La Plata Ciudad Soñada

 
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Meneldil
Rohirrim
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Registrado: 13 Jun 2003
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MensajePublicado: 19-01-2005 05:13    Asunto: La Plata Ciudad Soñada Responder citando

Este cuento se me apareció un día de niebla caminando por las cercanías de la Catedral, y lo escribí casi de corrido. Ahora, más adelante, estoy releyendo, haciendo autocrítica y abriendo los oídos. Si lo leen, me gustaría que lo comenten.
Menel, niño palteño

***
La Plata Ciudad Soñada

Sólo había niebla cuando se puso el día. Había caminado yo con paso monótono por avenida 51 entre las ya conocidas hojas otoñales de La Plata ciudad cenicienta, encaminado -creía yo- hacia la casa de Elenita, a una decena de esquinas, cerca del club Atenas. Pensaba en lo fantástico, en el griego [timeo Danaos et dona ferentes, no pude entender la lotución latina entonces] y en la paradoja de Zenón, una piedra lanzada hacia el árbol: saber si la ésta tocaría o no alguna vez el árbol me preocupaba entonces. No había nadie que me molestara, o me empujara apurado por llegar a su destino. La respuesta, obviamente, en esa ocasión siempre era la misma: nunca habría de llegar.

Me había detenido en la esquina habitual al ver el semáforo en amarillo, mas como no había ningún auto crucé la calle gris observando la estatua de San Miguel Garicaïs sobre el ángulo de intersección con 11, al costado de la inscripción ya antigua, dorada y gastada, una que algún escritor callejero había escrito con notable maestría en la pared amarronada. Aún había de leerse entre demás inscripciones, suerte de destinos, acontecimientos y verdades: “Ciudad de La Plata: Laberinto de la Humanidad”. Por alguna razón se había destacado a mis ojos algún día hace tiempo que no recuerdo, y luego no pude dejarla de lado, por terrible que me haya parecido.

Laberinto! Cuanta verdad había en el trazado geométrico y perfecto de sus plazas, las atravesadas diagonales que indefectiblemente cruzaban de punta a punta, de cielo a tierra atravesando centro e historias, que eran tan sólo –y ese “tan sólo” era algo más, algo necesario e importante- números, no nombres sino números: de calles, de edificios, de personas. Habrá alguien más al que le aterre esta verdad? Pero no: sé que sólo estoy yo. Un sentimiento gris se apodera de mí, y ya no soy yo… perdido en la infinitud gris. Inevitablemente; como caminar por cualquier calle platense: todas llevan diagonalmente al mismo destino, hacia lo ineludible, siempre aunque uno no lo desea la misma dirección de tránsito, la misma flecha. Como el Cementerio. Algún erudito de lo aterrador trazó su diseño como el de la ciudad, la gris ciudad, vacías y otoñales. Cuál es la necrópolis? Ahora sé la respuesta: ambas, ambas, ambas…

Había cruzado la calle. Seguí por 11 observando la Municipalidad, la cúpula intermitente entre la niebla. Habría alguien a esa hora trabajando en el circular recinto, o en alguna oficina con fichas, fotocopias y cafés? Creo que en ese momento había pensado en una conocida mía, socialista de corazón encerrada paradójicamente en esa burocracia grisácea. Pero hace mucho que no la veía, y entonces era tan sólo recuerdo.

Solo con los papeles gastados caídos de siempre arribé a la vereda de 53, que daba al parque del edificio. Del otro lado, la Torre 2, siniestro complejo de encierros y colas; si enfrente había papeles y leyes esperando votos y legisladores, del otro lado, en la neutra mole, se erguían bajo el dominio de antiguas leyes las densas montañas de normas, números y esperas, y no había asientos, y sí ascensores que subían y bajaban a los Infiernos, Secretarías y Ministerios. Triste lugar para suicidarse, había pensado entonces…aunque rápidamente concluí en la congruencia de buscar un edificio gris y depresivo para enfrentar del mismo modo el camino hacia la necrópolis.

Y desde allí, la Plaza Moreno. Ya lo había dicho, creo recordar -si eso aún es posible-: todo lleva al centro. En el medio de la plaza, llegando por ambas diagonales o ambas calles, uno había de acercarse finalmente a la Piedra allí impuesta; la piedra Fundamental de la ciudad: de La Plata gastada en el centro de una periferia de baldosas frías y árboles decrépitos, y más lejos juegos silenciosos y herrumbados, y asientos vacíos.

Me había encaminado hacia la Plaza, hacia el centro, cuando las campanas comenzaron a repiquetear en su soledad. Lentamente me había acercado, sin que nada me estorbara o limitara el andar. La niebla lo confundía todo: bien podía estar atravesando un pueblo, la mar, una ciudad. Quién habría podido asegurar lo contrario?

