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Susurros en el Bosque. Cuento Deberia haber sido primavera, pero ese año ( como los anteriores) la primavera habia sido postergada, desechada. El bosquecillo de Arras era una vaga sombra de lo que habia sido unos años atrás, cuando aun habia pájaros entre un tupido follaje y entraban cazadores a recorrer los senderos húmedos cubiertos de hongos y húmedas sombras. Cuando el Coronel Stapleton reunió a los oficiales y soldados de la 3era Brigada de fusileros de York, su mente iba mas a menudo hacia el fútil intento de imaginar como hubiese sido el bosque en tiempos de paz mas que en las líneas y trincheras alemanas que se extendian en sus lindes. La visión de sus hombres, tanto los veteranos cansados como los aun inexpertos y esperanzados reclutas lo emocionó, como siempre lo hacia; aunque no lo dejo traslucir al exterior. Todos eran jóvenes y valientes, y se veian tan bien en sus uniformes como si se prepararan para un desfile por Trafalgar Square. Solo que el veterano Coronel sabía que no era un desfile lo que se aproximaba. El Estado mayor y el General Haig estaban decididos a que al fin se rompiera el frente, y que fuesen los soldados británicos quienes lo hiciesen. Y debido a eso, les comunicó con voz firme, asaltarian al atardecer las trincheras germanas que estaban tras el bosque. Mientras bosquejaba con voz firme los pasos y sincronismos del asalto, intentando proyectar una confianza que estaba lejos de sentir, Stapleton recorria con la mirada a los oficiales, sus muchachos, intentando ver como lo estaban tomando. Su mirada recorrió a Murchison, rubicundo y optimista tras sus gafas de escolar, recién llegado con sus sueños de ser arquitecto a cuestas. Wesley, atento y gentil, mas curtido y siempre escribiendo interminables cartas a su esposa en Manchester. Supuso que apenas terminase la charla se iria a su cubículo a escribirle una carta más, de despedida en este caso. Era lo usual, y lo mas desagradable es que seria el mismo Coronel Stapleton quien deberia enviarla, si se daba el caso. Mas alla estaba Tolkien, recostado sobre un mapa del bosque, ahora mas silencioso y sin hacer alguno de sus habituales chistes y gracias que lo convertian en la mascota del batallón. Prolífico inventor de lenguajes extraños y algo dado a divagar, generaba sin embargo una cálida corriente de simpatía entre quienes lo acompañaban y era muy valiente, pensó el Coronel sonriendo ligeramente. Era, como los otros, un joven con quizás un gran futuro por delante, siempre y cuando no pisara una mina o una bala de mortero no redujera sus muchas lenguas a un último alarido. __John, venga un segundo__ lo llamó suavemente. Tolkien alzó la mirada, y como siempre Stapleton se sorprendió de la profundidad de sus ojos, que parecían dos ventanas entrecerradas que ocultaban algo enorme del otro lado. __ ¿Que necesita, mi Coronel?__ preguntó con tono de respeto no exento de afecto. Habia algo de paternal en la relación entre Stapleton y sus hombres, aunque él apenas frisara los treinta. __ Un escuadrón de duendes, Tolkien__ gritó Murchison en tono alegre__Que nos ayuden a patearles el trasero a los Krauts!! El pedido fue alegremente coreado por todos, mientras Tolkien enrojecia un poco y sonreia con un cierto orgullo. Todos sabian bien de los duendes y extrañas criaturas que poblaban los sueños de su amigo, y era inevitable que se transformara en algo divertido en medio del infierno de las trincheras. El Coronel sonrió y se apresuró a rescatar a su favorito de las pullas con algunas preguntas técnicas sobre la inminente ofensiva, con lo cual el momento pasó y todos se concentraron en lo que vendría. Una vez finalizada la reunión, Wesley, Murchison y Tolkien se sentaron a beber una cerveza en la improvisada despensa del batallón, divagando sobre mil temas como solian hacerlo. Los tres disfrutaban intensamente esa camaraderia, y les ayudaba a no pensar cosas desagradables. Las horas se les pasaron entre bromas, discursos de Tolkien en una nueva lengua ininteligible que según el explotaba debidamente las raíces gaélicas del inglés y que estaba terminando de formar; arengas de Murchison imitando con gracia la profunda voz de bajo del Coronel y los comedidos pero siempre desopilantes comentarios de Wesley. Cuando se hicieron