabía, buscaba dónde comerciar mejor la producción que le había resultado de una cosecha especialmente propicia, era su especialidad, como la de todos los de su estirpe, el trabajo del campo y, en un momento de astucia, se le había ocurrido incursionar en la producción de cebada. ¡Para qué! Su cosecha había sido la mejor de ese año y, sin más retraso, se dispuso a hacerla algo que es sumamente preciado más que cualjquier bebida, aquello que es sumamente sólido y perpetuo, oro, dinero.
No valía ya mantenerla en los silos a que juntara no se qué, pero, pensando exactamente eso, se dispuso como el mejor enano a hacer negocios y a buscar sacarles el mejor provecho.
Su hijo estaba como siempre saltándole en derredor, vueltas y vueltas a fin de marearlo y diciendo sin cesar "¡Llévame, llévame!". El niño era merecedor sin duda de no ir, pero, como todo niño, es la dulzura de sus criadores que no piensan más que en darle todas las comodidades y gustos.
Saltaba y reía el pequeño Matorrales encima del cargamento que arrastraba tanto ese viejo y pobre carromato como ese diminuto burro que se encontraba en las mismas condiciones que la madera con ruedas. Su padre, hastiado del menor, dormía mientras manejaba su hijo mayor, Turoc, que sin duda tenía menos paciencia.
- ¡Cállate, molesto!
- Bah (con un ofensivo gesto de lengua a sus espaldas)
- Ya te delataré con papá. Te ví, vago.
- Imposible. Sólo los magos ven por las espaldas.
- Yo soy uno de tantos.
- ¡Patrañas! Sólo eres mi hermano.
- Y soy un mago, de muchas mañas.
- Mago mis petunias.
- Si me molestas tendrás pezuñas.
- Bien sucias tienes las uñas.
- Cállate, o en la boca te meteré unas cuñas. (con su correspondiente gesto insultivo)
- ¿Eh, qué son cuñas?
Y así terminó Turoc la discusión, apelando a la ignorancia de su hermanillo.
Habían ya recorrido un largo tramo hasta que llegaron a destino, al sitio donde su padre buscaba sacar buena cuenta de sus productos, que no sólo incluía a la cebada, sino también a cosas tales como miel, y, muy especialmente, las preciadas trufas de casa Brandy. Si, si, si, eran muy preciadas para las gentes de fuera de la comarca, en aquellos tiempos escaseaban por todo Arnor y, salvo lo que aparentemente conseguían los montañeses en sus lares, las trufas eran en verdad inconseguibles. Nadie pensaría en regalarlas, a menos que fuera un verdadero regalo de un amigo sincero.
Tamaño negocio se proponía Don Matorrales, conciente de su mercadería, y dispuesto al todo o nada en cuestión de comercio.
Al llegar por fin al mercado, que, si mi cabeza no me deja mentir, bullía de gente; unos peleando un precio por aquí, o, por acullá salían, tal vez, muchos satisfechos, ingenuamente, por su aparente victoria en el negocio. Buen ojo tenía su padre, y bien le había dado en enseñárselo a sus niños, bastante vivarachos.
Los más interesados en aquellos productos no eran ni más ni menos que los traicioneros montañeses, de mala fama bien adquirida y un marcado aspecto feroz que, sin duda, metía desconfianza hasta a los más bravíos de todos los pueblerinos. Creo que uno de ellos, por supuesto, el jefe, venía a llamarse algo como Lochlan y no sé que ocho cuartos. Era un olifante de mala cara, morrudo, y muy pero muy barbudo. Tenía consigo un par de amigotes bastante raros, o al menos para lo que sería raro para mí, que cuchicheaban entre ellos no se qué cosas; ¡Vaya a saber Eru qué planeaban! De seguro nada bueno.
Así fue como, pensando el pequeño Birudoc lo mismo que pensaríamos nosotros, entró a seguirlos hasta que se fueron un poco alejados del centro de la ciudad; claro está que sin conocimiento de su padre, y mucho menos de su hermano, que ya estaba en edad de divertirse en las tabernas, lugares muy a gusto de hobbits saliendo de la pequeñez, por así decirlo.
El pequeñito, cuidándose de no ser visto, se escabullía tal ardilla por entre el verde y, sin más retraso, alcanzaba a seguir los tremendos pasos de esos hombresotes.
- ¡Bah! Ese vejete mediano tiene mucho y pide también mucho
- No paguemo Horan
- ¿Qué dices? Tienes la mirada mala
- No, no, no. Quiero tené la cosa. Vale mucho
- ¿Darle sopa? Mmmmm…
- Sí. Sopa.
- Y los críos
- ¿Lo niño? Andan por ay.
- Hecho.
- Va.
En ese mismo momento la sorpresa del mediano que escuchaba atentamente alcanzó su punto máximo, no daba crédito de que hablaran sobre eso con tal soltura, nunca había creído que hubiera personas que pensaran en tomar lo de los demás, o simplemente no quisieran tener las cosas como se debía. Esos eran hombres verdaderamente malos.
Quiso escapar del susto, sorprendido y tembloroso, pero, para su pesar, las malas gentes lo vieron y no hicieron algo mejor que empuñar sus armas al menor ruido. Temían, según sus palabras, que alguno de los "oídos de Gondor", como ellos dijeron, estuviera en el lugar. Por eso, el llamado Horan no dudó en tirar un espadazo.
Al momento llegó Lochlan, que aparentemente escuchaba la conversación, y les recordó a sus dos hombres que de seguro que a lo que ellos temían eran las personillas de los matorrales, que constantemente se divertían en esconderse de la gente grande, pues les temían. Porque los hombres eran capaces de hacer una infinidad de males. Sus textuales palabras fueron: "No digas tales males, que oyen los matorrales".
Así fue como se salvó Birudoc, de perder algo más, pues en el primer sablazo un pequeño pedacillo de su oreja se separaba de él para no volver más, y, para colmo de males, para dificultarle la audición para su futuro. Ese fue el primer momento en que Birudoc no lloró, aguantándoselas como un muy fuerte mediano adulto.
Corrió y corrió a ver a su padre, quien, oyendo su historia, decidió no comerciar con esos hombres de las montañas, que tanto mal le harían a él y tal vez a otros. Los denunció a milicia y, sin más retraso fueron apresados Horan y su compañero de mal acento. Lochlan, furioso por sus compañeros de negocio, esperó pacientemente a esperarlos, pues, como es de saber, perder un buen negocio puede ofuscar a muchos hasta el extremo. Aquellos dos fueron encargados de vuelta a Lochlan luego de saborear las mazmorras y de ser sacados gracias a la fianza que el mismo pagó, pero, a partir de ahora, serían sus esclavos y se someterían a las crudas leyes dunlendinas.
Esta es la historia que surge del refrán del famoso y viajado Birudoc. Con ella enseñó mucho a las generaciones que le siguieron, mostrándoles cómo inmiscuirse en lo ajeno es algo que puede traer malas consecuencias, como así también es incorrecto pensar y transmitir cosas feas, pues, siempre existen oídos que oirán más de lo debido y existirá la correspondiente retribución.
Na Bilba Labingi _________________ Los malos la rulean... hasta el último segundo, que la rulean los buenos. |
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