Había llegado a sus pisos de piedra, al enorme pasillo otoñal de mi ciudad somnolienta.

Las campanas que habían empezado a entonar el Ángelus solitariamente, retumbaban en sólo mis oídos, invisibles y destinadas.

Me asomé entonces por entre la columna rectilínea de árboles y enmarañados seres de tronco y ramas, y miré hacia donde la Catedral, hacia el centro. Nadie me pudo observar, nadie pudo enmudecerse ante mi horror sordo.

Todo había desaparecido, o sido olvidado. Los edificios, los vetustos árboles, las mismas torres otrora majestuosas de la Catedral eran tan sólo recuerdos tras el horizonte gris blanquecino de penumbra. Los mármoles de la plaza sólo eran habitadas por enmudecidas estatuas mohosas y ciegas. Había nada más que cuatro hojas en un esquelético árbol florido de ramas , y ningún pájaro. No había más.

Las piedras, la Catedral, el cielo mismo, no había ningún rastro de ellos, ningún edifico o persona que indicaran hacia donde observar, hacia donde buscar lo que la mirada no encontraba, lo que los oídos no escuchaban. Sólo el palpitante, desgarrador Ángelus en una tarde dormida, pero ninguna campana.

Había corrido –o creído correr, desvaríos de la percepción, delirios de la ilusión- hacia la rambla de 13, hacia los árboles aún velludos, las paradas del colectivo, un galpón antes rojizo. Había desesperado hacia otra plaza, entre la niebla, hacia alguna odiada, comprendida estatua; hacia cierta casa amiga, hacia donde no hubiera frío.

Pero no había nadie; tampoco había nada hacia donde llegar. Tan sólo la niebla, y nada más. Únicamente quedaba yo, vacío y solo, yo. Mis angustias, mis soledades, mis olvidos. Sólo yo.

Me embargó la solitaria condición, el apagado terror. Me había obtenido el miedo. Miedo a quedarme solo, sólo con mis culpas; terror a que la respuesta fuera acaso el sueño sepulcral de una fría estatua condenada a la inmovilidad, al silencio –puesto que estas palabras no son más que un doloroso silencio, escritas por mi dedo frío sobre la insensible niebla- al respiro leve e imperceptible en una piedra tallada coronando un lóbrego cementerio. Un habitante helado en una ciudad vacía, de vida quizás también de historias reales, en una ciudad donde sólo reina el silencio y la muerte. Ciudad dormida, ciudad soñada.

Comienzo –o termino, no puedo diferenciar las puntas- desapareciéndome, volviéndome gris. Sin nada, sin historias –tan sólo números, desgraciados indicios de mi torpe ilusión!-, sin nadie, nadie jamás, sólo me queda el ensueño gris. Ahora, sólo hay niebla cuando se pone el día.

Y nadie más.
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Meneldil! [Cucub]

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y no tuve orillas"
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Robert de Boron
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MensajePublicado: 19-01-2005 08:02    Asunto: Responder citando

Excelente Aplausos!

Si ésa es tu visión de La Plata ¿que nos queda a los porteños que pasamos por Once en las grises mañanas de invierno? Confundido Jeje

Salutti.
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Ner Homarek
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MensajePublicado: 19-01-2005 23:48    Asunto: Responder citando

Impresionante, una vision bastante peculiar de la ciudad de la Plata

(ahora me dio ganas de conocerla por que la verdad nunca fui para allá).

Si La Plata es, como dice Cucub, una ciudad gris, gris como la luz de la Luna... entonces la ciudad de Bs As seria la ciudad del Sol?, cosa que a mis ojos no les parece extraño despues de ver a las 7 AM, desde el colectivo, el alba tocando la cupula del Congreso e iluminando la punta del Obelisco en los dias de verano...
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Robert de Boron
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MensajePublicado: 20-01-2005 07:37    Asunto: Responder citando

Ner Homarek escribió:
(...) cosa que a mis ojos no les parece extraño despues de ver a las 7 AM, desde el colectivo, el alba tocando la cupula del Congreso e iluminando la punta del Obelisco en los dias de verano...


¿Y lo que yo llamo "la hora dorada"?.

Esos días díáfanos de fin de otoño o comienzo de primavera, en los que al salir el sol por la mañana temprano (6.00 AM) éste da completamente en el sentido de las calles, y los árboles y cosas de la calle parecen de oro viejo.
En esos días el "bondi" te transporta a un mundo comparable a los imaginados por JRRT (el Parque Rivadavia parece estar poblado por "mallorns"). Multicolor solcito Todo bien
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