las cuatro de la tarde, se despidieron con un abrazo y cada uno marchó a su sector. Tolkien se acomodó observando con sus binoculares frente a la posición de ataque, y aguardó la señal. Primero fue el in crescendo de la artilleria pesada, pulverizando el bosque con granadas de 150 mm para hacer salir a cualquier alemán escondido y para despejar los posibles campos minados. El joven no pudo dejar de ver con tristeza los tocones semiquemados de los árboles del borde del bosque, mientras imaginaba como deberia verse de cerca tanta destrucción. No era que no supiese lo que era ver la "tierra de nadie" desvastada como una visión dantesca entre las trincheras, sino que le dolía mucho mas el sufrimiento de los árboles hacia los que sentia gran amor. Mientras sacudia la cabeza con tristeza, con el rabillo del ojo atisbó la serie de bengalas que anunciaban el inicio del ataque. Era la hora de la infantería, aunque también los alemanes lo sabian y empezaron su propio bombardeo, hasta que el horizonte empezó a iluminarse por fantasmagóricos relámpagos y la tierra parecia temblar con el ronco bramido de los cañones pesados. En medio de la pesadilla, Tolkien se vio a si mismo avanzando acompañado por sus compañeros, chapoteando entre los charcos y el barro, agachándose ante el silbido anunciador de la bala y levantándose tras cada caída mientras corria hacia la relativa protección de los árboles. Mientras corria, murmuraba sin cesar un padrenuestro en latín mezclado con algunas palabras de sus idiomas. Durante un instante eterno, acuclillado en el cráter de un impacto directo, tomo conciencia clara mientras sentia un escalofrío que si moria todos los lenguajes y mundos que soñaba moririan con él. Si tuviese una oportunidad de escribirlos, pensó con tristeza. Pero ahora estaba en medio de una tormenta de fuego, y las oportunidades eran un círculo estrecho de probabilidades que cambiaban mientras se movía de un cráter a otro, alambrado tras alambrado, paso a paso, al compás de su respiración anhelante, el olor a pólvora y los gritos de los que caian. El bosque fue una liberación. Ahora al llegar a su interior tras su loca carrera vio de cerca el sufrimiento de los árboles, las crueles heridas infligidas, las ramas arrancadas que nunca florecerían. Mientras se apresuraba entre los troncos, tratando de aprovechar la luz de las bengalas para ver en la difusa semioscuridad de la noche temprana y el humo de los incendios; Tolkien sintió mas fuerte que nunca la llamada de la naturaleza corriendo al límite de su propia vida. __ "Si caigo será mi sangre la que abone sus raíces"__pensó, con una extraña sensación de placer, mientras se apoyaba en un roble que habia sobrevivido casi intacto para recuperar el aliento y lo miraba con atención. Tenia hojas lustrosas que parecian reflejar con brillo propio las luces cambiantes de la batalla. Una batalla que , en ese momento, parecia desarrollarse en otro mundo, lejos de alli, donde solo estaban él y el árbol. La sensación lo abrumó y , mientras caia al pie del árbol, pensó que no era malo morir asi, a los pies de algo tan noble. Casi con ternura acarició la corteza y le pareció sentir la vida misma de la savia haciendo contacto con su piel. Mientras murmuraba el nombre de Edith, su amada tan lejos ahora, Tolkien dejó que su vista se perdiera en el follaje que parecia cerrarse sobre su cuerpo caido, y ya no vio nada mas. Despertó renovado, extrañamente fresco. Durante unos instantes miró a su alrededor, creyéndose de nuevo en Inglaterra, en la granja de su infancia. Pero el aire estaba cambiado, límpido. Y el roble que viese estaba alli, meciéndose ante la leve y cálida brisa con un cierto aire de satisfacción. Como buen católico que era se preguntó porque el Paraiso, o llegado el caso el infierno, tendrían tanto parecido con el lugar donde había muerto. Porque Tolkien asumió con sorprendente serenidad el hecho de que obviamente habia muerto. Ya no sentia rastros de la batalla, y todo lo que lo rodeaba parecía intocado, como recién creado. Mientras se levantaba, mirando con raro desapego a su fusil tendido en la hierba, tomó conciencia que no estaba solo. Mas tranquilo de lo que se imaginaba encaró a la figura humana que lo observaba apoyado en un árbol con cierta displicencia, a pesar de estar inerme. Al fin y al cabo, se dijo, ya estoy muerto. Pero quién lo observaba díficilmente pudiese parecer un demonio, y a pesar de su belleza no se atrevia a llamarlo ángel. Ojos grises y cabello oscuro, una mirada triste y una triste sonrisa, edad indefinida en un aura de inmensa antigüedad. __Hola __ le dijo Tolkien, preguntándose vagamente como se comunicarian los ángeles. Por un instante se sintió vagamente estimulado por la idea que estaba quizas por oir el idioma angélico, y curioso por que extrañas raíces tendria. ¿Se pareceria al hebreo antiguo? ¿ O le hablaria quizás en latin? __Hola, mellon__ dijo con voz rica y bien modulada el extraño. ¿Mellon? La mente de Tolkien intentó diseccionar la palabra, buscando vanamente alguna raigambre conocida o reconocible entre sus sílabas. __¿Estoy muerto?__preguntó, solo para confirmar lo obvio. __En lo mas mínimo. Simplemente un árbol te tomó aprecio, supongo que sintió alguna afinidad contigo, y te sacó de donde estabas. Y te trajo aqui.__respondió el extraño. __¿El árbol?__ murmuró Tolkien estupefacto, volviendose hacia el roble a sus espaldas. Le pareció que el árbol reaccionaba ante sus ojos como un niño que ha hecho una travesura. __Si. Se vuelven mas inteligentes con cada era que pasa. Yavanna cuida bien de ellos.__el extraño se sentó a su lado y le ofreció unas galletas que Tolkien paladeó con delicia.__¿Que son? Y ya que estamos, ¿quien eres tu? ¿Quien es Yavanna? ¿Porque... El otro no lo dejó terminar, interrumpiendo la catarata de preguntas que amenazaba hacerse interminable__ Espera, ¿que quieres saber? Los nombres de todas las estrellas, de las razas, ciudades de Arda, los mares que separan, que mas?__ Tolkien compartió la risa del extraño ante su propia ansiedad__ Empecemos por la presentaciones. ¿Como te llamas tu? __Mi nombre es John. John Ronald Reuel Tolkien. Y el tuyo?__respondió el joven sentandose a la sombra de su amigo, el roble. Aun se maravillaba de aceptar con tanta calma el hecho de estar en ninguna parte, con alguien desconocido que hablaba de un roble como de un viejo conocido; tras salir de una batalla infernal durante la mas terrible de todas las guerras de la historia. __Me llamo Maglor, hijo de Fëanor. Y no soy un hombre mortal, como tu. Soy uno de los primeros nacidos, un elfo, como dirias tu..__Maglor lo miraba con un dejo de diversión, como desafiandolo a poner sus dudas en palabras. Pero Tolkien lo escuchaba extasiado, como viviendo un sueño.__ ¿Te gustaria que te cuente algunas historias? De todos modos, cuando regreses a tu mundo, a tu guerra, no recordarás nada de lo que te cuente hoy. Te hablaré de amor, de guerra, de nobleza y de traición. De las joyas benditas y malditas de mi padre, los Silmarils; de Morgoth y su guerra , y de nuestro Juramento que aun me encadena para siempre...__ la voz de Maglor se habia ido apagando, ahogada en una tristeza imperecedera que atravesó el alma del joven inglés como un cuchillo. Pero también sintió dolor al comprender que todo lo que oyese, la verdadera y olvidada historia del mundo, se perderia para siempre tal como habia podido pasar con sus lenguas y sueños ante una bala traicionera. Frágil como un sueño al despertar era la memoria de las eras. __ ¿Nada de todo lo que me cuentes perdurará en la memoria?__preguntó con tristeza que era reflejo de la de Maglor. Este lo miró, como evaluándolo de una forma distinta: __ Ahh, veo en ti el alma de un bardo. Amigo, yo se que las canciones son nuestra alma, y nuestra sangre anhela impregnar las cosas que fueron en las palabras de lo que será. ¿Que mas da? He hecho cosas mucho peores. Ahora, en un mundo menguado y triste donde solo vivo de recuerdos, esos recuerdos han llegado a ser muy caros para mi. Compartirlos quizás sea una forma de retribuir y enseñar, de modo que otros no caigan donde yo cai. Pero __ se detuvo como asaltado por un recuerdo súbito__ no tengo poder para hacer que recuerdes directamente, mmm, quizás algo pueda igualmente hacer por ti, y por mi__ el elfo se incorporó y caminó unos pasos, pensativo. Tolkien no se atrevía a respirar, mirando la espalda de quien tenia la llave mágica del arca de los tesoros que habia anhelado su vida entera. El elfo se volvió, y su mirada se endureció, se hizo afilada, como si quisiera penetrar en el alma de su interlocutor. __No te exigiré juramento alguno__ dijo con tristeza__ porque los juramentos son como pesadas cadenas en torno al cuello de quien los pronuncia, sea cual sea sus razones para hacerlo.. Pero te haré una pregunta: ¿Estas dispuesto a aceptar que todo parezca ser el relato de un sueño, de tu propia imaginación? __ No me preocupan los derechos de autor o mi credibilidad histórica__ bromeó Tolkien__ Viviré dando clases como profesor, no deseo ser un profeta o algo asi.. El elfo sonrió, divertido: __ Si eso que dices hubiese existido en la primera edad, y si me hubiese importado, quizás hubiese podido hacerme rico. Pero no te preocupes, __ añadió __ aun pareciendo frutos de tus sueños llevarán la marca de la verdad, y hablarán tus relatos al alma de los hombres y mujeres que lean lo que escribas con un eco del fuego de mi fuego y retazos de la luz que brilló alguna vez sobre el mundo. Aunque quienes te oigan digan que se trata de un simple cuento de hadas Maglor le guiñó picarescamente un ojo, y ambos rieron, libres por un tiempo de sus respectivas cargas, dos almas afines que se encuentran en las riberas de un mundo que ya no existe como eco de un tiempo que ya pasó. Fue entonces que el elfo se acercó a su nuevo amigo y con su dedo índice trazó un simbolo extraño, vago eco de una runa antigua, sobre la mano derecha de Tolkien, trazo que perduró unos instantes y brilló en los ojos de ambos con una luz inolvidable y dorada. Las horas que pasaron charlando fueron muchas, pero Tolkien nunca lo recordaría, salvo quizás como un sueño borroso en lo profundo de la noche. Su siguiente recuerdo consciente serian los gritos de Murchison en la cama de la enfermeria situada al lado de la suya reclamando que Wesley nuevamente le estaba haciendo trampa con las cartas. Y, esbozando una sonrisa, alcanzó a pensar antes de sumirse en el sopor que habia sobrevivido y tenia una nueva oportunidad. Sus relatos y sus mundos no morirían con el, si podia evitarlo. Epílogo. Tras una tarde ajetreada, un cansado y algo avejentado profesor de Oxford llamado John Tolkien miró desconsolado la pila de pruebas y exámenes que aun restaban por corregir. Aun le faltaban muchas horas para la reunión con sus amigos, para la cerveza y la charla, para relajarse en sana camaradería. Para colmo el nivel no era muy bueno, y algunos alumnos daban respuestas que lo sacaban de quicio. Solo pensar en Edith y los niños le devolvió algo la sonrisa, pero las horas se alargaban y la pila no disminuia en forma visible. Este, por ejemplo, acababa de entregar la hoja en blanco. Vergonzoso. Solo un garabato, y la firma, incluso la firma, como un desafío!! Bien el pillastre tendria su merecido, se dijo Tolkien mientras buscaba el listado de alumnos y buscaba al irrespetuoso como si fuera el culpable de todos sus problemas, de la cerveza que no llegaba y sus cuentos sin terminar, faltos de la inspiración de su juventud, de las riñas con los niños o con los colegas, de todo lo que no funcionaba en su vida. Maglor...Maglor... no figuraba en la lista, pero el apellido le sonaba de una forma que no entendia, como si fuese el eco de algo que debiese recordar. La imagen de un árbol, un roble para mas datos apareció sin saber como ante él, y sintió una agradable sensación de reconocimiento como la que se siente ante un agradable recuerdo de la juventud. Mirando el garabato que no era un garabato, le pareció recordarlo con claridad meridiana por un instante; parte de un sueño que no era un sueño, trazado por la mano de un amigo que no era humano sobre su propia piel en un trazo dorado que no se apagaba. Las palabras parecieron fluir de su interior, como un dique que se rompe de pronto, salvajemente libre al fin. Sobre la hoja de papel en blanco, olvidado de todo y solo oyendo a sus voces interiores, Tolkien escribió con fluida caligrafía, como paladeando las palabras: " En un hueco en la tierra, vivia un hobbit..." Las historias que recorrerían el mundo acababan de comenzar, aunque él no lo sabia aun. Ni siquiera lo supo cuando, mucho mas tarde y sonriendo ante su ocurrencia, eligió para nombrar al gran Bardo de los Noldor el nombre de un alumno perezoso de su clase de inglés antiguo que apenas recordaba: Maglor hijo de Fëanor. Gabriel el Istar Dorado Volver a Textos - Volver al índice
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